mi bisexualidad es una herramienta política

Pasa a menudo que en activismos y políticas radicales contra el heterosexismo y el patriarcado nos vemos envueltas en la necesidad de empoderarnos a través de toda la simbología que nos ha venido impuesta; se usa muy a menudo en el feminismo el lesbianismo para combatir el heterosexismo y el sexismo. ¿Es posible que las identidades plurisexuales queden al margen de estas políticas? ¿Es la lucha contra el monosexismo también una lucha contra el heteropatriarcado? Es más, ¿tiene sentido la lucha contra el monosexismo? Tener que ‘plantear’ esta última pregunta puede ofender a muchas personas oprimidas por esta estructura de poder, ya que siendo oprimidas esto no tendría ni que entrar en cuestión; pero muchas otras personas siguen insistiendo que tal opresión no existe y por tanto que es una lucha sin sentido. Quiero en este texto, no solamente reivindicar la lucha contra el monosexismo como la lucha contra la opresión hacia personas con identidades no monosexuales, sino también como una lucha que ataca directamente al propio patriarcado, al heterosexismo y otras estructuras más. La erradicación constante de nuestras opresiones no dejan mostrar que en el monosexismo se esconden muchas más presiones sociales que las que podrían parecer en un principio. El monosexismo sirve incluso para perpetuar la cultura de la monogamia impuesta, para ejercer presión para la ‘estabilidad’ social definida y para el capitalismo. Y sobre todo, el monosexismo sirve para perpetuar y fortalecer el heterosexismo y el sexismo.

A las personas bisexuales y de otras identidades plurisexuales se nos lee como mitad heterosexuales y mitad homosexuales. Nuestras vivencias son siempre leídas desde una perspectiva puramente monosexual. Esto forma parte de una estructura monosexista en la que la bisexualidad como experiencia diferenciada de la monosexualidad es totalmente erradicada. ¿Por qué esta erradicación? ¿Tiene algún interés el heteropatriarcado en que las personas no monosexuales no existamos?

Uno de los principales intereses del patriarcado es marcar una línea muy clara entre la construcción ‘hombre’ (el privilegiado) y la de ‘mujer’ (y evidentemente erradicar la posibilidad de la existencia de otros géneros). Esta jerarquía binaria para mantenerse debe estar reforzada con más estructuras que ayuden a sustentarla, como el heterosexismo. La construcción y jerarquía patriarcal se alimenta de la heterosexualidad para mantener el privilegio de la masculinidad hegemónica. El heterosexismo nos dice lo que claramente es ‘correcto’, ‘aceptable’ y ‘sano’ (¡incluso natural!): la heterosexualidad. El heterosexismo es una herramienta patriarcal con un poder increíble: nos marca, por ejemplo, cuales son ‘los hombres de verdad’, aquellos que tendrán acceso a la propiedad de las mujeres y de su reproducción, aquellos que accederán a más privilegios en general, y los que quedan fuera y descartados. El heterosexismo no nos dice que la ‘homosexualidad’ no existe; éste acepta su existencia, pero la pone en una posición ‘dañina’, ‘discriminable’ y ‘fuera de la red de lo aceptable’. Y, especialmente, le gusta y le interesa poder detectar a estas personas ‘dañinas’ para limpiar al heteropatriarcado del posible daño que éstas puedan crear dentro de su red. O sea, que deben ser señaladas y excluidas.

Es en este punto donde la no monosexualidad entra en juego. ¿Qué interés puede tener el heteropatriarcado en borrar la posibilidad de que exista la no monosexualidad? En una estructura jerárquica como la heteropatriarcal, es de mucho valor marcar bien la diferencia de género y también la de orientación sexual. Esta diferencia no puede ser ensuciada por nada que pueda dejar estos límites y jerarquías poco claras. El monosexismo es una estructura que el heteropatriarcado genera para poder mantener las jerarquías de género y de orientación sexual. Cualquier factor que pueda ‘molestar’ en la división hetero/homo debe ser automáticamente y completamente borrado. Es esta misma idea la que creó la bisexualidad con todos sus estereotipos y fábulas a su alrededor. Solo hace falta irnos a Freud, ejemplo claro de que el propio monosexismo ‘inventó’ la bisexualidad como deseo sexual (no como orientación sexual u opción válida y dejándola en un pasado primitivo), añadiéndole la carga de lo no posible y lo inexistente. Todos los estereotipos de la bisexualidad están fuertemente ligados al miedo social de la existencia de algo que pueda ir ‘saltando’ entre dos mundos creados para que fueran ‘estables’ y no debieran tocarse, por la necesidad de que fueran jerárquicamente opuestos. El monosexismo estabiliza el heterosexismo.

