monosexual por defecto

El pasado 23 de Septiembre, que es el día internacional de la visibilidad bisexual (aunque a mí me gusta llamarlo el día de la lucha contra el monosexismo), escribí un artículo de opinión para La Directa, que mi compañera Marta tradujo al castellano (¡mil gracias!) y que comparto aquí en este espacio.

El artículo original en catalán lo podéis encontrar aquí)

Hace unos meses se publicó el artículo “Hetero hasta que se demuestre lo contrario” en el que la autora mostraba la suposición de que todas las personas somos heterosexuales y como esto genera un marco simbólico en el que las personas homosexuales (lesbianas y gays) sufren invisibilización y lo que podríamos llamar discriminación. Este tipo de discriminación, o violencia simbólica, no es nombrada directamente de este modo en el texto; aun así me gustaría recalcar y utilizar estos conceptos ahora para mostrar que el heterosexismo (estructura que privilegia a las personas heterosexuales y que las coloca en una posición jerárquica) no siempre se reproduce en forma de violencia o discriminación directa (homofobia), sino que se expresa de muchas formas estructuralmente violentas. El artículo, con el cual estoy de acuerdo en muchas de las partes, es, en cierto modo, una buena visibilización de una problemática importante y es positivo mostrarlo, pero me gustaría poder ampliarlo para mostrar también una parte que no refleja.

La heterosexualidad es la orientación que se nos designa por defecto. Como pasa con todas las características que gozan de privilegios (ser blanca, ser hombre, ser cis, no tener diversidad funcional, etc…) la heterosexualidad es “la norma”. Ciertamente, todas las personas somos heterosexuales hasta que se demuestra lo contrario, que es en situaciones concretas como cuando salimos del armario o cuando “nos pillan” con una persona del mismo género. Este es uno de los muchos privilegios de la heterosexualidad: el hecho de no tener que afrontar la violencia que supone salir del armario, la discriminación, ya que no se tiene que salir de ningún lado. Pero, qué pasa con las personas que no somos monosexuales?

Monosexual es un término que utilizamos para referirnos a las personas con una orientación o identidad sexual y/o afectiva donde sólo se siente atracción por un género. Las monosexualidades más conocidas son la heterosexualidad i la homosexualidad. Por defecto, cuando no somos identificadas como personas heterosexuales se nos identifica como homosexuales. Existen muchos motivos por los que esto sucede, y todo ellos están directamente ligados a una estructura que privilegia las monosexualidades y que oprime a todas aquellas personas que no somos monosexuales (como, por ejemplo, las bisexuales). Esta estructura es el monosexismo, una estructura que funciona de forma diferente al heterosexismo y que está también ligado al patriarcado al reforzar el sexismo. A las personas siempre se nos supone monosexuales hasta que nosotras, con esfuerzo, conseguimos demostrar que no lo somos. Esta es una de las principales características del monosexismo: nosotres tenemos que estar constantemente demostrando que no somos monosexuales porque socialmente no existimos. Incluso saliendo del armario se nos continua relacionando con un armario.

El monosexismo, como todas las estructuras de poder, viene acompañado de una simbología que lo caracteriza. Nuestro vocabulario, nuestra forma de expresarnos, es monosexista por defecto. La forma en que se nos ha enseñado desde pequeñes a leer las relaciones y las orientaciones del resto de personas, es monosexista. Pongamos por ejemplo el hecho de ver a una persona que parece tener una relación con otra persona. Automáticamente leemos la orientación sexual de estas dos personas en referencia a cómo son leídos sus géneros: si lo que vemos nos parecen dos mujeres, las leeremos como lesbianas; si nos parecen dos personas de dos géneros diferentes, como heterosexuales. Las expresiones “relación heterosexual” y “relación homosexual” son fórmulas monosexistas que imponen la monosexualidad y que esconden la posibilidad de que las personas que forman parte de esta relación tengan una orientación o identidad que sea la heterosexual o la homosexual, cerrando la opción de que tengan una identidad plurisexual como polisexual, pansexual, bisexual o skoliosexual (entre otras), y de que, además, sus géneros no sean binarios (hombre o mujer).

Las violencias específicas a las que nos enfrentamos las personas no monosexuales acostumbran a formar parte de un conjunto de violencias muy simbólicas: la no posibilidad, la no existencia, el que te asignen estereotipos por defecto (y que sintamos la necesidad de negarlos oprimiendo así a una parte de nuestra comunidad que los reproduce que tiene todo el derecho de hacerlo, como podrían ser las personas promiscuas, lo las que estén confundidas), el hecho de vernos envueltas en un vocabulario que no nos representa y ser leídes como una suma, división, resta o multiplicación, siempre de dos estados con los que no nos identificamos.

El hecho que llamemos “simbólica” a este tipo de violencia, no la hace menos “violenta”, pero si mas difícil de mostrar, ver y detectar. Al fin y al cabo, la violencia simbólica se traduce a la larga en problemas de salud física y mental, depresiones, ansiedad, intentos de suicidio, ser más vulnerable a violencias sexuales, tener menos cobertura e información específica en ITS o en salud que pueda afectar de forma diferente a las personas que tenemos relaciones con más de un género, problemas relacionales, pobreza, tener menos acceso a lugares de trabajo, pérdida de puestos de trabajo, pérdida del soporte familiar y/o las amistades, pérdida de relaciones de pareja o afectivosexuales, exclusión, etc… La violencia simbólica es también característica de todas la estructuras: como he comentado al principio del texto, el heterocentrismo lo es y acaba reproduciendo también consecuencias devastadoras y que sólo se pueden demostrar a través de estadísticas.

