monosexismo y monogamia (intervención para la mesa redonda en las primeras jornadas de amors plurals)

El pasado 12 y 13 de Diciembre Amors Plurals organizó unas jornadas en torno a la no monogamia consensuada. Participé en la mesa redonda del domingo 14 por la tarde. Ésta es mi intervención traducida del catalán (la original en catalán la podéis encontra aquí). Quiero, además, dar las gracias otra vez a Amors Plurals por invitarme y por haberme dado la oportunidad de poder hablar de algo que aún antes no le había podido poner palabras y que solamente me recorría el cuerpo. Fue uno de los ejercicios más bonitos que hice el año pasado y que ahora aún están resonando y difractando de formas muy diversas en muchas partes de mi vida personal, relacional, filosófica y activista.

Buenas tardes a todas. Me llamo Natàlia, soy kuirfeminista y soy activista bisexual. Soy miembro del colectivo Enrenou, donde hacemos activismo bisexual y de otras identidades plurisexuales. Antes de empezar mi intervención me gustaría explicar qué quiere decir ‘plurisexual’ y porque utilizo este término. Plurisexual es un término paraguas que estamos usando muchas activistes para referirnos a todas esas identidades u orientaciones donde hay una atracción afectiva y/o sexual hacia más de un género. La plurisexualidad más conocida es la bisexualidad, pero hay otras como son la polisexualidad, la pansexualidad, etc (no entraré a definirlas todas o a explicar sus diferencias, pero si en el debate o después alguien tiene curiosidad yo y otras personas de Enrenou que están aquí podemos explicarlo). Sé que para mí y para muchas sería mucho más fácil que utilizara la palabra bisexual porque es la que la mayoría conoce, pero si hago esto invisibilizo a una buena y gran parte de mi comunidad, e intentando ser sensible a no hacerlo intentaré utilizar plurisexual. Aun así, yo me identifico mayoritariamente como bisexual (a veces como polisexual) y por tanto cuando me refiera a mí seguramente utilizaré bisexual.

 Otro termino contrapuesto es el de ‘monosexual’. Monosexuales son las orientaciones donde hay una atracción hacia solamente un género. Monosexualidades son, por ejemplo, la heterosexualidad y la homosexualidad. Y, finalmente, también usaré el término ‘monosexismo’ para referirme al sistema o estructura de poder a través del cual se reproduce la bifobia y las discriminaciones y opresiones hacia todas aquellas personas plurisexuales o no monosexuales.

 Quiero además enfatizar que cuando hablo de géneros no solo me estoy refiriendo a los géneros binarios, hombre y mujer, sino también a todos esos géneros que no caen dentro de los binarios. Además, también se tiene que tener en cuenta que hay personas que no se identifican con ningún género, como son las personas agénero.

He estado pensando un poco como hacer esta intervención y qué traer a esta mesa, y la verdad es que hay tantas coses que considero importantes o que despiertan en mí mucha inquietud que me costó decidir por dónde empezar, ya que para mí la plurisexualidad y la no monogamia tienen muchas coses en común. Al final encontré que había dos temas que encontraba muy importantes y muy interesantes y me quedé solo con uno de ellos por cuestiones de tiempo y porque pudiera desarrollarlo mínimamente. El tema que finalmente descarté es el de la intersección, de cómo vivimos las personas plurisexuales la no monogamia o como vivimos las personas no monógamas la plurisexualidad. Aunque es un tema muy importante lo descarté, per seguro que da para nuevas intervenciones o para escribir artículos. Finalmente el tema que decidí tratar es como se relaciona el monosexismo con la monogamia, o sea como las discriminaciones y opresiones que recibimos las personas plurisexuales están relacionadas con el sistema de monogamia impuesta. Lo que iré haciendo es ir desglosando el monosexismo y a la vez lo iré comparando con la monogamia.

La plurisexualidad es normalmente discriminada de dos formas: a través de la invisibilidad y de los estereotipos. La invisibilidad es el borrado constante de nuestra existencia y de nuestras vivencias, emociones y experiencias. Así como la heterosexualidad es la orientación considerada buena y por defecto, ‘normal’ y sana, la homosexualidad es la orientación considerada una enfermedad, discriminable y menospreciable, la bisexualidad u otras plurisexualidades por otro lado es considerada inexistente. Las personas plurisexuales no existimos y no estamos representadas en el vocabulario y la forma de expresarnos diarias. Pondré un ejemplo así simple que casi siempre pongo, de cuando nos referimos a las relaciones. Cuando hablamos de relaciones, hablamos de relaciones heterosexuales u homosexuales según los géneros de las personas que forman parte de la relación; el sexo también lo llamamos hetero o lésbico o gay, obviando la orientación de las personas que participan. Si por ejemplo yo voy por la calle de la mano de una mujer dirán que mi relación es lésbica y automáticamente se me leerá como lesbiana, invisibilizando la posibilidad de que yo sea bisexual, que es realmente como me identifico. Es más, si yo tengo otras relaciones con personas de otros géneros en ese momento no se tendrá en cuenta, ya que la lectura es siempre monógama.

Además también es bastante común que cuando una persona plurisexual cambia de una relación con una persona de un género a una relación con una persona de otro género se acostumbre a decir que ha cambiado su orientación (¡oh, antes era hetero y ahora está con una mujer y es lesbiana!),, suponiendo evidentemente que dejo de sentirme atraída por otras personas o que podría si quisiera tener otras relaciones. Por tanto, nuestras relaciones se leen a través de una mirada monosexual (o sea, heterosexual u homosexual) y a la vez también monógama. Dos visiones que se alimentan entre sí. Aquí, a lo mejor, ya se empieza a ver un poco la relación que tiene con la monogamia, ¿no creéis? Pero bien, no todo se arregla tan fácilmente como rompiendo con la monogamia, porque si yo ahora decidiera ir por la calle de la mano de dos personas de géneros diferentes (así, para que se enteren) seguramente no dirán ‘oh, mira qué bisexual más cuki’, no. Entonces lo más probable es que me digan que estoy confundida o que aún no he sabido escoger uno de los dos género… ¿O entre una de las dos personas? O sea, que tanto las personas plurisexuales como las no monógamas básicamente estamos confundidas o no sabemos escoger. Básicamente algún día cuando crezcamos todas tendremos que escoger un solo género y dejar de ser plurisexuales y tendremos que escoger a una personas y dejar de ser no monógamas y quedarnos allí para toda la vida, no sea que nos descontrolemos. Parece como si las personas plurisexuales y la no monogamia se considerasen estados de inmadurez relacional.

Esto de la confusión y de la inmadurez nos conecta con los estereotipos que rodean a la bisexulidad. Como he comentado, a parte de la invisiblidad, otra forma con la que se nos discrimina a personas plurisexuales es a través de los estereotipos. A las personas bisexuales, comúnmente, cuando no se nos borra del mapa, se nos asocia con un conjunto de estereotipos, que son connotaciones socialmente consideradas como negativas: como he comentado, la confusión, pero también hay otras como la inestabilidad, el no saber escoger, no saber lo que se quiere, la promiscuidad… pero estos estereotipos son una trampa, porque son connotaciones consideradas negativas solo debido a vivir en una sociedad capitalista y patriarcal. Normalmente el problema que nos encontramos es que debido a la presión social y al estigma relacionado con todos estos estereotipos, ya que está mal visto estar confundida, ser inestable o ser promiscua, muchas personas bisexuales se sienten con la necesidad de negarlos diciendo que las personas plurisexuales no somos así, llamándolos ‘mitos’, y diciendo que las personas bisexuales no somos inestables, sabemos lo que queremos, no estamos confundidas, no somos promiscuas, y evidentemente somos monógamas… discriminando así una parte de nuestra comunidad, y ejerciendo violencia hacia personas que reproducen estos estereotipos y que ya están suficientemente discriminadas por el hecho de ser así, invisibilizándolas dentro de nuestra propia comunidad.