Las personas bisexuales somos inestables, no existimos, somos infecciosas, traidoras, excesivas, infieles… en definitiva: nuestra vivencia está marcada por una esencia llena de conceptos leídos como socialmente dañinos mientras a la vez se niega constantemente nuestra existencia y se nos sigue leyendo como mitad una cosa y mitad otra, como si de un binario hetero/homo se tratara. Nuestras vivencias no monosexuales no existen, solo existen cuando se nos quiere recordar que somos suma de dos cosas (de ahí el estereotipo de nuestra hipersexualidad o promiscuidad), que cambiamos entre dos estados (de ahí el estereotipo de nuestra infidelidad o traición), que todas en realidad podemos ser bisexuales (de ahí nuestra no existencia), de que vivimos entre dos mundos (de ahí nuestro estereotipo de la infección), de que no sabemos escoger entre las dos monosexualidades (de ahí el estereotipo de la confusión, inestabilidad y fase). Nuestra opresión no se muestra ya que no se acepta nuestra existencia fuera de una combinación de los dos únicos estados que el heteropatriarcado define como estables: el bueno y el malo.

A través del monosexismo el heteropatriarcado lo que pretende es estabilizar las jerarquías. La existencia de la no monosexualidad deja en jaque a cualquier forma de poder demostrar la existencia misma de la heterosexualidad (y por tanto de los privilegios que se otorga a ésta); nuestro supuesto ‘poder de elección’ deja en jaque a la construcción heterosexista del ‘nacido así’ (‘born this way’); nuestra supuesta ‘no preferencia’ en la elección de género pone en jaque a las propias jerarquías de género y la matriz heteropatriarcal; nuestra supuesta ‘promiscuidad’ hace temblar al tipo de cultura monógama heteropatriarcal posesiva e insensible. La existencia de la falta de estabilidad, de la posibilidad del cambio, de la fluidez, de la elección, es la enemiga de la insensibilidad relacional que nos ha venido impuesta por todas las estructuras y por el capitalismo. El monosexismo nos ‘estabiliza’, nos ‘encierra’, nos ‘estanca’, y no nos permite tener en cuenta los constantes cambios, voluntades y deseos de las demás. El monosexismo nos aísla en nuestras ‘cajas’, totalmente jerarquizadas. El monosexismo es el enemigo del cambio.

Mi bisexualidad no es una identidad sexual; tampoco me quiero normalizar. Yo la uso en mi lucha contra el monosexismo como herrramienta política. Es una herramienta contra el heteropatriarcado. Es una herramienta contra la jerarquía y la demanda constante de una estabilidad impuesta para mantener estructuras. Es una herrramienta de infección, contra el miedo a la mezcla, a lo que se define como ‘exceso’, a la fluidez. Es una herramienta a favor a las fases, y a favor a la sensibilidad constante hacia las personas que nos rodean y con las que nos vinculamos. Es una herramienta a favor de la elección, y del respeto constante hacia el consentimiento. Es una herramienta que pretende explotar cualquier intento de normativización que quiere hacerme parecer una buena bisexual, lesbiana y/o heterosexual. Es una herramienta a favor de lo que ha sido definido por las estructuras como ‘lo auténtico’. Es una herramienta pro-elección y que junto al feminismo me permite poner normas y límites que puedo escoger en base a parámetros políticos. Es una herramienta a favor del cambio, y una herramienta que rompe con la idea de que lo leído como primitivo es algo insano y lo ‘evolucionado’ (como las estructuras de poder jerárquicas) es necesario y bueno. Es una herramienta contra la construcción binaria natural/artificial. En definitiva, es una herramienta contra el orden establecido, a favor de la multiplicidad, de lo híbrido, del cambio y de la no suposición, que nos permite acceder de forma más sensible a nuestros deseos y a los de las demás.