Si, es cierto que siempre se supone la heterosexualidad hasta que se demuestra lo contrario. Pero, ¿qué es lo contrario? Cuando piensas o dices que lo contrario de heterosexual es homosexual estás imponiendo la monosexualidad por defecto, una  reproducción monosexista (y que omite a otras monosexualidades menos conocidas). Lo “contrario” a la heterosexualidad es la no heterosexualidad, y esto es múltiple. Hablar de lo contrario como una cosa singular es patriarcal, opresor y discrimina a muchas posibilidades. Las estructuras que nos oprimen siempre nos asignan una única opción válida y, por tanto, la imposibilidad de la variedad, de la heterogeneidad. Es más, la expresión “hasta que se demuestre lo contrario” es en sí misma opresiva dado que las personas plurisexuales estamos siempre obligadas socialmente (incluso por parte de personas homosexuales) a tener que demostrar que existimos. Sinceramente, ante toda esta simbología monosexista que me rodea, me resulta “imposible” “demostrar” mi bisexualidad, porque incluso cuando decido ir de la mano con dos personas de géneros diferentes, se me dice que estoy confundida o que todavía no he sabido escoger y que algún día, cuando “crezca”, me decidiré. Así que, si en algún momento alguna persona cae en que no soy heterosexual, lo más probable es que piense que soy lesbiana. Y al contrario… ¿cuántas veces me habrán acusado de acceder al privilegio heterosexual aun cuando hace más de 15 años que me identifico como no heterosexual? De hecho, podríamos decir que en algunos entornos se me impone la heterosexualidad sobre mis decisiones, voluntades o posibilidades, aun cuando he “demostrado” que no lo soy. O sea, que mi vida consiste, básicamente, en una lectura binaria constante de demostraciones de lo que nunca soy.

mi bisexualidad es una herramienta política

Pasa a menudo que en activismos y políticas radicales contra el heterosexismo y el patriarcado nos vemos envueltas en la necesidad de empoderarnos a través de toda la simbología que nos ha venido impuesta; se usa muy a menudo en el feminismo el lesbianismo para combatir el heterosexismo y el sexismo. ¿Es posible que las identidades plurisexuales queden al margen de estas políticas? ¿Es la lucha contra el monosexismo también una lucha contra el heteropatriarcado? Es más, ¿tiene sentido la lucha contra el monosexismo? Tener que ‘plantear’ esta última pregunta puede ofender a muchas personas oprimidas por esta estructura de poder, ya que siendo oprimidas esto no tendría ni que entrar en cuestión; pero muchas otras personas siguen insistiendo que tal opresión no existe y por tanto que es una lucha sin sentido. Quiero en este texto, no solamente reivindicar la lucha contra el monosexismo como la lucha contra la opresión hacia personas con identidades no monosexuales, sino también como una lucha que ataca directamente al propio patriarcado, al heterosexismo y otras estructuras más. La erradicación constante de nuestras opresiones no dejan mostrar que en el monosexismo se esconden muchas más presiones sociales que las que podrían parecer en un principio. El monosexismo sirve incluso para perpetuar la cultura de la monogamia impuesta, para ejercer presión para la ‘estabilidad’ social definida y para el capitalismo. Y sobre todo, el monosexismo sirve para perpetuar y fortalecer el heterosexismo y el sexismo.

A las personas bisexuales y de otras identidades plurisexuales se nos lee como mitad heterosexuales y mitad homosexuales. Nuestras vivencias son siempre leídas desde una perspectiva puramente monosexual. Esto forma parte de una estructura monosexista en la que la bisexualidad como experiencia diferenciada de la monosexualidad es totalmente erradicada. ¿Por qué esta erradicación? ¿Tiene algún interés el heteropatriarcado en que las personas no monosexuales no existamos?

Uno de los principales intereses del patriarcado es marcar una línea muy clara entre la construcción ‘hombre’ (el privilegiado) y la de ‘mujer’ (y evidentemente erradicar la posibilidad de la existencia de otros géneros). Esta jerarquía binaria para mantenerse debe estar reforzada con más estructuras que ayuden a sustentarla, como el heterosexismo. La construcción y jerarquía patriarcal se alimenta de la heterosexualidad para mantener el privilegio de la masculinidad hegemónica. El heterosexismo nos dice lo que claramente es ‘correcto’, ‘aceptable’ y ‘sano’ (¡incluso natural!): la heterosexualidad. El heterosexismo es una herramienta patriarcal con un poder increíble: nos marca, por ejemplo, cuales son ‘los hombres de verdad’, aquellos que tendrán acceso a la propiedad de las mujeres y de su reproducción, aquellos que accederán a más privilegios en general, y los que quedan fuera y descartados. El heterosexismo no nos dice que la ‘homosexualidad’ no existe; éste acepta su existencia, pero la pone en una posición ‘dañina’, ‘discriminable’ y ‘fuera de la red de lo aceptable’. Y, especialmente, le gusta y le interesa poder detectar a estas personas ‘dañinas’ para limpiar al heteropatriarcado del posible daño que éstas puedan crear dentro de su red. O sea, que deben ser señaladas y excluidas.

Es en este punto donde la no monosexualidad entra en juego. ¿Qué interés puede tener el heteropatriarcado en borrar la posibilidad de que exista la no monosexualidad? En una estructura jerárquica como la heteropatriarcal, es de mucho valor marcar bien la diferencia de género y también la de orientación sexual. Esta diferencia no puede ser ensuciada por nada que pueda dejar estos límites y jerarquías poco claras. El monosexismo es una estructura que el heteropatriarcado genera para poder mantener las jerarquías de género y de orientación sexual. Cualquier factor que pueda ‘molestar’ en la división hetero/homo debe ser automáticamente y completamente borrado. Es esta misma idea la que creó la bisexualidad con todos sus estereotipos y fábulas a su alrededor. Solo hace falta irnos a Freud, ejemplo claro de que el propio monosexismo ‘inventó’ la bisexualidad como deseo sexual (no como orientación sexual u opción válida y dejándola en un pasado primitivo), añadiéndole la carga de lo no posible y lo inexistente. Todos los estereotipos de la bisexualidad están fuertemente ligados al miedo social de la existencia de algo que pueda ir ‘saltando’ entre dos mundos creados para que fueran ‘estables’ y no debieran tocarse, por la necesidad de que fueran jerárquicamente opuestos. El monosexismo estabiliza el heterosexismo.

Las personas bisexuales somos inestables, no existimos, somos infecciosas, traidoras, excesivas, infieles… en definitiva: nuestra vivencia está marcada por una esencia llena de conceptos leídos como socialmente dañinos mientras a la vez se niega constantemente nuestra existencia y se nos sigue leyendo como mitad una cosa y mitad otra, como si de un binario hetero/homo se tratara. Nuestras vivencias no monosexuales no existen, solo existen cuando se nos quiere recordar que somos suma de dos cosas (de ahí el estereotipo de nuestra hipersexualidad o promiscuidad), que cambiamos entre dos estados (de ahí el estereotipo de nuestra infidelidad o traición), que todas en realidad podemos ser bisexuales (de ahí nuestra no existencia), de que vivimos entre dos mundos (de ahí nuestro estereotipo de la infección), de que no sabemos escoger entre las dos monosexualidades (de ahí el estereotipo de la confusión, inestabilidad y fase). Nuestra opresión no se muestra ya que no se acepta nuestra existencia fuera de una combinación de los dos únicos estados que el heteropatriarcado define como estables: el bueno y el malo.