Pero si lo miramos con atención, ya no solo el estereotipo de la promiscuidad, que es bastante obvio de entender que tiene una base patriarcal y sexófoba en hacernos creer que en la promiscuidad hay algo de malo, sino que además, estar confundida o no saber qué quieres o no saber escoger, cuando vives en una sociedad que te obliga a escoger entre dos opciones entre las que no tienes por qué escoger, es incluso un acto revolucionario. ¿Qué quiere decir ‘saber escoger’? ¿Escoger entre ser hetero o homo? ¿Escoger entre dos relaciones que te gustan? ¿Escoger entre qué? ¿Estabilidad? ¿Qué quiere decir ‘ser estable’? ¿reproducir el tipo de estabilidad concreta para la producción en una sociedad capitalista, para la reproducción, para aislarme en una unidad familiar? ¿Una estabilidad que me obliga a ser la misma personas desde el día que nazco hasta el que muera? ¿Además aceptando ser lo que me han dicho que tengo que ser el día que nací? Visto así, prefiero estar confundida, ser inestable y no saber lo que quiero. Y si además la única opción que me da este sistema es aislarme en una unidad familiar, lejos de las redes y las comunidades, prefiero ser considerada promiscua. Con todo esto no quiero decir que las personas plurisexuales seamos inherentemente promiscuas (de hecho dentro de la comunidad plurisexual hay personas asexuales o hiposexuales), o inestables o confundidas, sino que el activismo bisexual que invisibiliza todas estas posibilidades en el fondo está obligando a una parte de la comunidad a adecuarse a unas normas que reproducen un montón de discriminaciones y opresiones e incluso reproduce bifobia (ya que marca una línea entre cuales son las buenas bisexuales, aquellas que son monógamas y que deciden seguir el camino ‘marcado’ por la norma, y cuales las malas bisexuales), y evidentemente monogamia obligatoria.

¿No os recuerdan, además, todos estos estereotipos con los estereotipos con los que se nos asocia a las personas poliamorosas o no monógomas en general? Yo veo realmente una relación bastante directa. Promiscuas, no saben escoger entre las relaciones que tienen, no saben lo que quieren, están confundidas y por esto van ‘probando’… a las personas plurisexuales y a las no monógamas se nos asocia con el ‘exceso’ y el vicio. Dentro del sistema monógamo en el que vivimos no tener ninguna relación es considerado un desastre (tendría que sentirme triste todo el día y llorando), tener una es la perfección (el ideal romántico de la media naranja), y tener más… para, tener más es pasarse, ¿Dónde vas? Con los géneros es lo mismo, que no te atraiga ningún género es un desastre (mirad las personas asexuales que son consideradas personas enfermas o que tienen algún error), que te atraiga uno es la perfección (el ideal de la media naranja pero con los géneros), y que te gusta más de uno… stop, no te pases.

Todo esto que acabo de comentar es una parte de cómo se expresa la bifobia, o sea las discriminaciones y violencias simbólicas a las que nos enfrentamos las personas bisexuales y plurisexuales, y como ya he explicado también parece que tenga una relación íntima con la monogamia. Este sistema de opresión y discriminación lo llamamos monosexismo. Y podríamos analizar cuáles son las razones por las cuales en este sistema existe el monosexismo. ¿Cuáles son las razones por las cuales el monosexismo existe como sistema que discrimina y oprime a las personas plurisexuales? El monosexismo existe para reforzar otras estructuras como el sexismo, la transfobia, la homofobia y la monogamia. Por ejemplo, refuerza el sexismo y la transfobia y la diferenciación jerárquica entre los géneros (tanto los impuestos como aquellos escogidos o sentidos) ya que nuestra supuesta no preferencia en el género de las personas por las cuales nos sentimos atraídas cuestiona estas diferenciaciones, imposiciones y jerarquías. Por ejemplo, refuerza la homofobia, ya que nuestra existencia cuestiona esta división tan clara entre lo que es definido como ‘correcto’, que es la heterosexualidad, y lo que es incorrecto, que la homosexualidad, y nosotras somos consideradas algo que contamina esta frontera y barrera (y por tanto la pone en cuestión). Y, por último, y esta es la que viene más a cuento ahora mismo, refuerza la monogamia obligatoria, ya que nuestra supuesta promiscuidad, confusión e inestabilidad y nuestra propia existencia que cuestiona lo que es definido como exceso y no exceso hace temblar el sistema monógamo impuesto. Por tanto, reproducir monosexismo es indirectamente reproducir sexismo, transfobia, homofobia y monogoamia obligatoria.

Hay otra cosa curiosa con la monosexualidad y la monogamia. Normalmente las monosexualidades son percibidas de una forma bastante monolítica; por ejemplo, se percibe que una persona heterosexual tiene que sentir atracción afectiva, romántica y sexual hacia el ‘otro’ género, y la homosexualidad hacia el ‘mismo’. O sea, que se tiene que sentir todas las atracciones (sexual, afectiva y romántica) hacia un solo género. Dentro de las plurisexualidades una cosa que pasa mucho es la pluralidad y la multiplicidad en la diversidad en la atracción afectiva y sexual, hasta llegar al punto de poder diferenciarla. Por ejemplo, la posibilidad de que yo me sienta atraída sexualmente hacia dos, tres, cuatro géneros y afectivamente hacia solo uno. También contemplando la posibilidad de que a lo mejor no me sienta atraída sexualmente hacia ninguno (ser asexual) pero afectivamente o románticamente hacia todos, o al revés, sentirme atraída sexualmente hacia todos y ser una persona arromátinca. Por otro lado, pasa algo muy parecido con la monogamia y la no monogamia. Normalmente la monogamia es un paradigma en las relaciones donde se cree que tienes una pareja, que es una persona por la que tienes que sentir una atracción sexual, afectiva y romántica. Si una de estas falla, entonces toda la relación falla. Y la relación que tienes que tener tienes que ser compartiendo todos estos factores. La no monogamia, contemplada como una cosa múltiple, puede contemplar una diversidad y multiplicidad de relaciones, desde la más afectiva con un vínculo emocional importante sin sexo, a la más sexual sin tener un vínculo afectivo importante, pasando por relaciones platónicas, o relaciones donde se comparta todas las combinaciones posibles, etc. Puede pasar que una persona no monógama tenga varias relaciones y ninguna de ellas sexual, o al revés. Esto me recuerda mucho a la plurisexualidad y a su inherente multiplicidad.