(En este texto cuando hablo de la cultura de la monogamia hablo de ella, no como cantidad de relaciones sino como estructura de poder o sistema. Utilizo plurisexual como término para referirme a todas las orientaciones o identidades no monosexuales donde existe una atracción sexual y/o afectiva hacia más de un género, entre las que se encuentra la bisexualidad, polisexualidad, pansexualidad, etc etc)

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¿nos afectamos?

Con tanta deconstrucción he cambiado la tolerancia por el ‘reconocimiento’, he cambiado el compromiso por la ‘implicación’, he cambiado el amor por el ‘afecto’. Les taoístas decían que es imposible describir a un individuo sin describir todo lo que le rodea y con lo que interacciona; y leyendo a Karen Barad reflexiono qué es realmente un individuo/identidad: ¿una célula? ¿un órgano? ¿una persona? ¿una relación? La respuesta es ‘sí’. Nos han construido para que seamos meros espectadores que no conecten y para que tengamos miedo. Dicen que el amor mueve el mundo, pero en una sociedad capitalista lo que nos mueve es el miedo. No voy a decir que tenemos que dejar de tener miedo, no quiero estigmatizar la cobardía, tenemos que focalizarlo hacia otro lugar. El vínculo que tenemos con lo que nos rodea no ha desaparecido, solo que las estructuras nos lo han direccionado hacia arriba, para hacernos creer en una falsa estabilidad. Eso es, la ‘estabilidad’ sin sensibilidad nos oprime, y oprime a muchas más. Cambié la libertad por la ‘sensibilidad’. Sensibilidad es lo que nos hace falta para sentir a les demás. Sentir. Con/sentir. Cuidar de une misme y cuidar lo que le rodea es para mí el mismo fin. Cuidar/nos, donde el ‘nos’ no es la suma de las partes, sino su combinación. Implicar/nos, y aceptar el vínculo a través de la sensibilidad para no homogeneizar sino para reconocer la diferencia y como ésta forma su conjunto, que se afecta entre sí. Cambié el amor por el afecto, porque el amor me ha sido impuesto como un concepto que no logro entender separado de una verticalidad opresora, que no cuestiona, o que exige en demasía y que no ve un flujo entre dos o más. Amor a lxs hijxs por parte de la madre, amor al padre, amor a dios, amor a la patria, amor al trabajo… ¿En qué punto está aquí la sensibilidad de sentir/nos? No digo que no se pueda llegar a construir otro concepto de amor, o que ahora mismo no podamos sentirlo distinto, pero toda la violencia simbólica que lo rellena cuando lo pronunciamos en esta sociedad capitalista donde todo nuestro vocabulario parte de la propiedad y de la apropiación hace que prefiera de momento conectar de una forma más sensible desde otro paradigma. ¿Nos afectamos?

discriminación por orientación sexual y monosexismo

Las personas no monosexuales somos constantemente leídas como la suma de dos monosexualidades. Esto, a parte de esconder un montón de no monosexualidades no basadas en los géneros no binarios, es una visión monosexista simplista de como se nos ha enseñado a leer las orientaciones. Todo nuestro vocabulario, toda la simbologia que nos rodea, está llena de monosexismo.

Constantemente se nos dice que solo se nos ‘discrimina’ cuando tenemos una pareja del mismo género que nosotres. Esta percepción sitúa a las personas plurisexuales entre el privilegio (heterosexualidad) y lo único que es percibido como ‘opresión real’ (homosexualidad). De esta forma se borra totalmente la vivencia no monosexual y la opresión padecida por tener una orientación no monosexual.

Cada estructura de poder tiene sus formas distintas de funcionar y de expresarse. La característica principal del monosexismo es la de la erradicación. Se borra toda posibilidad de la existencia no monosexual a través de todo un sinfín de expresiones, formas de hablar, y de clasificaciones. No existe la posibilidad de expresarla, y solo se expresa cuando hay necesidad de otorgarle caracteres socialmente dañinos en forma de estereotipos que nos estigmatizan. Es debido a esto que al final gran parte del activismo bisexual se desgaste en la ‘bisibilización’, quedándose en la superficie. Además que para defendernos de ese sinfín de estereotipos caemos en una normativzación que agrede a muchas personas y refuerza otras estructuras de poder.