A través del monosexismo el heteropatriarcado lo que pretende es estabilizar las jerarquías. La existencia de la no monosexualidad deja en jaque a cualquier forma de poder demostrar la existencia misma de la heterosexualidad (y por tanto de los privilegios que se otorga a ésta); nuestro supuesto ‘poder de elección’ deja en jaque a la construcción heterosexista del ‘nacido así’ (‘born this way’); nuestra supuesta ‘no preferencia’ en la elección de género pone en jaque a las propias jerarquías de género y la matriz heteropatriarcal; nuestra supuesta ‘promiscuidad’ hace temblar al tipo de cultura monógama heteropatriarcal posesiva e insensible. La existencia de la falta de estabilidad, de la posibilidad del cambio, de la fluidez, de la elección, es la enemiga de la insensibilidad relacional que nos ha venido impuesta por todas las estructuras y por el capitalismo. El monosexismo nos ‘estabiliza’, nos ‘encierra’, nos ‘estanca’, y no nos permite tener en cuenta los constantes cambios, voluntades y deseos de las demás. El monosexismo nos aísla en nuestras ‘cajas’, totalmente jerarquizadas. El monosexismo es el enemigo del cambio.

Mi bisexualidad no es una identidad sexual; tampoco me quiero normalizar. Yo la uso en mi lucha contra el monosexismo como herrramienta política. Es una herramienta contra el heteropatriarcado. Es una herramienta contra la jerarquía y la demanda constante de una estabilidad impuesta para mantener estructuras. Es una herrramienta de infección, contra el miedo a la mezcla, a lo que se define como ‘exceso’, a la fluidez. Es una herramienta a favor a las fases, y a favor a la sensibilidad constante hacia las personas que nos rodean y con las que nos vinculamos. Es una herramienta a favor de la elección, y del respeto constante hacia el consentimiento. Es una herramienta que pretende explotar cualquier intento de normativización que quiere hacerme parecer una buena bisexual, lesbiana y/o heterosexual. Es una herramienta a favor de lo que ha sido definido por las estructuras como ‘lo auténtico’. Es una herramienta pro-elección y que junto al feminismo me permite poner normas y límites que puedo escoger en base a parámetros políticos. Es una herramienta a favor del cambio, y una herramienta que rompe con la idea de que lo leído como primitivo es algo insano y lo ‘evolucionado’ (como las estructuras de poder jerárquicas) es necesario y bueno. Es una herramienta contra la construcción binaria natural/artificial. En definitiva, es una herramienta contra el orden establecido, a favor de la multiplicidad, de lo híbrido, del cambio y de la no suposición, que nos permite acceder de forma más sensible a nuestros deseos y a los de las demás.

(En este texto cuando hablo de la cultura de la monogamia hablo de ella, no como cantidad de relaciones sino como estructura de poder o sistema. Utilizo plurisexual como término para referirme a todas las orientaciones o identidades no monosexuales donde existe una atracción sexual y/o afectiva hacia más de un género, entre las que se encuentra la bisexualidad, polisexualidad, pansexualidad, etc etc)

relaciones en el heteropatriarcado (I – introducción)

El tema de las relaciones no lo he tratado casi en este espacio. Siempre he pensado que hay personas que escriben muy bien sobre estas temáticas, a las que sigo, y trabajo de las cuales aprecio mucho. Aún así, me gustaría poder tratarlo aquí, ya que también es un tema afectado y que afecta a las estructuras de poder.

Antes que nada me gustaría decir que lo que me apetece hacer aquí es una deconstrucción de las relaciones en el heteropatriarcado; no voy a usar casi los conceptos que normalmente se usan de ‘monogamia’, ‘poliamor’, ‘anarquía relacional’, y un largo etcétera. He pensado que hay muchas maneras de definir y describir estos conceptos, seguramente algunas más deconstruídas que otras. Lo que realmente me apetece hacer es deconstruir los conceptos relacionales del heteropatriarcado. También porque aún no he encontrado palabras que me ayuden a señalar estructuras concretas relacionadas con lo que llamamos ‘monogamia’; que sí, que la monogamia tal y como nos la inculcan es un sistema, una estructura, centrada totalmente en el concepto de ‘pareja’, que nos aísla totalmente de las comunidades y nos cierra en pequeños núcleos a los que llamamos familias, que reproducen heteropatriarcado, y que es de mucha utilidad para el capitalismo. Pero no quiero usar solamente el concepto de monogamia como sinónimo de una estructura, ya que, por ejemplo, personas no monógamas que la reproducen hay muchas. Quiero, por tanto, tratar esta entrada a modo de introducción, y más adelante iré tratando cada tema por separado en diferentes textos.

Una de las primeras cosas de las que me gustaría tratar es del binomio pareja/amistad. Son dos paradigmas que dentro del heteropatriarcado adquieren posiciones tanto afectivas, emocionales, como físicas, muy distintas. Existe una jerarquía evidente entre la pareja y todo lo demás, incluso de todas esas personas más ‘especiales’ en el círculo amistoso. Parece, además, que el sexo tiende a ayudar a ‘subir’ a una persona en la escala del 0 al 1 que vendría a ser de los extremos amistad-pareja en las relaciones. Como pasa en todos los binarios en nuestras estructuras, solamente los ‘extremos’ son leídos, tratables y definidos. Es más, todo lo que no sean estos extremos son leídos como cosas ‘intermedias’ (y por tanto más falsas o menos verdaderas). Pasa con todos los binarios; con el género, por ejemplo, que los géneros no binarios los situamos mentalmente entre los dos ‘definidos’ y ‘reales’ que son ‘hombre’ y ‘mujer’. Pero esto es solamente una construcción que refuerza la idea de que lo que no pertenece al binario no es ‘tan real’, es una ‘mezcla’ y solo se puede expresar y definir usando una combinación de los términos de esos binarios, como sumas y restas. Además, los binarios siempre están jerarquizados, dándole más importancia a uno e infravalorando el otro. Con la pareja y la amistad pasa igual.

El concepto de pareja en el patriarcado es un concepto que aisla a las personas en núcleos reducidos y que las separa de todos esos otros vínculos afectivos a los que llamamos ‘amistades’. Descuidamos a toda una red de personas, y además, también estructuramos nuestros cuidados a la pareja según unas normas definidas que nos vienen impuestas (normalmente en relaciones de poder, por tanto los cuidados afectivos no acostumbran a ser equitativos) que limitan las vidas de las dos personas que forman ese supuesto vínculo (especialmente a la que menos privilegios tiene). Toda nuestra vida es marcada por la vida en pareja.