Solo quería para terminar poder concluir que vista esta relación que tienen tanto el monosexismo como la monogamia, para mí las comunidades plurisexuales y las no monógamas tienen una íntima conexión. Como hemos visto tenemos muchas cosas en común, ya no solo porque compartimos personas (es, obvio, sino no estaría yo aquí), sino también porque además tenemos un fondo común interesante e importante, que es lo que he expuesto. Por eso creo que nuestras comunidades tendrían que ser sensibles las unas con las otras y poder tejer red y alianza, y así, además, poder de una vez romper con el estigma que arrastramos dentro del activismo bisexual más mainstream y normativo que nos hace siempre salir a la calle para decir ‘hola, soy bisexual, soy monógama y soy normal’. Por eso estoy muy contenta de estar hoy aquí con todas vosotras, de tener la oportunidad de tejer esta alianza, y por esto también os estoy muy agradecida de haberme invitado. Gracias por haberme dado la oportunidad de compartir todo esto y además, poder decir alto y claro al fin ‘hola, soy bisexual, no soy monógama y no soy normal’.

¿qué tenemos en común Trans, Feministas Queer y Autistas?

por Maria/Pau Masats (de Amors Plurals)

En la charla-debate Lucha trans, feminismos y políticas de disidencia sexual que tuvo lugar el 5 de octubre de 2011 en el CSO Casablanca de Madrid, muchas asistentes coincidimos en señalar que un punto común entre la lucha a favor de la despatologización de la transexualidad y los feminismos de tendencia queer o transfeminismos es la crítica al sistema binario de géneros. También quedó patente que ni todas las personas trans, ni todas las personas con valores o ideas feministas comparten esta opinión, pues hay quien defiende a muerte el binarismo: desde el o la transexual que “necesita” cambiar “al otro” sexo (como si solo hubiera dos y hubiera nacido con el cuerpo equivocado), hasta la mujer (nacida mujer) separatista que considera a las personas trans como enemigas a las que combatir. Algunas feministas tránsfobas no aceptarán jamás que las personas transexuales que se autodefinen como mujeres puedan entrar en determinados espacios exclusivos “para mujeres”, porque en sus ojos siguen siendo hombres; perciben su transexualidad como una caricaturización de la feminidad o, peor aún, como una estratagema para invadir esos espacios exclusivos. Y por supuesto, tampoco abrirán las puertas a los hombres trans, o según ellas, traidoras que reniegan de su propia clase para alinearse con el enemigo.

Afortunadamente en la España urbana (no quiero generalizar, pues desconozco la sociedad rural) predominan las corrientes que cuestionan los sistemas binarios mujer-hombre, femenino-masculino, rosa-azul. También, en comparación con otros países a los que tanto admiramos y tomamos como referentes culturales, aquí hay mucha más aceptación de la diversidad y mayor trasvase de ideas entre distintos grupos, tribus, colectivos, sujetos políticos… o yo diría entre personas, simplemente personas. Estamos más abiertas a conocer las diferencias, a comprenderlas, a apropiárnoslas; nos replanteamos las viejas teorías e integramos las nuevas propuestas en nuestros discursos. Somos menos dogmáticas, y por lo tanto, más flexibles… pero ni siquiera sabemos apreciarlo. Un claro ejemplo de ello es que ante la pregunta que se planteó en el debate ¿Qué aportan los feminismos a la lucha trans y viceversa?, mientras aquí se listó una serie de aportaciones en uno y otro sentido, sin que se escuchara ninguna objeción, en algunos foros de habla inglesa la respuesta mayoritaria que he leído es: NADA.

Y a pesar de esta mayor abertura de miras, en la charla eché en falta la representación de otro grupo afectado por la normatividad de género binaria: las personas con autismo. Con ello no quiero excluir otras realidades igualmente afectadas, solo trato de plantear las cuestiones que surgen desde mi propia experiencia. No me otorgo el derecho de abogar por realidades ajenas, ¡ojalá salgan más voces y testimonios de víctimas del binarismo! Yo, como persona que me autodefino como neuro-atípica y simpatizo con aspis, quiero denunciar las teorías neurocientíficas en las que se basan muchos tests que se utilizan para calcular el coeficiente de autismo, y que se podrían resumir así: existen cerebros femeninos y cerebros masculinos.

¿Quién no ha escuchado alguna vez aquello de los hombres vienen de Marte y las mujeres vienen de Venus? Esta cita dio título a una obra que refleja muchos tópicos sobre los géneros, como que los hombres son más racionales y las mujeres más empáticas. Y al parecer se sustentan en una base científica “incuestionable”: los niveles de testosterona en el útero materno influyen en el desarrollo cerebral del embrión, de manera que ya en esa fase tan temprana se van determinando muchas de nuestras características. Todo lo que ocurra a partir del nacimiento parece importar poco o nada a estas personas defensoras a ultranza del determinismo biológico. Para ellas, si una niña a la que no le gusta jugar a muñecas arranca la cabeza a la barbie que le regaló su tía abuela, la explicación se encuentra en los niveles de testosterona a las que estuvo expuesta durante la gestación; no tiene nada que ver con la presión social y cultural en la que haya crecido, nada que ver con una rebeldía a la insistencia para que juegue a “cosas de niñas”.

La idea de un cerebro masculino y un cerebro femenino resulta muy atractiva, y da unos pingües beneficios: se han vendido más de 50 millones de ejemplares de la guía de convivencia extraplanetaria entre marcianos y venusianas. Por si eso fuera poco, una gran eminencia en el campo de la neurociencia, el doctor Simon Baron-Cohen (el primo del actor) añade otra hipótesis: las diversas afecciones descritas dentro del espectro autista se darían en personas con un cerebro extremadamente masculino, es decir, con un nivel de sistematización muy alto y un nivel de empatía muy bajo. Lo curioso es que no describe en qué consistiría un cerebro extremadamente femenino.

En esta línea de investigación, realiza un experimento que “demuestra” que los hombres transexuales tienen un cociente de autismo superior al de hombres y mujeres “típicos” y también al de mujeres transexuales, pero algo inferior al de adultos con síndrome de Asperger. Sus conclusiones, publicadas en el Science Daily, no tienen desperdicio, por la transfobia que destilan.

Las chicas con un número de rasgos autistas superior a la media tienden a tener intereses típicos masculinos y muestran una preferencia por los sistemas por encima de las emociones. Prefieren no socializar con chicas típicas porque tienen intereses distintos, y porque las chicas típicas de media tienen unas habilidades sociales más avanzadas. Ambos factores conducen a las chicas con un número elevado de rasgos autistas a socializar con chicos, a creer que tienen una mente masculina en un cuerpo femenino, y a atribuir su infelicidad al hecho de ser mujer.

Las palabras de su colaboradora en el experimento, otra perla:

Si estas chicas creen que tienen una mente masculina en un cuerpo femenino, su número de rasgos autistas superior a la media puede significar también que tienen unas creencias muy arraigadas y que las llevan hasta la última consecuencia: en su adultez eligen una operación de reasignación de sexo.

En el 2004, el doctor Baron-Cohen y el equipo de investigación de la Universidad de Cambridge publicaron varios tests para calcular el cociente de espectro autista (AQ), el cociente de empatía (EQ) y el cociente de sistematización (SQ), entre otros. Sus investigaciones posteriores se sustentan en estos cocientes.

