monosexual por defecto

El pasado 23 de Septiembre, que es el día internacional de la visibilidad bisexual (aunque a mí me gusta llamarlo el día de la lucha contra el monosexismo), escribí un artículo de opinión para La Directa, que mi compañera Marta tradujo al castellano (¡mil gracias!) y que comparto aquí en este espacio.

El artículo original en catalán lo podéis encontrar aquí)

Hace unos meses se publicó el artículo “Hetero hasta que se demuestre lo contrario” en el que la autora mostraba la suposición de que todas las personas somos heterosexuales y como esto genera un marco simbólico en el que las personas homosexuales (lesbianas y gays) sufren invisibilización y lo que podríamos llamar discriminación. Este tipo de discriminación, o violencia simbólica, no es nombrada directamente de este modo en el texto; aun así me gustaría recalcar y utilizar estos conceptos ahora para mostrar que el heterosexismo (estructura que privilegia a las personas heterosexuales y que las coloca en una posición jerárquica) no siempre se reproduce en forma de violencia o discriminación directa (homofobia), sino que se expresa de muchas formas estructuralmente violentas. El artículo, con el cual estoy de acuerdo en muchas de las partes, es, en cierto modo, una buena visibilización de una problemática importante y es positivo mostrarlo, pero me gustaría poder ampliarlo para mostrar también una parte que no refleja.

La heterosexualidad es la orientación que se nos designa por defecto. Como pasa con todas las características que gozan de privilegios (ser blanca, ser hombre, ser cis, no tener diversidad funcional, etc…) la heterosexualidad es “la norma”. Ciertamente, todas las personas somos heterosexuales hasta que se demuestra lo contrario, que es en situaciones concretas como cuando salimos del armario o cuando “nos pillan” con una persona del mismo género. Este es uno de los muchos privilegios de la heterosexualidad: el hecho de no tener que afrontar la violencia que supone salir del armario, la discriminación, ya que no se tiene que salir de ningún lado. Pero, qué pasa con las personas que no somos monosexuales?

Monosexual es un término que utilizamos para referirnos a las personas con una orientación o identidad sexual y/o afectiva donde sólo se siente atracción por un género. Las monosexualidades más conocidas son la heterosexualidad i la homosexualidad. Por defecto, cuando no somos identificadas como personas heterosexuales se nos identifica como homosexuales. Existen muchos motivos por los que esto sucede, y todo ellos están directamente ligados a una estructura que privilegia las monosexualidades y que oprime a todas aquellas personas que no somos monosexuales (como, por ejemplo, las bisexuales). Esta estructura es el monosexismo, una estructura que funciona de forma diferente al heterosexismo y que está también ligado al patriarcado al reforzar el sexismo. A las personas siempre se nos supone monosexuales hasta que nosotras, con esfuerzo, conseguimos demostrar que no lo somos. Esta es una de las principales características del monosexismo: nosotres tenemos que estar constantemente demostrando que no somos monosexuales porque socialmente no existimos. Incluso saliendo del armario se nos continua relacionando con un armario.

El monosexismo, como todas las estructuras de poder, viene acompañado de una simbología que lo caracteriza. Nuestro vocabulario, nuestra forma de expresarnos, es monosexista por defecto. La forma en que se nos ha enseñado desde pequeñes a leer las relaciones y las orientaciones del resto de personas, es monosexista. Pongamos por ejemplo el hecho de ver a una persona que parece tener una relación con otra persona. Automáticamente leemos la orientación sexual de estas dos personas en referencia a cómo son leídos sus géneros: si lo que vemos nos parecen dos mujeres, las leeremos como lesbianas; si nos parecen dos personas de dos géneros diferentes, como heterosexuales. Las expresiones “relación heterosexual” y “relación homosexual” son fórmulas monosexistas que imponen la monosexualidad y que esconden la posibilidad de que las personas que forman parte de esta relación tengan una orientación o identidad que sea la heterosexual o la homosexual, cerrando la opción de que tengan una identidad plurisexual como polisexual, pansexual, bisexual o skoliosexual (entre otras), y de que, además, sus géneros no sean binarios (hombre o mujer).