Es común ver que los conceptos definidos y marcados suelen no sentir la necesidad de tener que explicar o definir, porque ya nos vienen de ‘fábrica’. Lo que decía antes de que son los dos conceptos ‘extremos’ que vienen ya supuestamente descritos de antemano todo lo que significan. Tener pareja, por ejemplo, ya viene dado con un montón de suposiciones de todo lo que requiere, repercute, cuales son los límites, no límites, etc. También pasa con la amistad con todo lo contrario, no requiere de nuestro esfuerzo del cuidado o de la estima (que mal llamamos ‘drama’). Por eso creo que en los dos casos la comunicación suele ser escasa, ya que no se tiene nuestra atención de definir cuales son las cosas que se quieren compartir en cada relación ni como. No es necesario porque ya se supone. Eso es desde mi punto de vista muy violento. Está cargado de una simbología donde ni siquiera se requiere pasar por el consentimiento. Y no hablo solamente del consentimiento en el sexo, sino también consentimiento afectivo, de las cosas que se quieren hacer, compartir o mostrar. Y de la variabilidad temporal de lo que se quiere. Muchas veces incluso parece que se tenga permiso total a la intrusión (tanto física, mental o emocional) en todo en el caso de la pareja. Con el resto de relaciones pasa algo parecido, todo depende de la ‘etiqueta’ que le pongamos, una vez puesta ya viene acompañado de toda una simbología y un montón de supuestos, sin necesidad de consentimiento, comunicación o respeto por límites o necesidades de cada momento y de cada persona.

Romper con estos paradigmas requiere algo que es esencial: la comunicación. Tener que trabajar cada una de las cosas que se quieran compartir en cada relación. Pero hay miedo. El miedo que hay a menudo a tratar cada tema es un miedo que proviene del patriarcado. Es miedo porque muchas personas piensan que ‘hablar’ implica una total disposición a todo, el súper vínculo de la pareja, el drama, etc. Esto es totalmente falso, pues precisamente el concepto patriarcal de pareja es un vínculo que ya está tan definido que por tanto no hay necesidad de la verdadera comunicación. Tenemos miedo a la comunicación, porque nos han hecho creer que ‘hablar’ implica que nos requieran totalmente. Pensamos que ‘permitir’ hablar a la otra persona implica que nos pueda pedir, y por tanto de una implicación, o de un drama si no nos implicamos con lo que nos pide. También porque no sabemos respetar un ‘no’, y nos han enseñado a que un ‘no’ se convierte en un rechazo emocional personal grave. Una de las violencias comunes que ocurren es que supongan que como vas a requerir a la otra persona emocionalmente en su totalidad se cierren en banda y no te permitan expresarte; esta suposición hace que esa persona te coloque en una posición concreta (sobre cuales son tus emociones y necesidades) sin que tú la hayas requerido. Y eso también es violencia. Como el mismo hecho de que no se te permita comunicarte, expresarte o requerir, aunque este requerimiento sea distancia o un no consentimiento.

Otro binario que se ha creado es el de las ‘relaciones no serias’ para contrarestar a las ‘relaciones serias’ (clásicamente de pareja). Muchas personas que siguen leyendo las relaciones de forma patriarcal para huir del drama van a buscar lo que ellas llaman ‘relaciones fáciles y simples’ donde huyen totalmente de la comunicación, y por tanto de cualquier cuidado hacia la otra persona. Se busca en estos casos relaciones en las que no se requiera (supuestamente) nada, y por tanto donde parece que será innecesaria la comunicación para no generar un supuesto vínculo. Este tipo de relaciones pueden llegar a generar también mucha violencia. No poder hablar, comunicar, cuando puedas sentirte mal, incómode, o tengas cualquier problema, es muy violento. Este tipo suelen reproducir relaciones de poder donde siempre sale ganando la parte con más privilegios, ya que el pensamiento hegemónico es el que prevalece por defecto y el que le otorga el beneficio a quien posee el privilegio. Por eso es esencial ser sensibles a las estructuras de poder. De la violencia que generan este tipo de relaciones queríamos hablar en otra entrada más adelante.

Romper con el paradigma ‘clásico’ y patriarcal de la pareja y de la relación de poder ‘fácil’ requiere atención y comunicaición, incluso en aquellas donde el vínculo afectivo sea supuestamente menor. Cuando se comparte algo, aunque ‘sólo’ sea sexo, se necesita de cierta sensibilidad para poder estar abiertes a poder comunicar en cualquier momento nuestras necesidades, preocupaciones o malestares. O de nuestros cambios y fases, porque las cosas que queremos, sentimos o padecemos cambian también. Sentir que tienes la posibilidad de poder decir en algún momento que algo no te gusta o te hace sentir mal es importante. Incluso esencial para poder ejercer nuestro derecho al no consentimiento cuando lo creamos necesario. Y permitirnos cuidar mínimamente a las personas con las que compartimos algo. Si no, caemos una y otra vez en el paradigma del consumo de personas, que tan ligado está en nuestras estructuras y en el capitalismo. Y ese ‘usar’ la mayoría de las veces no se refiere ‘solamente’ a usar de forma sexual, sino más bien emocionalmente, o a caer en la ‘objetivización’, sobre todo cuando le cortamos a la otra persona cualquier posibilidad de que pueda expresarse o pueda en algún momento no querer consentir alguna situación.