Y precisamente una de las objeciones que se me ocurre para cuestionar los experimentos de Baron-Cohen y compañía es que los valores de los cocientes se obtienen a partir de valoraciones subjetivas, de la percepción que tiene de sí misma la persona que realiza los tests, en lugar de obtenerse de pruebas diseñadas con mayor rigor empírico. Mi caso particular: la primera vez que me enfrenté con el test del cociente de espectro autista, fui prudente en las respuestas: al no tener una idea preconcebida de cómo actuaría en muchas de las situaciones que se detallaban, elegía las opciones con atenuantes: “probablemente sí”, “probablemente no”… Dos semanas más tarde repetí el test, y como en este tiempo había hecho una introspección profunda para conocer mejor mi reacción en estos escenarios hipotéticos, pude responder de forma más categórica: “seguro que sí”, “seguro que no”. La segunda vez obtuve un cociente más alto. Y además, una recompensa: ya me sentía mucho más legitimada para formar parte del grupo de adultos (autodiagnosticados) con síndrome de Asperger.

¿Qué había sucedido? ¿De pronto había aumentado el nivel de testosterona prenatal? ¿Con mis reflexiones había adquirido un mayor conocimiento de mí misma y, por consiguiente, debía dar por válido el segundo resultado? ¿O la segunda vez había habido una mayor sugestión del subconsciente para responder según patrones propios de aspis que había aprendido y había asimilado como propios? De todas las opciones, la primera se perfila como muy improbable, pues no se me ocurre cómo podría haber aumentado el efecto de las hormonas durante la gestación, no tengo constancia de ninguna distorsión espacio-temporal ni salto cuántico a otro verso paralelo que pudiera haber alterado las condiciones del embarazo de mi madre. Y las otras dos se deben a causas circunstanciales externas, ajenas a la biología.

Otra objeción: en otra serie de tests me salió un cociente muy bajo en empatía, y un cociente también muy bajo en sistematización. Según una tabla que relaciona ambos parámetros, mi cerebro no es ni masculino ni femenino, sino equilibrado… Curiosamente, alguien con ambos cocientes muy elevados también tendría un cerebro equilibrado, aunque lo más probable es que nuestros procesos mentales no tuvieran nada en común.

Y tercera objeción: el propio Baron-Cohen reconoce haberse cuestionado los principios más básicos en los que sustenta todas sus teorías, pero no ha rectificado ni un ápice.  La máxima “rectificar es de sabios”, será que no todos los sabios lo aplican (o no todos los que se consideran sabios, lo son).

Quizá no exista el experimento social perfecto, las emociones y reacciones humanas no son ciencias exactas. Pero precisamente por ello habría que tener más cuidado antes de postular teorías que condenen a una parte de la población a quedar relegada en un plano inferior.

University of Cambridge. “Female-to-male transsexual people have more autistic traits, study suggests.” ScienceDaily. ScienceDaily, 5 May 2011.

mi bisexualidad es una herramienta política

Pasa a menudo que en activismos y políticas radicales contra el heterosexismo y el patriarcado nos vemos envueltas en la necesidad de empoderarnos a través de toda la simbología que nos ha venido impuesta; se usa muy a menudo en el feminismo el lesbianismo para combatir el heterosexismo y el sexismo. ¿Es posible que las identidades plurisexuales queden al margen de estas políticas? ¿Es la lucha contra el monosexismo también una lucha contra el heteropatriarcado? Es más, ¿tiene sentido la lucha contra el monosexismo? Tener que ‘plantear’ esta última pregunta puede ofender a muchas personas oprimidas por esta estructura de poder, ya que siendo oprimidas esto no tendría ni que entrar en cuestión; pero muchas otras personas siguen insistiendo que tal opresión no existe y por tanto que es una lucha sin sentido. Quiero en este texto, no solamente reivindicar la lucha contra el monosexismo como la lucha contra la opresión hacia personas con identidades no monosexuales, sino también como una lucha que ataca directamente al propio patriarcado, al heterosexismo y otras estructuras más. La erradicación constante de nuestras opresiones no dejan mostrar que en el monosexismo se esconden muchas más presiones sociales que las que podrían parecer en un principio. El monosexismo sirve incluso para perpetuar la cultura de la monogamia impuesta, para ejercer presión para la ‘estabilidad’ social definida y para el capitalismo. Y sobre todo, el monosexismo sirve para perpetuar y fortalecer el heterosexismo y el sexismo.

A las personas bisexuales y de otras identidades plurisexuales se nos lee como mitad heterosexuales y mitad homosexuales. Nuestras vivencias son siempre leídas desde una perspectiva puramente monosexual. Esto forma parte de una estructura monosexista en la que la bisexualidad como experiencia diferenciada de la monosexualidad es totalmente erradicada. ¿Por qué esta erradicación? ¿Tiene algún interés el heteropatriarcado en que las personas no monosexuales no existamos?

Uno de los principales intereses del patriarcado es marcar una línea muy clara entre la construcción ‘hombre’ (el privilegiado) y la de ‘mujer’ (y evidentemente erradicar la posibilidad de la existencia de otros géneros). Esta jerarquía binaria para mantenerse debe estar reforzada con más estructuras que ayuden a sustentarla, como el heterosexismo. La construcción y jerarquía patriarcal se alimenta de la heterosexualidad para mantener el privilegio de la masculinidad hegemónica. El heterosexismo nos dice lo que claramente es ‘correcto’, ‘aceptable’ y ‘sano’ (¡incluso natural!): la heterosexualidad. El heterosexismo es una herramienta patriarcal con un poder increíble: nos marca, por ejemplo, cuales son ‘los hombres de verdad’, aquellos que tendrán acceso a la propiedad de las mujeres y de su reproducción, aquellos que accederán a más privilegios en general, y los que quedan fuera y descartados. El heterosexismo no nos dice que la ‘homosexualidad’ no existe; éste acepta su existencia, pero la pone en una posición ‘dañina’, ‘discriminable’ y ‘fuera de la red de lo aceptable’. Y, especialmente, le gusta y le interesa poder detectar a estas personas ‘dañinas’ para limpiar al heteropatriarcado del posible daño que éstas puedan crear dentro de su red. O sea, que deben ser señaladas y excluidas.

Es en este punto donde la no monosexualidad entra en juego. ¿Qué interés puede tener el heteropatriarcado en borrar la posibilidad de que exista la no monosexualidad? En una estructura jerárquica como la heteropatriarcal, es de mucho valor marcar bien la diferencia de género y también la de orientación sexual. Esta diferencia no puede ser ensuciada por nada que pueda dejar estos límites y jerarquías poco claras. El monosexismo es una estructura que el heteropatriarcado genera para poder mantener las jerarquías de género y de orientación sexual. Cualquier factor que pueda ‘molestar’ en la división hetero/homo debe ser automáticamente y completamente borrado. Es esta misma idea la que creó la bisexualidad con todos sus estereotipos y fábulas a su alrededor. Solo hace falta irnos a Freud, ejemplo claro de que el propio monosexismo ‘inventó’ la bisexualidad como deseo sexual (no como orientación sexual u opción válida y dejándola en un pasado primitivo), añadiéndole la carga de lo no posible y lo inexistente. Todos los estereotipos de la bisexualidad están fuertemente ligados al miedo social de la existencia de algo que pueda ir ‘saltando’ entre dos mundos creados para que fueran ‘estables’ y no debieran tocarse, por la necesidad de que fueran jerárquicamente opuestos. El monosexismo estabiliza el heterosexismo.