Al ser nuetra experiencia ‘no posible’, nuestra opresión tampoco parece existir. Es más, debido a que la violencia que padecemos es más simbólica que directa, aún hace más difícil cuantificarla y mostrarla. Por poner un ejemplo, normalmente se cuantifican las ‘discriminaciones’ a través de la muestra de agresiones físicas o de situaciones donde se nos ha discriminado. Pero solo se leen estas discriminaciones cuando son debidas a tener una pareja del mismo género. ¿Es posible cuantificar la violencia simbólica? ¿Realmente afecta tanto la violencia simbólica?

La única forma de ‘cuantificar’ nuestra opresión es a través de estadísticas de salud, slaud mental o pobreza. La mayoría de estudios (que no son muchos, ya que la propia erradicación de la bisexualidad hace que ésta no se tenga en cuenta generalmente en los estudios) donde se ha diferenciado la homosexualidad de la bisexualidad ha mostrado que las personas bisexuales padecen índices mayores de ansiedad, depresión y problemas de salud en general; también de pobreza, intentos de suicidio o violencia sexual. El constante desprecio, borrado y menosprecio hacia lo que sentimos, la constante necesidad (impuesta desde fuera) de que seamos algo que no somos, que nos definamos como no somos, nos afecta. La forma monosexista de expresarse nuestra sociedad acaba afectando cada una de nuestras vivencias. No podemos dejar de sentir, de ser no monosexuales, cada vez que nos relacionamos, cada vez que nos sentimos apartades, cada vez que sentimos que cuando queremos expresar nuestras vivencias tenemos que hacerlo con un lenguaje mestizo, mezcla de dos lenguajes definidos que no nos representan. La hostilidad que sentimos en ciertos entornos, el constante aislamiento a lo que nos somete toda esta estructura nos afecta; afecta cada instante de nuestra vida, y afecta cada parte de nuestro cuerpo. Hostilidad que muchas veces (la mayoría de ellas) también proviene de nuestras parejas, familiares o amigues. Es común padecer bifobia en nuestras relaciones emocionales, afectivas y sexuales. Y toda esta ‘discriminación’ no nos es posible contabilizarla con la forma impuesta que nos ha venido de contabilización de discriminación; solo a través de datos indirectos por vernos afectades por un sinfín de símbolos que nos hace el día a día una cuesta más arriba.

Esta entrada se la dedico a todas esas personas que me repiten demasiado a menudo que a las personas bisexuales solo se nos discrimina cuando tenemos lo que ellas llaman una ‘relación homosexual’. No se dan cuenta que diciendo esto ya están usando un lenguaje monosexista que me agrede, me oprime, y… me ‘discrimina’. Pero esto no se contabiliza en ninguna estadística de discriminación.

relaciones en el heteropatriarcado (I – introducción)

El tema de las relaciones no lo he tratado casi en este espacio. Siempre he pensado que hay personas que escriben muy bien sobre estas temáticas, a las que sigo, y trabajo de las cuales aprecio mucho. Aún así, me gustaría poder tratarlo aquí, ya que también es un tema afectado y que afecta a las estructuras de poder.

Antes que nada me gustaría decir que lo que me apetece hacer aquí es una deconstrucción de las relaciones en el heteropatriarcado; no voy a usar casi los conceptos que normalmente se usan de ‘monogamia’, ‘poliamor’, ‘anarquía relacional’, y un largo etcétera. He pensado que hay muchas maneras de definir y describir estos conceptos, seguramente algunas más deconstruídas que otras. Lo que realmente me apetece hacer es deconstruir los conceptos relacionales del heteropatriarcado. También porque aún no he encontrado palabras que me ayuden a señalar estructuras concretas relacionadas con lo que llamamos ‘monogamia’; que sí, que la monogamia tal y como nos la inculcan es un sistema, una estructura, centrada totalmente en el concepto de ‘pareja’, que nos aísla totalmente de las comunidades y nos cierra en pequeños núcleos a los que llamamos familias, que reproducen heteropatriarcado, y que es de mucha utilidad para el capitalismo. Pero no quiero usar solamente el concepto de monogamia como sinónimo de una estructura, ya que, por ejemplo, personas no monógamas que la reproducen hay muchas. Quiero, por tanto, tratar esta entrada a modo de introducción, y más adelante iré tratando cada tema por separado en diferentes textos.