Hay muchas personas (especialmente hombres cis heterosexuales) que acostumbran a acercarse a ambientes no monógamos con la idea de que se les exigirá menos, podrán ‘ligar’ más, y que siguen leyendo sus relaciones de la misma forma que en el heteropatriarcado. Estas personas suelen generar mucha violencia, pues son personas que no son sensibles a las estructuras de poder, que no suelen respetar el tema del consentimiento, y que no suelen tener ningún respeto hacia las personas con las que se relacionan. Sobre todo, y esto también va para les que siguen teniendo relaciones monógamas heteropatriarcales, siguen leyendo el mundo entre ‘relaciones serias’ y ‘relaciones no serias’; una forma de dividir las relaciones que cada día me produce más rechazo. Compartir menos vínculo o menos afectos con una persona no te da derecho a convertirla en ‘menos seria’ ni ‘menos humana’ que a las demás. Porque ‘lo que no es serio’ nunca merece nuestro respeto. Ahora ves a una persona de estas y dile ‘no’ a algo o que te sientes mal o incómode, con qué ‘seriedad’ lo va a tomar.

las estructuras de poder no oprimen a lxs privilegiadxs

Existe un mantra que se repite constantemente por parte de bastantes hombres cis* (sobre todo heterosexuales) que forma parte del postureo/paripé ‘voy de feminista’. Este mantra es el siguiente: “el patriarcado también oprime a los hombres”. Es un paripé porque forma parte de esta performance masculina hegemónica de querer ser parte principal siempre, y estar en primera fila de todo, incluso del victimismo. Es un paripé porque además repitiendo este mantra muchos tienen como intención principal no solamente no aportar nada al feminismo, sino además no tener que hacer ningún esfuerzo para cambiar ninguna situación ya que se colocan en esa posición de víctima. Pero no voy a quedarme aquí en la explicación porque es cierto que el patriarcado afecta también a hombres (algo que es importante evidentemente tener en cuenta, en todas las estructuras de poder, para poder trabajar con ellas), y tampoco lo que no quiero es decir que un hombre no pueda trabajar desde el feminismo, pero en ese mantra se esconde una técnica de dominación de la que nos tenemos que defender (toda técnica de dominación necesita de ser analizada, deconstuida y contrarestarla de alguna manera).

Las estructuras de poder (entre las que se encuentra el patriarcado) generan privilegios y opresiones dependiendo de una serie de factores. El patriarcado privilegia a los hombres cis* (especialmente a los heterosexuales).  Podríamos decir además que del heteropatriarcado se derivan muchas estructuras más, que provienen de ésta, como serían el heterosexismo, el monosexismo, alosexismo, cisexismo, etc, y que por tanto no privilegia a todos los hombres de la misma manera. Un hombre trans*, homosexual, plurisexual y/o asexual es oprimido por el cisexismo, el heterosexismo, el monosexismo y/o el alosexismo. Pero ahora mismo para poder simplificar hablaremos del privilegio de género (y cis*) sin tener en cuenta identidades sexuales y las opresiones que éstas pueden tener también debido al patriarcado.

Todas las estructuras de poder afectan finalmente a todas las personas, tanto las oprimidas como las privilegiadas. Las afecta porque al fin y al cabo limita la vida de todas las personas. Las personas privilegiadas obtienen privilegios siempre y cuando se rijan por  unas normas, que limitan sus vidas. Esto pasa bastante claramente con el monosexismo, por ejemplo, que limita la vida de las personas monosexuales no dejándolas fluir en sus atracciones sexuales o emocionales, aceptar las fases, la multiplicidad, etc. Pero aunque limite la vida de las personas privilegiadas no podemos decir que las oprime, porque precisamente estos límites que estas personas tienen en sus vidas son las que les otorgan privilegios. Una persona que no se rige por eso normalmente pasa a perder privilegios. Sí, una persona monosexual limita su sexualidad y no se le permite fluir, pero es eso lo que le otorga el privilegio monosexual al definirse en una preferencia que la sociedad ve ‘estática’. Podríamos por tanto decir que todas las personas privilegiadas están limitadas (de eso se trata el privilegio precisamente, se te otorga por diferentes motivos y los conservas si te riges por las normas). El heterosexismo limita a las mujeres heterosexuales, pero no las oprime. Y un largo etcétera.

Sí, los hombres cis* (especialmente si además son heterosexuales) están limitados, jodidos, heridos, etc, por el patriarcado, pero no oprimidos. Utilizar la palabra opresión para hablar de sus vivencias con el patriarcado invisibiliza la opresión que vivimos las personas que formamos parte de la estructura como no privilegiadas, como oprimidas. Invisibiliza, y esto es una técnica de dominación. Una técnica de dominación donde se reproduce precisamente patriarcado y machismo. Ridiculizar de esta forma las viviencias que tenemos las personas oprimidas por una estructura de poder es una técnica de dominación que proviene de la misma estructura de poder. En resumen: no querer aceptar desde el privilegio que el privilegio existe y borrando la existencia de éste y de la opresión que genera.

Algo que pasa a menudo es que muchos se quejan de esa supuesta opresión que sienten por parte del patriarcado pero no hacen nada para cambiarlo ya que se colocan en una posición de víctima, como si eso viniera de fuera de ellos y estuviera fuera de su alcance. Precisamente cambiar eso es perder privilegios. Otra vez, esta técnica de dominación es usada para seguir manteniendo privilegios. “Soy una víctima, por tanto no puedo ni tengo porqué hacer nada para cambiarlo porque la opresión no viene de mí”. Sí, cambiar todas aquellas cosas que joden tanto a los hombres implica perder privilegios; privilegios, no opresiones; privilegios que la mayoría no quieren perder. Llorar, acceder a tus emociones, generar vínculos, es perder privilegios para un hombre. Le pueden llamar nenaza, maricón (algo que aunque parece ‘aceptado’ es terrible para mantener cierto estatus), y muchas cosas más. Acceder a las emociones les puede hacer más vulnerables y romper ese caparazón de seguridad que les permite agredir, controlar, competir. Si uno se pinta las uñas, se pone una falda, perdería el privilegio de ser considerado un hombre. ¿Cuántos estarían dispuestos a perder estos privilegios? Pues de eso se trataría pertenecer a una lucha contra una opresión de la que formas parte como privilegiadx.

Tenemos que usar otras palabras para referirnos a como joden las estructuras de poder a las personas privilegiadas: les limita, les afecta, les molesta, les jode, les hiere… pero no les oprime. Está muy bien ser hombre cis* y definirse como feminista. Pero hay que saber y entender en qué parte se está. Y dejar el maldito mantra y aceptar que el patriarcado te concede privilegios, y que si realmente te molesta, si realmente te molesta que el patriarcado te limite tanto, empezar a hacer algo para cambiarlo de una vez ya.

sexo en el heteropatriarcado (I – necesidad, sexofobia y alosexismo)

Me gustaría empezar una serie de entradas al blog dedicadas a la visión del sexo en el heteropatriarcado y como esta visión afecta a otras estructuras o incluso las genera. Ya hace tiempo que voy recogiendo ideas; son muchas, son complejas, por como están interconectadas, así que he pensado que lo mejor será hacerlo poco a poco, por partes, para después ir poder conectando puntos y analizando algunas conexiones por separado. Esta primera entrada la quiero dedicar a como se ha definido el sexo en cuanto a necesidad, a reproducción, y por tanto afecta tanto a una visión alosexista como sexofóbica a la vez. Para las personas que no conozcan el término alosexista, se refiere a la estructura de poder que oprime a las personas asexuales, demisexuales, grisexuales, y/o que no son, digamos alosexuales (a las que la estructura privilegia).