Las personas bisexuales somos inestables, no existimos, somos infecciosas, traidoras, excesivas, infieles… en definitiva: nuestra vivencia está marcada por una esencia llena de conceptos leídos como socialmente dañinos mientras a la vez se niega constantemente nuestra existencia y se nos sigue leyendo como mitad una cosa y mitad otra, como si de un binario hetero/homo se tratara. Nuestras vivencias no monosexuales no existen, solo existen cuando se nos quiere recordar que somos suma de dos cosas (de ahí el estereotipo de nuestra hipersexualidad o promiscuidad), que cambiamos entre dos estados (de ahí el estereotipo de nuestra infidelidad o traición), que todas en realidad podemos ser bisexuales (de ahí nuestra no existencia), de que vivimos entre dos mundos (de ahí nuestro estereotipo de la infección), de que no sabemos escoger entre las dos monosexualidades (de ahí el estereotipo de la confusión, inestabilidad y fase). Nuestra opresión no se muestra ya que no se acepta nuestra existencia fuera de una combinación de los dos únicos estados que el heteropatriarcado define como estables: el bueno y el malo.

A través del monosexismo el heteropatriarcado lo que pretende es estabilizar las jerarquías. La existencia de la no monosexualidad deja en jaque a cualquier forma de poder demostrar la existencia misma de la heterosexualidad (y por tanto de los privilegios que se otorga a ésta); nuestro supuesto ‘poder de elección’ deja en jaque a la construcción heterosexista del ‘nacido así’ (‘born this way’); nuestra supuesta ‘no preferencia’ en la elección de género pone en jaque a las propias jerarquías de género y la matriz heteropatriarcal; nuestra supuesta ‘promiscuidad’ hace temblar al tipo de cultura monógama heteropatriarcal posesiva e insensible. La existencia de la falta de estabilidad, de la posibilidad del cambio, de la fluidez, de la elección, es la enemiga de la insensibilidad relacional que nos ha venido impuesta por todas las estructuras y por el capitalismo. El monosexismo nos ‘estabiliza’, nos ‘encierra’, nos ‘estanca’, y no nos permite tener en cuenta los constantes cambios, voluntades y deseos de las demás. El monosexismo nos aísla en nuestras ‘cajas’, totalmente jerarquizadas. El monosexismo es el enemigo del cambio.

Mi bisexualidad no es una identidad sexual; tampoco me quiero normalizar. Yo la uso en mi lucha contra el monosexismo como herrramienta política. Es una herramienta contra el heteropatriarcado. Es una herramienta contra la jerarquía y la demanda constante de una estabilidad impuesta para mantener estructuras. Es una herrramienta de infección, contra el miedo a la mezcla, a lo que se define como ‘exceso’, a la fluidez. Es una herramienta a favor a las fases, y a favor a la sensibilidad constante hacia las personas que nos rodean y con las que nos vinculamos. Es una herramienta a favor de la elección, y del respeto constante hacia el consentimiento. Es una herramienta que pretende explotar cualquier intento de normativización que quiere hacerme parecer una buena bisexual, lesbiana y/o heterosexual. Es una herramienta a favor de lo que ha sido definido por las estructuras como ‘lo auténtico’. Es una herramienta pro-elección y que junto al feminismo me permite poner normas y límites que puedo escoger en base a parámetros políticos. Es una herramienta a favor del cambio, y una herramienta que rompe con la idea de que lo leído como primitivo es algo insano y lo ‘evolucionado’ (como las estructuras de poder jerárquicas) es necesario y bueno. Es una herramienta contra la construcción binaria natural/artificial. En definitiva, es una herramienta contra el orden establecido, a favor de la multiplicidad, de lo híbrido, del cambio y de la no suposición, que nos permite acceder de forma más sensible a nuestros deseos y a los de las demás.

(En este texto cuando hablo de la cultura de la monogamia hablo de ella, no como cantidad de relaciones sino como estructura de poder o sistema. Utilizo plurisexual como término para referirme a todas las orientaciones o identidades no monosexuales donde existe una atracción sexual y/o afectiva hacia más de un género, entre las que se encuentra la bisexualidad, polisexualidad, pansexualidad, etc etc)

las estructuras de poder no oprimen a lxs privilegiadxs

Existe un mantra que se repite constantemente por parte de bastantes hombres cis* (sobre todo heterosexuales) que forma parte del postureo/paripé ‘voy de feminista’. Este mantra es el siguiente: “el patriarcado también oprime a los hombres”. Es un paripé porque forma parte de esta performance masculina hegemónica de querer ser parte principal siempre, y estar en primera fila de todo, incluso del victimismo. Es un paripé porque además repitiendo este mantra muchos tienen como intención principal no solamente no aportar nada al feminismo, sino además no tener que hacer ningún esfuerzo para cambiar ninguna situación ya que se colocan en esa posición de víctima. Pero no voy a quedarme aquí en la explicación porque es cierto que el patriarcado afecta también a hombres (algo que es importante evidentemente tener en cuenta, en todas las estructuras de poder, para poder trabajar con ellas), y tampoco lo que no quiero es decir que un hombre no pueda trabajar desde el feminismo, pero en ese mantra se esconde una técnica de dominación de la que nos tenemos que defender (toda técnica de dominación necesita de ser analizada, deconstuida y contrarestarla de alguna manera).

Las estructuras de poder (entre las que se encuentra el patriarcado) generan privilegios y opresiones dependiendo de una serie de factores. El patriarcado privilegia a los hombres cis* (especialmente a los heterosexuales).  Podríamos decir además que del heteropatriarcado se derivan muchas estructuras más, que provienen de ésta, como serían el heterosexismo, el monosexismo, alosexismo, cisexismo, etc, y que por tanto no privilegia a todos los hombres de la misma manera. Un hombre trans*, homosexual, plurisexual y/o asexual es oprimido por el cisexismo, el heterosexismo, el monosexismo y/o el alosexismo. Pero ahora mismo para poder simplificar hablaremos del privilegio de género (y cis*) sin tener en cuenta identidades sexuales y las opresiones que éstas pueden tener también debido al patriarcado.

Todas las estructuras de poder afectan finalmente a todas las personas, tanto las oprimidas como las privilegiadas. Las afecta porque al fin y al cabo limita la vida de todas las personas. Las personas privilegiadas obtienen privilegios siempre y cuando se rijan por  unas normas, que limitan sus vidas. Esto pasa bastante claramente con el monosexismo, por ejemplo, que limita la vida de las personas monosexuales no dejándolas fluir en sus atracciones sexuales o emocionales, aceptar las fases, la multiplicidad, etc. Pero aunque limite la vida de las personas privilegiadas no podemos decir que las oprime, porque precisamente estos límites que estas personas tienen en sus vidas son las que les otorgan privilegios. Una persona que no se rige por eso normalmente pasa a perder privilegios. Sí, una persona monosexual limita su sexualidad y no se le permite fluir, pero es eso lo que le otorga el privilegio monosexual al definirse en una preferencia que la sociedad ve ‘estática’. Podríamos por tanto decir que todas las personas privilegiadas están limitadas (de eso se trata el privilegio precisamente, se te otorga por diferentes motivos y los conservas si te riges por las normas). El heterosexismo limita a las mujeres heterosexuales, pero no las oprime. Y un largo etcétera.

Sí, los hombres cis* (especialmente si además son heterosexuales) están limitados, jodidos, heridos, etc, por el patriarcado, pero no oprimidos. Utilizar la palabra opresión para hablar de sus vivencias con el patriarcado invisibiliza la opresión que vivimos las personas que formamos parte de la estructura como no privilegiadas, como oprimidas. Invisibiliza, y esto es una técnica de dominación. Una técnica de dominación donde se reproduce precisamente patriarcado y machismo. Ridiculizar de esta forma las viviencias que tenemos las personas oprimidas por una estructura de poder es una técnica de dominación que proviene de la misma estructura de poder. En resumen: no querer aceptar desde el privilegio que el privilegio existe y borrando la existencia de éste y de la opresión que genera.