Una de las primeras cosas de las que me gustaría tratar es del binomio pareja/amistad. Son dos paradigmas que dentro del heteropatriarcado adquieren posiciones tanto afectivas, emocionales, como físicas, muy distintas. Existe una jerarquía evidente entre la pareja y todo lo demás, incluso de todas esas personas más ‘especiales’ en el círculo amistoso. Parece, además, que el sexo tiende a ayudar a ‘subir’ a una persona en la escala del 0 al 1 que vendría a ser de los extremos amistad-pareja en las relaciones. Como pasa en todos los binarios en nuestras estructuras, solamente los ‘extremos’ son leídos, tratables y definidos. Es más, todo lo que no sean estos extremos son leídos como cosas ‘intermedias’ (y por tanto más falsas o menos verdaderas). Pasa con todos los binarios; con el género, por ejemplo, que los géneros no binarios los situamos mentalmente entre los dos ‘definidos’ y ‘reales’ que son ‘hombre’ y ‘mujer’. Pero esto es solamente una construcción que refuerza la idea de que lo que no pertenece al binario no es ‘tan real’, es una ‘mezcla’ y solo se puede expresar y definir usando una combinación de los términos de esos binarios, como sumas y restas. Además, los binarios siempre están jerarquizados, dándole más importancia a uno e infravalorando el otro. Con la pareja y la amistad pasa igual.

El concepto de pareja en el patriarcado es un concepto que aisla a las personas en núcleos reducidos y que las separa de todos esos otros vínculos afectivos a los que llamamos ‘amistades’. Descuidamos a toda una red de personas, y además, también estructuramos nuestros cuidados a la pareja según unas normas definidas que nos vienen impuestas (normalmente en relaciones de poder, por tanto los cuidados afectivos no acostumbran a ser equitativos) que limitan las vidas de las dos personas que forman ese supuesto vínculo (especialmente a la que menos privilegios tiene). Toda nuestra vida es marcada por la vida en pareja.

Es común ver que los conceptos definidos y marcados suelen no sentir la necesidad de tener que explicar o definir, porque ya nos vienen de ‘fábrica’. Lo que decía antes de que son los dos conceptos ‘extremos’ que vienen ya supuestamente descritos de antemano todo lo que significan. Tener pareja, por ejemplo, ya viene dado con un montón de suposiciones de todo lo que requiere, repercute, cuales son los límites, no límites, etc. También pasa con la amistad con todo lo contrario, no requiere de nuestro esfuerzo del cuidado o de la estima (que mal llamamos ‘drama’). Por eso creo que en los dos casos la comunicación suele ser escasa, ya que no se tiene nuestra atención de definir cuales son las cosas que se quieren compartir en cada relación ni como. No es necesario porque ya se supone. Eso es desde mi punto de vista muy violento. Está cargado de una simbología donde ni siquiera se requiere pasar por el consentimiento. Y no hablo solamente del consentimiento en el sexo, sino también consentimiento afectivo, de las cosas que se quieren hacer, compartir o mostrar. Y de la variabilidad temporal de lo que se quiere. Muchas veces incluso parece que se tenga permiso total a la intrusión (tanto física, mental o emocional) en todo en el caso de la pareja. Con el resto de relaciones pasa algo parecido, todo depende de la ‘etiqueta’ que le pongamos, una vez puesta ya viene acompañado de toda una simbología y un montón de supuestos, sin necesidad de consentimiento, comunicación o respeto por límites o necesidades de cada momento y de cada persona.