El sexo, como lo entendemos en nuestra cultura/sociedad actualmente, se ha definido a partir de lo que conocemos como sexo reproductivo; de hecho le ha costado mucho a nuestra estructura aceptar las prácticas no reproductivas (dígase prácticas sexuales diferentes a lo que conocemos como ‘coito’, o prácticas sexuales entre personas de lo que la misma estructura denomina como del mismo ‘sexo’). En este marco se ha estructurado tanto un sistema heterosexual, bigénero, monógamo, etc. Las propias diferencias de género han sido reproducidas para poder mantener esta estructura, que además basa la reproducción en el control, dominio y posesión de les hijes por parte del padre, como también el dominio de la madre para poder ejercer esta posesión sobre la descendencia.

Todo esto y lo que voy a comentar más adelante ha sido la idea base en la que se han fundamentado incluso los estudios científicos, que parten la mayoría de ellos de construcciones sociales ya establecidas o por establecer (construcciones que se producen para poder seguir perpetuando estructuras, como el heteropatriarcado o incluso racistas/colonialistas).

Hemos conseguido poco a poco desconectar el concepto del sexo con el de reproducción, y con ésto un poco con el heterosexismo o el monosexismo, y también un poco con la sexofobia. Digo solo un poco, tampoco nos pasemos, que deconstrucción aún nos queda para mucho y bastante.

Pero aún hay más en todo lo que hemos construído alrededor de este concepto heteropatriarcal del sexo. Se han generado conceptos sobre necesidades, tanto físicas, como afectivas, y emocionales, a partir del mismo para así fortalecer la estructura principal. Todos estos conceptos no parecen que hayan salido directamente de la necesidad de preservar este concepto heteropatriarcal de dominio, control y reproducción, pero han sido una forma que ha tenido la estructura de fortalecerse, reproducirse y adaptarse a los pequeños cambios, sociales, científicos y sexuales. Muchos de estos conceptos además han sido respaldados por estudios científicos que a su vez han sido basados ya de por sí en construcciones sociales, como la mayoría de estos. Pero no hay que dejar de verlo como lo que es: una construcción estructural heteropatriarcal.

El sexo para que no salga de una estructura de dominio y control ha de separarse del placer, de la elección libre de usarlo como cada persona quiera, de la elección libre de no usarlo, etc. El sexo, además es una de las herramientas de control, ya no solo para la reproducción, sino de las voluntades, deseos, una de las grandes armas que el capitalismo está también aprovechando de la estructura heteropatriarcal del sexo. Por tanto, el sexo no debe poder ser algo que une misme pueda controlar.

Nos hemos movido mucho en el feminismo y en el movimiento sex-positive en ver que se ha definido el sexo fuera de lo que es considerado ‘correcto’ (reproducción, pareja, heterosexualidad, etc) como algo inmoral. Le hemos intentado quitar parte de esta carga, pero se nos está escapando que también se ha definido como una necesidad. Para explicarlo de una forma clara: todo lo que no es considerado inmoral, y que clásicamente era aceptado por ser reproductivo, se ha reforzado con la idea de la necesidad. Una necesidad biológica (dicen) debido al instinto de reproducción, y por tanto universal para todo ser humano (no cultural). Pero una necesidad con límites, como toda necesidad simplemente ha de satisfacerse. Una necesidad como lo es comer, respirar, beber y dormir. Pero una necesidad, como todas las necesidades, no debe excederse. Todo lo que exceda lo que es considerado una necesidad es visto como una enfermedad, obsesión, perversión, perturbación.

Además, el hecho de verse como una necesidad que todes supuestamente tenemos, y que lo tenemos en igual medida (evidentemente con diferencias entre los dos géneros heteronormativos), todas aquellas personas que no sientan esa necesidad en un momento dado, aquellas que sientan una supuesta necesidad ‘inferior’ a lo que es considerado ‘normal’ serán tachadas también de enfermas. Justo como aquél que no desea comer, algo le pasará. No sentir atracción sexual es visto y percibido como una falta, una enfermedad, algo que la sociedad no puede comprender. Pero, ¿como puede alguien no desear algo que es definido como necesario, instintivo, vital?

Pero además tenemos un problema, con el que nos cuesta desligar el sexo de la necesidad ‘universal’ (aquella necesidad que todes tenemos que tener, y de igual manera). Y es que muchas veces reforzamos esta idea de la necesidad para defendernos de nuestros deseos y que no se nos tache de depravades, excesives, inmorales, obsesives. Toda esta carga heteropatriarcal sobre el sexo parece que solo la podemos rebatir acogiéndonos a la necesidad. Y esto es un ciclo que no tiene fin: cuanto más nos cogemos a la necesidad también generamos fobias hacia aquelles que no lo deseen y hacia aquelles que lo deseen ‘demasiado’. Pero, ¿por qué necesitamos defender nuestros deseos resguardándonos de la necesidad ‘universal’? ¿Por qué vemos mal hacer algo que nos gusta y nos da placer y que no es por necesidad? Y, aunque tú lo sientas como una necesidad, que puede ser, evidentemente, ya que cada une tiene las suyas, distintas y en distintos grados, ¿realmente qué necesidad tenemos de utilizar este recurso para dar explicaciones, o darle más valor a nuestros deseos? ¿Qué hay de malo en hacer algo que te gusta, siempre que no dañes, mientas o ejerzas violencia? ¿Qué hay de malo en tener cada une nuestras necesidades distintas e igual de respetables?

Yo veo el tema del recurso de utilizar el concepto de necesidad con el sexo como un recurso similar al del activismo de la tolerancia con la homosexualidad. Me intentaré explicar. Muchas veces desde activismos LG+ se defiende la no discriminación hacia personas homosexuales diciendo que ‘la homosexualidad no se puede elegir, hemos nacido así, acéptanos ya que no podemos cambiar’. Y eso es una trampa, ya que esconde tras de sí homofobia y reproduce una estructura heterosexista. Es una forma indirecta de decir que si pudieras elegirlo no elegirías la homosexualidad, o también decir que por el hecho de elegir ser homosexual tendrían más razones en discriminarte. Pues el tema del sexo y la necesidad lo veo similar. Esconderse tras la ‘necesidad’ es como decir ‘es que no puedo evitarlo, mi cuerpo tiene unas necesidades y debo satisfacerlo’, y eso esconde parte de sexofobia, porque sería equivalente a decir que si no lo necesitaras no lo harías, y que por tanto hay algo malo en ello o en el sexo de por sí. También la cultura de la violación se basa en conceptos muy similares (como expliqué en esta entrada); así que no deja de reproducir heteropatriarcado. También reproduce alosexismo, ya que si el sexo lo defines como una necesidad universal, todas aquellas personas que no sientan atracción sexual o que la atracción sexual que sientan no sea la considerada ‘normal’ serán vistas como personas enfermas, con faltas y errores en su naturaleza.