Algo que pasa a menudo es que muchos se quejan de esa supuesta opresión que sienten por parte del patriarcado pero no hacen nada para cambiarlo ya que se colocan en una posición de víctima, como si eso viniera de fuera de ellos y estuviera fuera de su alcance. Precisamente cambiar eso es perder privilegios. Otra vez, esta técnica de dominación es usada para seguir manteniendo privilegios. “Soy una víctima, por tanto no puedo ni tengo porqué hacer nada para cambiarlo porque la opresión no viene de mí”. Sí, cambiar todas aquellas cosas que joden tanto a los hombres implica perder privilegios; privilegios, no opresiones; privilegios que la mayoría no quieren perder. Llorar, acceder a tus emociones, generar vínculos, es perder privilegios para un hombre. Le pueden llamar nenaza, maricón (algo que aunque parece ‘aceptado’ es terrible para mantener cierto estatus), y muchas cosas más. Acceder a las emociones les puede hacer más vulnerables y romper ese caparazón de seguridad que les permite agredir, controlar, competir. Si uno se pinta las uñas, se pone una falda, perdería el privilegio de ser considerado un hombre. ¿Cuántos estarían dispuestos a perder estos privilegios? Pues de eso se trataría pertenecer a una lucha contra una opresión de la que formas parte como privilegiadx.

Tenemos que usar otras palabras para referirnos a como joden las estructuras de poder a las personas privilegiadas: les limita, les afecta, les molesta, les jode, les hiere… pero no les oprime. Está muy bien ser hombre cis* y definirse como feminista. Pero hay que saber y entender en qué parte se está. Y dejar el maldito mantra y aceptar que el patriarcado te concede privilegios, y que si realmente te molesta, si realmente te molesta que el patriarcado te limite tanto, empezar a hacer algo para cambiarlo de una vez ya.

bisexualidad, género y fases

La bisexualidad no intersecciona igual dependiendo del género de las personas. Se tiende a pensar, por ejemplo, que la bisexualidad en mujeres es más aceptada que en hombres. Eso, visto de entrada, parece cierto, y es que la bisexualidad en hombres está totalmente borrada. Pero también lo está en las mujeres, aunque de otra forma.

Las mujeres bisexuales son en realidad vistas desde una perspectiva heteropatriarcal como mujeres heterosexuales que performan la bisexualidad para los hombres heterosexuales. Tanto es así que existe un índice alto de agresiones sexuales a mujeres bisexuales. También las lesbianas padecen cierto tipo de agresiones sexuales debido al mismo paradigma. Ahora bien, en las mujeres bisexuales éstas agresiones se disparan más. La bisexualidad en las mujeres no está más aceptada, está más cosificada e hipersexualizada, pero no aceptada, ya que no somos realmente consideradas como bisexuales. Esta confusión bífoba nos hace incluso no darnos cuenta de muchas de las agresiones que padecemos. Me ha pasado más de una vez de hablar con una mujer bisexual que de entrada me había dicho que nunca había padecido bifobia y que después de compartir yo con ella mis experiencias y las experiencias e información de otras personas se habían dado cuenta de que sí que la habían padecido.

Los hombres bisexuales de entrada no existen. Ni performada, ni nada. La sociedad machista y heteropatriarcal en la que vivimos marca claramente donde están los límites que un hombre tiene que tener: o eres un ‘hombre de verdad’ o bien pasas al otro bando. A la que has tocado una polla eres gay y las mujeres ya no te pueden atraer. La mayoría de los hombres bisexuales padecen constantemente los comentarios de que en realidad son gays, que están en una fase o que no aceptan su homosexualidad. Esto se mezcla con el hecho de que hay muchos hombres que antes de salir del armario como gays pasan por una fase en la que se identifican como bisexuales. Este hecho se usa muchas veces como ‘excusa’ para seguir reproduciendo la idea de que los hombres bisexuales no existen y en realidad son gays.

O sea, en conclusión, para el heteropatriarcado las personas bisexuales en realidad queremos polla; así es. Las mujeres somos heteros, y además somos tan guais que para agradar a estas pollas jugamos también con mujeres. Los hombres son gays. ¿Falocentrismo?

Las personas trans, es un tema más complejo. Si hablamos de personas que se identifican como hombres o mujeres, el concepto social es que en realidad son heterosexuales. Esto viene de la idea de que género y orientación sexual son lo mismo: si eres homosexual es que tienes una psicología del ‘otro sexo’. Por tanto se ve a las personas transexuales como personas que deciden ‘cambiar de género’ para estar también aliniadxs con la heterosexualidad. Desconozco como funciona la intersección de la bisexualidad con personas con identidades no binarias, intentaré indagar; aunque ya de por sí estas identidades son tan invisibilizadas que no sé si su orientación sexual se comprenda sea cual sea (seguimos con la idea de finales de s XIX de que la orientación sexual y el género son prácticamente lo mismo).

Existe este ‘concepto’ de que la bisexualidad es una fase, sobre todo cuando se habla de hombres. Y debemos aceptar que en muchos casos lo es. Muchos hombres que finalmente se definen como homosexuales pasan por una etapa en la que se definen como bisexuales. Esto lo usa la estructura monosexista para alimentarse a sí misma. No quiero para nada culpar a estas personas; estas personas que pasan por estas ‘fases’ no son las responsables de la bifobia que padecemos las personas bisexuales. Yo lo he meditado muchas veces y comprendo perfectamente la dificultad, sobre todo para un hombre, de abrir socialmente o aceptar su homosexualidad. O también de conocerse y entender como somos y funcionamos, muchas veces necesitamos tiempo, o toda una vida. Vivimos en una sociedad, recordemos, heterosexista y patriarcal. No puedo hablar mucho por estas personas, ya que no soy ni hombre ni homosexual, pero lo veo, no solamente tan comprensible, sino también algo que todas las personas tenemos derecho a sentir y a hacer. Repito: éstas personas no son las responsables de que la bisexualidad no esté aceptada, lo es la estructura monosexista y sus ansias por coger a estas personas como ejemplos representativos de lo que somos las personas bisexuales y hacer creer a la gente de que esto es, además, algo malo y negativo.

Y aquí hemos topado con el tema de las ‘fases’. Algunas de las cosas que oprime el monosexismo, no es solamente la bisexualidad, es la fluidez, es el aceptar la orientación sexual también como una fase, sea la bisexualidad, la asexualidad, la pansexualidad, la demisexualidad, la homosexualidad y la heterosexualidad. Esto es lo que nos hace el monosexismo: obligarnos a definirnos y a no movernos de allí. Tienes que decidirte, sino eres indecisx y cobarde. ¿Y qué? ¿Qué tienen de malo las personas indecisas? O… ¿qué tienen de malo las fases? Incluso esas fases en las que todo está clarísimo y definido.