Romper con estos paradigmas requiere algo que es esencial: la comunicación. Tener que trabajar cada una de las cosas que se quieran compartir en cada relación. Pero hay miedo. El miedo que hay a menudo a tratar cada tema es un miedo que proviene del patriarcado. Es miedo porque muchas personas piensan que ‘hablar’ implica una total disposición a todo, el súper vínculo de la pareja, el drama, etc. Esto es totalmente falso, pues precisamente el concepto patriarcal de pareja es un vínculo que ya está tan definido que por tanto no hay necesidad de la verdadera comunicación. Tenemos miedo a la comunicación, porque nos han hecho creer que ‘hablar’ implica que nos requieran totalmente. Pensamos que ‘permitir’ hablar a la otra persona implica que nos pueda pedir, y por tanto de una implicación, o de un drama si no nos implicamos con lo que nos pide. También porque no sabemos respetar un ‘no’, y nos han enseñado a que un ‘no’ se convierte en un rechazo emocional personal grave. Una de las violencias comunes que ocurren es que supongan que como vas a requerir a la otra persona emocionalmente en su totalidad se cierren en banda y no te permitan expresarte; esta suposición hace que esa persona te coloque en una posición concreta (sobre cuales son tus emociones y necesidades) sin que tú la hayas requerido. Y eso también es violencia. Como el mismo hecho de que no se te permita comunicarte, expresarte o requerir, aunque este requerimiento sea distancia o un no consentimiento.

Otro binario que se ha creado es el de las ‘relaciones no serias’ para contrarestar a las ‘relaciones serias’ (clásicamente de pareja). Muchas personas que siguen leyendo las relaciones de forma patriarcal para huir del drama van a buscar lo que ellas llaman ‘relaciones fáciles y simples’ donde huyen totalmente de la comunicación, y por tanto de cualquier cuidado hacia la otra persona. Se busca en estos casos relaciones en las que no se requiera (supuestamente) nada, y por tanto donde parece que será innecesaria la comunicación para no generar un supuesto vínculo. Este tipo de relaciones pueden llegar a generar también mucha violencia. No poder hablar, comunicar, cuando puedas sentirte mal, incómode, o tengas cualquier problema, es muy violento. Este tipo suelen reproducir relaciones de poder donde siempre sale ganando la parte con más privilegios, ya que el pensamiento hegemónico es el que prevalece por defecto y el que le otorga el beneficio a quien posee el privilegio. Por eso es esencial ser sensibles a las estructuras de poder. De la violencia que generan este tipo de relaciones queríamos hablar en otra entrada más adelante.

Romper con el paradigma ‘clásico’ y patriarcal de la pareja y de la relación de poder ‘fácil’ requiere atención y comunicaición, incluso en aquellas donde el vínculo afectivo sea supuestamente menor. Cuando se comparte algo, aunque ‘sólo’ sea sexo, se necesita de cierta sensibilidad para poder estar abiertes a poder comunicar en cualquier momento nuestras necesidades, preocupaciones o malestares. O de nuestros cambios y fases, porque las cosas que queremos, sentimos o padecemos cambian también. Sentir que tienes la posibilidad de poder decir en algún momento que algo no te gusta o te hace sentir mal es importante. Incluso esencial para poder ejercer nuestro derecho al no consentimiento cuando lo creamos necesario. Y permitirnos cuidar mínimamente a las personas con las que compartimos algo. Si no, caemos una y otra vez en el paradigma del consumo de personas, que tan ligado está en nuestras estructuras y en el capitalismo. Y ese ‘usar’ la mayoría de las veces no se refiere ‘solamente’ a usar de forma sexual, sino más bien emocionalmente, o a caer en la ‘objetivización’, sobre todo cuando le cortamos a la otra persona cualquier posibilidad de que pueda expresarse o pueda en algún momento no querer consentir alguna situación.

Hay muchas personas (especialmente hombres cis heterosexuales) que acostumbran a acercarse a ambientes no monógamos con la idea de que se les exigirá menos, podrán ‘ligar’ más, y que siguen leyendo sus relaciones de la misma forma que en el heteropatriarcado. Estas personas suelen generar mucha violencia, pues son personas que no son sensibles a las estructuras de poder, que no suelen respetar el tema del consentimiento, y que no suelen tener ningún respeto hacia las personas con las que se relacionan. Sobre todo, y esto también va para les que siguen teniendo relaciones monógamas heteropatriarcales, siguen leyendo el mundo entre ‘relaciones serias’ y ‘relaciones no serias’; una forma de dividir las relaciones que cada día me produce más rechazo. Compartir menos vínculo o menos afectos con una persona no te da derecho a convertirla en ‘menos seria’ ni ‘menos humana’ que a las demás. Porque ‘lo que no es serio’ nunca merece nuestro respeto. Ahora ves a una persona de estas y dile ‘no’ a algo o que te sientes mal o incómode, con qué ‘seriedad’ lo va a tomar.