Las violencias específicas a las que nos enfrentamos las personas no monosexuales acostumbran a formar parte de un conjunto de violencias muy simbólicas: la no posibilidad, la no existencia, el que te asignen estereotipos por defecto (y que sintamos la necesidad de negarlos oprimiendo así a una parte de nuestra comunidad que los reproduce que tiene todo el derecho de hacerlo, como podrían ser las personas promiscuas, lo las que estén confundidas), el hecho de vernos envueltas en un vocabulario que no nos representa y ser leídes como una suma, división, resta o multiplicación, siempre de dos estados con los que no nos identificamos.

El hecho que llamemos “simbólica” a este tipo de violencia, no la hace menos “violenta”, pero si mas difícil de mostrar, ver y detectar. Al fin y al cabo, la violencia simbólica se traduce a la larga en problemas de salud física y mental, depresiones, ansiedad, intentos de suicidio, ser más vulnerable a violencias sexuales, tener menos cobertura e información específica en ITS o en salud que pueda afectar de forma diferente a las personas que tenemos relaciones con más de un género, problemas relacionales, pobreza, tener menos acceso a lugares de trabajo, pérdida de puestos de trabajo, pérdida del soporte familiar y/o las amistades, pérdida de relaciones de pareja o afectivosexuales, exclusión, etc… La violencia simbólica es también característica de todas la estructuras: como he comentado al principio del texto, el heterocentrismo lo es y acaba reproduciendo también consecuencias devastadoras y que sólo se pueden demostrar a través de estadísticas.

Si, es cierto que siempre se supone la heterosexualidad hasta que se demuestra lo contrario. Pero, ¿qué es lo contrario? Cuando piensas o dices que lo contrario de heterosexual es homosexual estás imponiendo la monosexualidad por defecto, una  reproducción monosexista (y que omite a otras monosexualidades menos conocidas). Lo “contrario” a la heterosexualidad es la no heterosexualidad, y esto es múltiple. Hablar de lo contrario como una cosa singular es patriarcal, opresor y discrimina a muchas posibilidades. Las estructuras que nos oprimen siempre nos asignan una única opción válida y, por tanto, la imposibilidad de la variedad, de la heterogeneidad. Es más, la expresión “hasta que se demuestre lo contrario” es en sí misma opresiva dado que las personas plurisexuales estamos siempre obligadas socialmente (incluso por parte de personas homosexuales) a tener que demostrar que existimos. Sinceramente, ante toda esta simbología monosexista que me rodea, me resulta “imposible” “demostrar” mi bisexualidad, porque incluso cuando decido ir de la mano con dos personas de géneros diferentes, se me dice que estoy confundida o que todavía no he sabido escoger y que algún día, cuando “crezca”, me decidiré. Así que, si en algún momento alguna persona cae en que no soy heterosexual, lo más probable es que piense que soy lesbiana. Y al contrario… ¿cuántas veces me habrán acusado de acceder al privilegio heterosexual aun cuando hace más de 15 años que me identifico como no heterosexual? De hecho, podríamos decir que en algunos entornos se me impone la heterosexualidad sobre mis decisiones, voluntades o posibilidades, aun cuando he “demostrado” que no lo soy. O sea, que mi vida consiste, básicamente, en una lectura binaria constante de demostraciones de lo que nunca soy.

mi lucha contra mi propia bifobia (II – el supuesto privilegio heterosexual)

Antes de empezar a leer esta entrada os invito a leer la de “monosexismo, bifobia y binormatividad“, donde se resume un poco acerca de esta temática, y la de “mi lucha contra mi propia bifobia (I – introducción)” donde introduzco esta serie de entradas acerca de mi propia bifobia.

Uno de los estereotipos de la bisexualidad es nuestro supuesto privilegio heterosexual. Este privilegio que nos otorgan a veces desde movimientos LGBT, o incluso entornos heterosexuales, es debido a la creencia de que como podemos escoger tener relaciones solamente heterosexuales también podemos escoger por tanto no tener que padecer la opresión de la homofobia, o sea del heterosexismo. Este “supuesto” se fundamenta básicamente en dos cosas: 1) si tenemos una relación heterosexual nos convertimos entonces en personas heterosexuales (al igual que si tenemos una relación homosexual nos convertimos en personas homosexuales), y por tanto nuestra oriención sexual “bisexual” no existe; y 2) el monosexismo, o sea, la estructura con la que se oprime a personas no monosexuales, no existe. Aún cuando tenemos relaciones llamadas “heterosexuales”, las personas bisexuales pueden seguir padeciendo la bifobia, tanto si no esconde su orientación sexual (por tanto, puede ser discriminada por el hecho de no ser monosexual), como si la esconde (el simple hecho de esconder tu orientación sexual para no tener que padecer la discriminación es un acto de violencia hacia ti misma de por sí).