La bisexualidad existe. La bisexualidad es una orientación sexual. La bisexualidad también es una fase. La bisexualidad es algo permanente durante toda la vida. La bisexualidad no es la responsable de la cosificación y la hipersexualización de las mujeres. La bisexualidad de las personas trans y de los hombres es también una orientación sexual. Son la bifobia y el monosexismo los que borran nuestra orientación sexual, los que no aceptan las fases. Es el machismo el que nos cosifica e hipersexualiza, y el que no acepta que los hombres y las personas trans bisexuales existen. Es el monosexismo el que nos borra. Son las personas que deciden poner de ejemplo las fases de unas personas para borrarnos. Son las personas que agreden el propio concepto de fase, y que agreden el propio concepto de lo que tendría que ser una orientación sexual.

la sonrisa y el género

Antes de empezar voy a precisar lo que a menudo hago: los géneros masculino y femenino de los que voy a hablar son precisamente de las performatividades sociales heteronormativas y binarias.

La forma de sonreír es una característica que nos diferencia el género femenino del masculino en el marco de referencia de los géneros binarios heteropatriarcales. Es una cosa en la que te tienes que fijar cuando performas un drag-king o una drag-queen, para imitarlo, y que cuesta horrores (almenos a mí). Pero no solamente es la forma de reír, es también la frecuencia. La semana pasada volví a hacer un taller de drag-king y se habló un poco más de esta cuestión, algo que me hizo reflexionar mucho sobre mi pasado y sobre cómo me había sentido muchas veces. Voy a compartir con vosotres, no solamente las reflexiones sobre esta performación, sino también acerca de éstas experiencias personales que me han afectado.

Una característica en la performación del género femenino en la sonrisa es que se sonríe de forma más expresiva con toda la cara; se ve hasta en los ojos, y en las arrugas alrededor de éstos. A diferencia de esto, la performación del género masculino en la sonrisa es más bien solo de nariz para abajo, sonrisa más sutil y menos expresiva en comparación. He hablado algunas veces sobre este tema con hombres, y algunos de estos me han expresado su incapacidad de sonreír tan abiertamente. No por incapacidad física, supongo que forma parte de toda la educación con la que se les capa para expresar emociones; algo también ligado a la seguridad, sensibilidad y empatía que ya comenté del anterior taller (taller de drag-king: devenir king – IV, V, VI).

Otra cuestión interesante es la frecuencia a la hora de sonreír. Las mujeres tienden a sonreír mucho más a menudo, y aquí voy a diferir un poco a la argumentación anterior. Sí que es verdad que podría ser que los hombres sonrían menos por esta incapacidad debido a la educación de no mostrar ciertas emociones o sensibilidad. Ahora bien, también está el lado contrario, las mujeres solemos tener una cierta ‘presión’ para tener que estar sonriendo más a menudo. Tenemos que “estar bien”, “dar buena imagen”, “ser amables”, “ser agradables”, sea cual sea la situación. Cuando un hombre está “normal”, sin sonreír, pocas veces se le comenta tal hecho, ni se le dice “oye, ¿estás bien? ¿qué te pasa?”. En cambio, a las mujeres, cuando están en el mismo estado, es muy habitual (por no decir siempre) que se les comente o pregunte sobre su supuesta seriedad: “estás muy seria” “te pasa algo” “no estás bien” “estás preocupada”. Esto a la larga genera una presión muy fuerte para tener que estar siempre “bien”, “alegre” y “sonriente”, porque si no es así tendrás que aguantar los comentarios y las preguntas; bueno, yo creo que ni siquiera lo razonas, lo aprendes y tú misma es la que sientes que si no estás así es que algo va mal. Pero, ¿qué problema hay con no estar sonriendo? ¿Acaso tengo que estar constantemente en un estado de alegría? ¿No puedo simplemente estar ‘normal’? ¿O incluso “seria” porque me da la gana, sin que tengan que estar pendientes de mi estado? ¿Tengo que ser el paradigma de lo agradable, amable y bonito sea cual sea mi estado?

Yo tenía un ‘problema’ cuando era pequeña. Y lo pongo entre comillas porque es muy relativo suponer si era o no un problema. Ahora con perspectiva creo que sí que lo era, porque era una consecuencia de no ser capaz de expresar emociones. No sabía reírme. Cuando veía algo que me hacía gracia, yo lo disfrutaba por dentro, pero era incapaz de expresarlo corporalmente, no me reía. Tampoco sonreía mucho. La razón por la cual me pasaba esto no la he comprendido muy bien aún, pero era así. Creo que fue cuando tenía 12 años más o menos, que un día, de golpe, cuando estaba con mi abuela en el teatro viendo una obra cómica, empecé a reírme a carcajadas. Me sorprendí mucho a mí misma, recuerdo la sensación de estar riendo y flipando al mismo tiempo. Ahí empecé y ya no pude parar. Desde entonces me volví más expresiva con mis emociones, al menos hacia fuera, porque hacia dentro siempre había conectado.

Una vez, cuando tenía unos 13 años, estaba en la escuela haciendo cola en el lavabo para lavarme las manos antes de ir a comer. En ese momento vino la monitora del comedor y, literalmente, me dijo “Natàlia, estás castigada. Hoy no comerás con los demás”. Le pregunté por qué, no entendí a qué venía tal tontería, no estaba haciendo nada. No comprendí. No me quiso responder. Estuve comiendo sola, y más de una vez le pregunté a esa monitora por qué estaba yo en tal situación. No me respondía. Cuando terminé de comer, evidentemente seguía castigada, y me quedé sentada en la silla, al lado de la mesa, esperando a que me levantara tal castigo y me diera explicaciones de lo que había pasado. Todxs salieron del comedor, a jugar al patio, incluso lxs que se quedaban a limpiar después. Me quedé allí sentada, sola, hasta que finalmente vino esa monitora. Le volví a preguntar por qué estaba castigada, ya con cierta sensación de impotencia y rabia. Me levantó el castigo, pero no me quise ir hasta que me diera una explicación. Se sentó a mi lado, y tuvo el valor de decirme esto: “Natàlia, estabas muy seria. No puede ser que estuvieras así”. A lo que le dije “¿Y por esta razón me has castigado?”. Me respondió “Sí”. Me enfadé y me fui de allí sin decirle nada y sin dirigirle la palabra durante una semana. Esta era la lógica: 1. Estás seria; 2. Esto no puede ser; 3. Te castigo; 4. No se me ocurre otra cosa que apartarte de tus amigxs durante la comida. Control. Y, pienso yo, que aparte de que el hecho de que alguien esté serio no es ni motivo para controlarle, ni para castigarle, ni siquiera para tener que hacer algo, aparte de eso, no creo que la mejor solución para “eso” sea hacerle comer sola, apartada, mientras ve a todo el resto de amigxs y personas comiendo juntxs, charlando y riendo.

Al pasar los años algo que se ha repetido mucho en mi vida ha sido el “estás muy seria, ¿qué te pasa?” “Estás demasiado seria”; sobretodo esas personas cercanas que todo parece que te quieren controlar. En casi todas mis relaciones emocionales ha sido así. No lo había reflexionado hasta hace poco; y ahora veo todo el constante control que sentía acerca de mi estado en cada momento, por mis gestos, por mi seriedad/no seriedad, por mi alegría/no alegría, y por cualquiera que fuera un gesto que indicara que algo podría ir mal para la persona que me quería bajo ese control. Control sobre mí y sobre la reproducción de mi género, que no debía desviarse de lo que se esperaba de mí. Yo misma me lo ejercía con pensamientos sobre mi estado de seriedad o no, y en épocas sentía que tenía que esforzarme para mostrarme más amable, más sonriente, más agradable. Es curioso, porque cuando lo comento con hombres, la mayoría me dicen que a ellos no les ha pasado tan a menudo, pero a mí me lo han hecho ellos mismos.