la ‘lógica’ de las estructuras de poder

Hace poco más de una semana una persona me dijo ‘el privilegio monosexual’ no existe, no se aguanta por ningún lado’. Es obvio, cuando sigues la ‘lógica’ del monosexismo el privilegio no existe y no ‘se aguanta’. Esto fue lo que me llevó otra vez a pensar sobre el tema de la ‘lògica’ y las estructuras de poder.

La lógica, el concepto de lo que es lógico y lo que no lo es está fuertemente relacionado con la estructura que crea esta propia lógica. Muchas personas ‘creen’ que las estructuras de poder, como por ejemplo el patriarcado, el heterosexismo, etc, solo se expresan en las agresiones directas. Por ejemplo, agredir físicamente a una persona por ser homosexual. Pero esto solo es la punta del iceberg; y de hecho solo percibimos esta violencia porque es la única que es definida como violencia por las estructuras que nos crean, rodean y moldean. Y es por esta razón por la que nos es más fácil hablar de homofobia que de heterosexismo, porque el heterosexismo tiene dentro de sí mucho más que la violencia visible, palpable y ‘directa’.

Las estructuras lo forman todo. Forman el lenguaje, la forma de comunicarnos, la forma en la que nos relacionamos, las ideas, qué percibimos como humor, lo que percibimos como correcto o incorrecto, como leemos nuestros cuerpos, nuestras interacciones físicas, mentales y emocionales. La forma en la que pensamos, razonamos, y vemos lógica o no. La forma en la que definimos lo que es violencia, lo que no, lo que nos gusta, lo que no nos gusta, lo que nos parece justo, y lo que nos parece lógico. Las estructuras crean lo que consideramos razonamiento científico, filosófico, como también lo que consideramos correcto, incorrecto o fuera de juicio moral o ético.

La estructura heterosexista es la que nos hace parecer ‘gracioso’ cuando vemos dos hombres besándose en una serie de televisión, y que nos parezca sexy cuando vemos hacerlo a dos mujeres. Solo hace falta ver que nos pasa tan desapercibido cuando en el primer caso se oyen las típicas risas de fondo y en el segundo los silbidos. La estructura monosexista es la que nos hace parecer normal y lógico definir las relaciones entre dos personas del mismo género como relaciones homosexuales y las de distinto como relaciones heterosexuales; es la que nos hace creer que eso no invisibiliza a las personas plurisexuales, y más aún a las personas de género no binario. La lógica alosexista es la que nos hace pensar que quien no siente atracción sexual es que padece algún problema y que a la vez ese razonamiento no crea ningún tipo de violencia simbólica hacia las personas asexuales. El razonamiento neuronormativista es el que nos hace creer que decirle a una persona con ansiedad que se calme no es más que una voluntad de querer que la otra persona se sienta mejor. La lógica capacitista es la que no nos ayuda a ver que  que los condicionamientos legales sobre las futuras capacidades de los fetos sen razón legal o no para abortar tiene como causa y consecuencia el hecho de ver a las personas con diversidad funcional como menos ‘humanas’ o con menos derecho a vivir de la misma forma que las que no tienen diversidad funcional. La lógica patriarcal es la que nos hace pensar que la división del trabajo por género es algo natural y biológico y que siempre ha existido de la misma manera (una división que tampoco es por género, sino por como define el género el propio patriarcado, o sea, dependiendo de nuestros genitales, cuando en realidad esta división es pura estrategia en la reproducción y apropiación). ¿Sigo?