Cuando empecé a ‘moverme’ en algunos colectivos LGBT constantemente recibía mensajes sobre mi privilegio. No siempre eran “directos”, a veces con el simple comentario de “no sé qué haces aquí si tu pareja es un chico” ya es suficiente para hacértelo saber. Empecé a tener la sensación de que realmente era una persona privilegiada al lado de las lesbianas o los gays. Ellas y ellos padecían la homofobia constante, yo supuestamente no, sobretodo también porque en ese momento mi pareja era una persona del ‘otro sexo’. Esto poco a poco me hizo ir creando hasta un sentimiento de culpa por estar intentando reclamar mis derechos o de estar luchando para que mi orientación sexual se visibilizara. Hasta el punto de pensar que no padecíamos más violencia que la que pudiésemos padecer cuando nuestra “pareja” era del mismo sexo que el nuestro. Ironías de la vida, que recibir este tipo de mensajes ya era una violencia en sí misma; y como muchxs bisexuales me lo tragué. Así que con ese sentimiento de culpa gastaba casi toda mi energía en la lucha contra la homofobia (ni tan solo la transfobia, también invisibilizada en algunos esos movimientos). Nadie hablaba de la bifobia, ni del monosexismo, no se hablaba de bisexualidad, nada. Así que yo seguía (igual que muchxs) en esa especie de ignorancia y sentimiento de culpa; era bifobia hacia mí misma.

Al final lo dejé. Lo dejé porque aunque me sentía culpable por mi supuesto privilegio, también me sentía agredida muchas veces, constantemente teniendo que defender mi bisexualidad, ya que se me cuestionaba continuamente: que si la bisexualidad no existe, que si tienes una pareja del otro sexo es que eres hetero, que si sois inestables y no sabéis lo que queréis, etc etc. ¿Cómo podía ser que en un espacio donde tenía que sentirme respaldada tenía que estar defendiéndome constantemente? Aun así, cuando lo dejé seguí con mi sentimiento de ‘privilegiada’. Ese sentimiento hizo que no gastara energía en intentar comprender qué había detrás de todo aquello, ni todo el resto de bifobia, sentimientos desagradables que tenía y estaba teniendo. No pude comprender ciertas emociones que tuve durante ciertas agresiones físicas o emocionales que padecí, porque nunca las relacioné con mi bisexualidad. Ni me daba cuenta de la violencia que muchas veces padecía de mi entorno y de mí misma. Claro, yo era una privilegiada y tampoco esas agresiones eran homófobas. Siempre sentí que serían simplemente por el hecho de ser mujer.

Tal fue mi asombro cuando descubrí la palabra “monosexismo” por pura casualidad navegando por internet. Y así fue como descubrí y comprendí que ese sentimiento de culpa, ese sentimiento de privilegio, había afectado totalmente en cómo veía mi orientación sexual y a mí misma. Fue la primera toma de consciencia de la propia bifobia que yo misma me había estado creando y afectando. Y no fue simple. Me afectó entender lo que me había hecho a mí misma, lo que no había comprendido y el odio hacia mí que todo esto había provocado. En parte, por mucho que hubiera estado fuera del armario, siempre cuando hablaba sentía que no tenía derecho a opinar acerca de mi orientación sexual, ni a defender nada. Esto había hecho que no hubiese aceptado otros miedos que tenía que giraban en torno al mismo tema.

Quiero dejar claro que no culpo a nadie de eso. Que cuando digo que han sido los mensajes que he recibido los que me influyeron, no culpo ni a esas personas ni a los colectivos. Todxs somos ‘víctimas’ de estas estructuras, y en este caso en particular de la monosexista. Hemos nacido y crecido en ellas, educado con ellas, y las reproducimos sin consciencia. Pero aquí estamos para visibilizarlas. Fue aquí donde me di cuenta de que no basta con visibilizar una orientación sexual, como es en este caso la bisexualidad; también es necesario visibilizar todo lo que rodea, los miedos, las fobias sociales y las estructuras que las generan. Y es esta una de las razones por las que acabé aquí, y decidí compartir todos esos miedos y emociones que yo misma he sentido y siento.