Ahora yo planteo las siguientes preguntas: ¿por qué ha de ser una necesidad que todes tenemos? ¿por qué todes tenemos que tener la misma cantidad de necesidad? ¿por qué debemos tener los deseos de la misma forma? Yo amo la lectura, sobretodo filosófica; puedo pasarme horas, y me produce placer; y a la mayoría de personas les parece genial que lo haga cuantas veces quiera y el tiempo que quiera. Y después, ¿por qué vemos raro que una persona no quiera hacer algo que para nosotres es una necesidad? Decir por ejemplo que alguien está amargade porque no folla reproduce esta misma idea; ¿qué sabremos nosotres de lo que le amarga o no a otra persona, de cuales son sus necesidades, de qué es lo que valora o no, o en qué fase está en su vida? Porque además debemos entender de que las necesidades, gustos y preferencias cambian a lo largo de nuestra vida, es pura fase también.

Hay personas a las que les pica la frente a veces, y hay personas a las que no. Y hay personas a las que le pica la frente y deciden rascarse, y otras a las que les pica y deciden no hacerlo, por motivos muy diversos. Evidentemente algunes deciden no rascarse porque desde pequeñas les insisten que no lo hagan, pero habrá otres que habrán visto que eso a elles no les gusta o les disgusta. Algunes tendrán épocas o temporadas. Y rascarse, no rascarse, que te pique o no, sea por la razón que sea, porque tengas un alboroto químico corporal, o bien porque te guste centrarte mentalmente en tu frente hasta sentir que te pica. A lo mejor te gusta hacerlo en compañía, o recibir un montón de afecto mientras lo haces; a lo mejor te gusta compartir lo que sientes y explicárselo a alguien. A lo mejor te gusta rascarte cuando estás teniendo una de esas conversaciones filosóficas profundas o en pleno ajetreo activista o político. O, espera, que te guste rascarte sin que te pique y que cuando te pique decidas no rascarte. Así, porque sí.

bisexualidad, género y fases

La bisexualidad no intersecciona igual dependiendo del género de las personas. Se tiende a pensar, por ejemplo, que la bisexualidad en mujeres es más aceptada que en hombres. Eso, visto de entrada, parece cierto, y es que la bisexualidad en hombres está totalmente borrada. Pero también lo está en las mujeres, aunque de otra forma.

Las mujeres bisexuales son en realidad vistas desde una perspectiva heteropatriarcal como mujeres heterosexuales que performan la bisexualidad para los hombres heterosexuales. Tanto es así que existe un índice alto de agresiones sexuales a mujeres bisexuales. También las lesbianas padecen cierto tipo de agresiones sexuales debido al mismo paradigma. Ahora bien, en las mujeres bisexuales éstas agresiones se disparan más. La bisexualidad en las mujeres no está más aceptada, está más cosificada e hipersexualizada, pero no aceptada, ya que no somos realmente consideradas como bisexuales. Esta confusión bífoba nos hace incluso no darnos cuenta de muchas de las agresiones que padecemos. Me ha pasado más de una vez de hablar con una mujer bisexual que de entrada me había dicho que nunca había padecido bifobia y que después de compartir yo con ella mis experiencias y las experiencias e información de otras personas se habían dado cuenta de que sí que la habían padecido.

Los hombres bisexuales de entrada no existen. Ni performada, ni nada. La sociedad machista y heteropatriarcal en la que vivimos marca claramente donde están los límites que un hombre tiene que tener: o eres un ‘hombre de verdad’ o bien pasas al otro bando. A la que has tocado una polla eres gay y las mujeres ya no te pueden atraer. La mayoría de los hombres bisexuales padecen constantemente los comentarios de que en realidad son gays, que están en una fase o que no aceptan su homosexualidad. Esto se mezcla con el hecho de que hay muchos hombres que antes de salir del armario como gays pasan por una fase en la que se identifican como bisexuales. Este hecho se usa muchas veces como ‘excusa’ para seguir reproduciendo la idea de que los hombres bisexuales no existen y en realidad son gays.

O sea, en conclusión, para el heteropatriarcado las personas bisexuales en realidad queremos polla; así es. Las mujeres somos heteros, y además somos tan guais que para agradar a estas pollas jugamos también con mujeres. Los hombres son gays. ¿Falocentrismo?

Las personas trans, es un tema más complejo. Si hablamos de personas que se identifican como hombres o mujeres, el concepto social es que en realidad son heterosexuales. Esto viene de la idea de que género y orientación sexual son lo mismo: si eres homosexual es que tienes una psicología del ‘otro sexo’. Por tanto se ve a las personas transexuales como personas que deciden ‘cambiar de género’ para estar también aliniadxs con la heterosexualidad. Desconozco como funciona la intersección de la bisexualidad con personas con identidades no binarias, intentaré indagar; aunque ya de por sí estas identidades son tan invisibilizadas que no sé si su orientación sexual se comprenda sea cual sea (seguimos con la idea de finales de s XIX de que la orientación sexual y el género son prácticamente lo mismo).

Existe este ‘concepto’ de que la bisexualidad es una fase, sobre todo cuando se habla de hombres. Y debemos aceptar que en muchos casos lo es. Muchos hombres que finalmente se definen como homosexuales pasan por una etapa en la que se definen como bisexuales. Esto lo usa la estructura monosexista para alimentarse a sí misma. No quiero para nada culpar a estas personas; estas personas que pasan por estas ‘fases’ no son las responsables de la bifobia que padecemos las personas bisexuales. Yo lo he meditado muchas veces y comprendo perfectamente la dificultad, sobre todo para un hombre, de abrir socialmente o aceptar su homosexualidad. O también de conocerse y entender como somos y funcionamos, muchas veces necesitamos tiempo, o toda una vida. Vivimos en una sociedad, recordemos, heterosexista y patriarcal. No puedo hablar mucho por estas personas, ya que no soy ni hombre ni homosexual, pero lo veo, no solamente tan comprensible, sino también algo que todas las personas tenemos derecho a sentir y a hacer. Repito: éstas personas no son las responsables de que la bisexualidad no esté aceptada, lo es la estructura monosexista y sus ansias por coger a estas personas como ejemplos representativos de lo que somos las personas bisexuales y hacer creer a la gente de que esto es, además, algo malo y negativo.