Creo que tanto la falta de capacidad para sonreír abiertamente, o expresar emociones de esta forma, como la obligación de tener que sonreír constantemente (y, por tanto, no tener permiso ‘social’ para emociones como el enfado, la rabia, o la seriedad) , son dos puntos característicos de los dos géneros, dentro del contexto heteropatriarcal. Las dos cosas son realmente presiones, uno por no poder expresar, otro por también no poder expresar la ‘normalidad’, o ciertas emociones que supuestamente están solo reservadas para los ‘hombres’, o estar obligada a expresar algo que a lo mejor en un momento dado no tienes ganas de expresar porque no lo sientes. Podríamos intentar relajarnos todes un poco y aprender a reírnos, cuando nos apetezca, y dejemos a los demás reírse o sonreír también cuando les apetezca. Que, por cierto, ahora que sonrío cuando me apetece, me resulta más placentero.

uso del género en la lengua castellana

Antes de empezar quisiera aclarar a qué me refiero cuando hablo de género en este texto. No me estoy refiriendo al género gramatical en sí, como por ejemplo al hecho de que los sustantivos tengan un género (la mesa, por ejemplo, es femenino, y el coche, por ejemplo, es masculino). El género del que hablo a continuación es el género de las personas y al trato que se les da a través del lenguaje utilizando los pronombres él/ella/elle, artículos le/el/la o una/une/uno y la terminación de los sustantivos y adjetivos con los que se les relaciona: alto/alta/alte, simpátique/simpática/simpático, verdulera/verdulere/verdulero. Ejemplos: “el verdulero es alto”, “la vecina es simpática” o bien “unes amigues muy molestes”. El tema del género gramatical en general también sería un tema de reflexión interesante y en el que el patriarcado también juega un papel importante, pero esta no es la intención de este texto.

La norma estándar de la lengua castellana tiene solo dos géneros para referirse a las personas: el masculino (terminado en –o) y el femenino (terminado en –a). Actualmente, existe además otra forma de expresar el género (no aceptado en la norma estándar, pero usado en ambientes transfeministas o queer) terminado en –e. Algunas veces he oído el género neutro terminado en –i, pero han sido mínimas, así que no es muy usado. El género neutro se utiliza con aquellas personas que no quieren ser tratadas con el género femenino ni el masculino (personas transgénero, queergénero, o simplemente que quieren apartarse de estas definiciones); no es un género que supuestamente englobe a todos los géneros. Ejemplos de cómo se usan estos géneros: “ella es alta”, “él es alto”, “elle es alte”; “mi amigo”, “mi amiga”, “mi amigue”; “los vecinos”, “las vecinas”, “les vecines”.

La norma estándar en la lengua castellana utiliza el género masculino para referirse a hombres y el femenino para referirse a mujeres (y digo hombres y mujeres aquí refiriéndome al género, si es que este es leído o respetado como la persona quiere que sea tratada). Cuando se habla de más de una persona, si estas personas son de género masculino o hay personas de género femenino y masculino, se generaliza usando el género masculino por defecto. Sólo se usa el plural en género femenino cuando todas las personas a las que se refiere son de género femenino. Esto es una herencia de la estructura patriarcal, y una forma que tiene esta estructura de generar privilegios hacia las personas de género masculino.

A parte de generar privilegios hacia el género masculino, también es un lenguaje binario y cisexista, que no contempla ninguna más opción a parte del masculino o el femenino (sin tener en cuenta además toda la problemática social que tienen muchas personas que quieren ser tratadas con un género y no son muchas veces tratadas como ellas quieren o sienten). Por tanto, es un lenguaje cisheteropatriarcal.

Hay diferentes métodos desde los feminismos para intentar romper con esta estructura. Uno de los métodos es invertirlo y usar el género femenino por defecto y para generalizar. Aunque es una mejor opción que la norma, desde mi punto de vista no consigue romper la estructura del todo, ni tampoco con la estructura cisexista. Hay muchas palabras que están cargadas de estereotipos de género, y que significan cosas muy distintas según se digan en femenino o en masculino. Ejemplos podrían ser: zorro/zorra, guarro/guarra, golfo/golfa, perro/perra, fresco/fresca y un largo etcétera. Estas palabras tienen una carga muy distinta cuando se dicen en masculino o en femenino, y cuando intento hacer el ejercicio de usar el género femenino por defecto, siento que no puedo quitar esa carga que tienen cuando hablo. También está el problema de que dirigirse por defecto a una persona en femenino que pueda sentirse incómoda por ser tratada en femenino (sea porque es transgénero o porque no quiera considerarse ser tratada como mujer aunque sea leída como tal) puede ser una falta de respeto, como cuando somos tratades en género masculino por defecto.

Otra opción es la de mencionar todos los géneros cuando se habla. O sea, decir “todas, todes, todos” al hablar, o poner una “x”, “*”, “_” al escribir: “todxs”, “tod*s”, “tod_s”… A mí esta opción me gusta, porque no discrimina, es inclusiva, y deja que en cada situación se defina como se necesite. Una cosa que se tendría que proponer es que cuando se hable no siempre se ponga el masculino primero. Una buena opción es poner el más discriminado o invisibilizado primero, por ejemplo el neutro, después el femenino, y después el masculino, o primero el femenino, después el neutro y después el masculino. O bien ir combinándolo, y cambiando el orden cada vez que se use.

Por otro lado, también se puede ir combinando y usar un género por defecto distinto cada vez. Una vez generalizar en neutro, otra en femenino, otra en masculino. En este caso, se tiene que ir con cuidado en no usar más veces el masculino que el resto, y hacer un ejercicio de consciencia de cómo usamos uno u otro; por ejemplo, en qué momentos usamos uno y en cual otro. Si volvemos al ejemplo que he puesto sobre la carga de género de algunas palabras o conceptos, si generalizamos al azar, cambiando y de golpe usamos el femenino en una palabra con alta carga de género podría reproducir la estructura otra vez.

Una última opción, que también me gusta mucho, es intentar evitar el género de la persona a la que estás refiriéndote. Por ejemplo hablar de ‘personas’: “las personas que vinieron ayer eran todas interesantes”. De esta forma evitas completamente el género de las personas de las que hablas y por tanto dejas de categorizar. Éste es mi favorito, aunque no siempre se puede utilizar.

A mí personalmente me gusta usar diferentes opciones que voy cambiando y experimentando para entender un poco como funciona la estructura. La que intento usar más es la de no tener que mencionar el género de la persona de la que hablo, y decir “persona”. Cuando no puedo evitar tener que referirme al género, uso mucho la de mencionar todos los géneros, incluso cuando hablo. Pero esto puede llegar a ser muy cansado y pesado, así que también voy combinando hablando por defecto con un género o con otro. Últimamente el que más uso por defecto es el género neutro que desde mi punto de vista consigue romper toda esa carga de género que tienen muchas palabras, a parte de ser una forma de expresar el género muy invisibilizada.  Por último, sí que es verdad que cuando se quiere mencionar a todos los géneros escribiendo en una sola palabra con la “x” o el “*”, tendemos a leerlo sin darnos cuenta en masculino, porque la estructura con la que leemos e interpretamos aún está allí; así que propongo que cuando leámos una palabra escrita así nos paremos e intentemos leerla en diversos géneros o jugar a cambiarlo.