Y aquí hemos topado con el tema de las ‘fases’. Algunas de las cosas que oprime el monosexismo, no es solamente la bisexualidad, es la fluidez, es el aceptar la orientación sexual también como una fase, sea la bisexualidad, la asexualidad, la pansexualidad, la demisexualidad, la homosexualidad y la heterosexualidad. Esto es lo que nos hace el monosexismo: obligarnos a definirnos y a no movernos de allí. Tienes que decidirte, sino eres indecisx y cobarde. ¿Y qué? ¿Qué tienen de malo las personas indecisas? O… ¿qué tienen de malo las fases? Incluso esas fases en las que todo está clarísimo y definido.

La bisexualidad existe. La bisexualidad es una orientación sexual. La bisexualidad también es una fase. La bisexualidad es algo permanente durante toda la vida. La bisexualidad no es la responsable de la cosificación y la hipersexualización de las mujeres. La bisexualidad de las personas trans y de los hombres es también una orientación sexual. Son la bifobia y el monosexismo los que borran nuestra orientación sexual, los que no aceptan las fases. Es el machismo el que nos cosifica e hipersexualiza, y el que no acepta que los hombres y las personas trans bisexuales existen. Es el monosexismo el que nos borra. Son las personas que deciden poner de ejemplo las fases de unas personas para borrarnos. Son las personas que agreden el propio concepto de fase, y que agreden el propio concepto de lo que tendría que ser una orientación sexual.

sexo en el cisheteropatriarcado y postpornografía

Como ya he comentado en algunas entradas anteriores, como por ejemplo en “derecho al propio cuerpo”, o temas que ya se han tratado directamente sobre sexualidad, como la eyaculación femenina o el sexo anal en hombres que (sobre este último que escribió laGralla), el tema de la sexualidad ligada al heteropatriarcado es un tema que conlleva poca libertad a la hora de escoger, de sentir, de apreciar y de desear.

El cisheteropatriarcado ha marcado y reproducido en nuestros cuerpos como debemos sentir, tanto a nivel emocional como sexual (si es que ambas se pueden separar). El sexo es una de las pocas cosas que parece que solo conciernen al ámbito privado, de lo que poco se habla, y que cuando se habla en un entorno heteronormativo, casi siempre es para repetir tópicos, mentir y pavonearse, o sea para reproducir estructuras. Casi nunca es un tema tratado con naturalidad ni sinceridad. Esto lo hace de fácil manipulación.

Irónicamente, debido al exceso de sexo que recibimos en los medios, parece como si en realidad tengamos acceso ilimitado a información referente a éste. Además, el sexo es continuamente utilizado para vendernos cualquier cosa. Pero no cualquier sexo, sino el que al sistema le interesa reproducir, para no solamente vender, sino también para que sigamos manteniendo las mismas estructuras de poder. Mujeres hipersexualizadas y cosificadas, desempoderadas, identidades fetichizadas y hombres frustrados; más o menos eso es lo que tenemos. Al sistema, además, le interesa que estemos sexualmente frustrades en muchos sentidos. Le interesa que el sexo siga siendo un tabú del cual casi no se hable de forma abierta, para que sigamos desesperadamente ansioses de eso que nos quieren vender a través de él. De esta manera, el cisheteropatriarcado habita en nuestros cuerpos, dirige donde deben ir nuestros deseos, a través de una industria sexista, racista, clasista, cisexista, monosexista, heterosexista, ableista y un largo etcétera de ‘istas’.

Muchas veces desde ciertos feminismos existe una obsesión para desexualizar a la mujer para poder luchar contra parte de este sistema opresor y cosificación constante de nuestros cuerpos ‘femeninos’; pero desde mi punto de vista esto es contraproducente porque se genera sexualfobia (algo que comenté en la entrada “coños, tetas y pollas: cosificación, sexualización y ‘feminismos’“), y una constante reacción negativa a cualquier cosa sexual, ya que se sigue reproduciendo la idea cisheteropatriarcal de que el sexo es (siempre) un acto de dominación de un hombre a una mujer. Para romper con esta idea hace falta ir más allá y en vez de negar nuestra sexualidad, desligarla de la estructura que la reproduce como tal. Las mujeres, igual que personas de todos los géneros, para empoderarse, necesitan no negar esa parte que forma parte de elles (si es que se definen o identifican como sexuales).

El postporno es un tipo de activismo, un movimiento social ligado al movimiento queer, donde se pretende una deconstrucción de los estereotipos de género y del propio concepto del sexo y  de la pornografía mainstream que reproduce la estructura cisheteropatriarcal. Surgió en los años 90 de la mano de Annie Sprinkle como respuesta a la pornografía dominante, y la representación que ésta hace de la sexualidad incompleta y cosificada de la mujer. El postporno no se expresa solamente de forma audiovisual, sino también a través de la palabra o la acción directa donde puede haber una interacción con le espectadore: espectáculos en vivo, talleres, jornadas, conferencias, charlas, blogs, acciones directas en la calle, etc. Por tanto, una gran variedad de personas y de expresión forman parte de este activismo, desde artistas hasta teóricas, pasando por activistas, escritoras, etc; ejemplos podrían ser Itziar Ziga, María Llopis, Diana J Torres, Annie Sprinkle, Virginie Despentes, y muchas más. Se pretende así, ofrecer una mirada crítica hacia la normatividad en el sexo y los deseos, reivindicar el deseo femenino, romper con la hegemonía del porno cisheteropatriarcal y diversificar nuestro imaginario pornográfico, y por lo tanto nuestro imaginario sexual y afectivo. En la postpornografía se ofrecen imágenes de cuerpos que van más allá de las normatividades estéticas, diversidad de géneros y corporales.

Para terminar os dejo algunos enlaces relacionados con esta temática:

Muestra Marrana

Filosofía del postporno

Blog de María Castrejón

Hasta la limusina siempre

PostOp

ORGIA

Pornobicharraca

Girls who like porno

pornoterrorismo

Maria Llopis

malapecora

Quimera Rosa