La violencia estructural es mucho más compleja de la que nos quieren vender, que es la de la ‘discriminación directa’. Hay muchas formas en las que se reproduce y se traduce a la larga en problemas de salud, de salud mental, de suicidios, de problemas relacionales, violencia sexual, etc. El propio lenguaje, que muches no quieren cambiar, está lleno de violencia simbólica que agrede a las personas a las que oprime cada estructura. Porque el lenguaje reproduce el pensamiento hegemónico, siempre de parte del opresor. Incluso el humor. Así que yo a esa persona que me dijo eso en twitter le diría ‘sí, es cierto que si sigues la lógica del monosexismo el privilegio monosexual no se aguanta por ningún lado’. Es que para poder verlo hay que deconstruir toda una estructura y toda una supuesta ‘lógica’ que hay detrás. Pero las lógicas no son más que construcciones. Es por eso que cada vez que leo cosas como la palabra ‘lógica’ me pongo a temblar, ya que todo lo que venga detrás normalmente es un sinfín de reproducción de pensamiento hegemónico que mediante la ‘lógica’ y su opresión nos quiere normativizar.

las estructuras de poder no oprimen a lxs privilegiadxs

Existe un mantra que se repite constantemente por parte de bastantes hombres cis* (sobre todo heterosexuales) que forma parte del postureo/paripé ‘voy de feminista’. Este mantra es el siguiente: “el patriarcado también oprime a los hombres”. Es un paripé porque forma parte de esta performance masculina hegemónica de querer ser parte principal siempre, y estar en primera fila de todo, incluso del victimismo. Es un paripé porque además repitiendo este mantra muchos tienen como intención principal no solamente no aportar nada al feminismo, sino además no tener que hacer ningún esfuerzo para cambiar ninguna situación ya que se colocan en esa posición de víctima. Pero no voy a quedarme aquí en la explicación porque es cierto que el patriarcado afecta también a hombres (algo que es importante evidentemente tener en cuenta, en todas las estructuras de poder, para poder trabajar con ellas), y tampoco lo que no quiero es decir que un hombre no pueda trabajar desde el feminismo, pero en ese mantra se esconde una técnica de dominación de la que nos tenemos que defender (toda técnica de dominación necesita de ser analizada, deconstuida y contrarestarla de alguna manera).

Las estructuras de poder (entre las que se encuentra el patriarcado) generan privilegios y opresiones dependiendo de una serie de factores. El patriarcado privilegia a los hombres cis* (especialmente a los heterosexuales).  Podríamos decir además que del heteropatriarcado se derivan muchas estructuras más, que provienen de ésta, como serían el heterosexismo, el monosexismo, alosexismo, cisexismo, etc, y que por tanto no privilegia a todos los hombres de la misma manera. Un hombre trans*, homosexual, plurisexual y/o asexual es oprimido por el cisexismo, el heterosexismo, el monosexismo y/o el alosexismo. Pero ahora mismo para poder simplificar hablaremos del privilegio de género (y cis*) sin tener en cuenta identidades sexuales y las opresiones que éstas pueden tener también debido al patriarcado.

Todas las estructuras de poder afectan finalmente a todas las personas, tanto las oprimidas como las privilegiadas. Las afecta porque al fin y al cabo limita la vida de todas las personas. Las personas privilegiadas obtienen privilegios siempre y cuando se rijan por  unas normas, que limitan sus vidas. Esto pasa bastante claramente con el monosexismo, por ejemplo, que limita la vida de las personas monosexuales no dejándolas fluir en sus atracciones sexuales o emocionales, aceptar las fases, la multiplicidad, etc. Pero aunque limite la vida de las personas privilegiadas no podemos decir que las oprime, porque precisamente estos límites que estas personas tienen en sus vidas son las que les otorgan privilegios. Una persona que no se rige por eso normalmente pasa a perder privilegios. Sí, una persona monosexual limita su sexualidad y no se le permite fluir, pero es eso lo que le otorga el privilegio monosexual al definirse en una preferencia que la sociedad ve ‘estática’. Podríamos por tanto decir que todas las personas privilegiadas están limitadas (de eso se trata el privilegio precisamente, se te otorga por diferentes motivos y los conservas si te riges por las normas). El heterosexismo limita a las mujeres heterosexuales, pero no las oprime. Y un largo etcétera.

Sí, los hombres cis* (especialmente si además son heterosexuales) están limitados, jodidos, heridos, etc, por el patriarcado, pero no oprimidos. Utilizar la palabra opresión para hablar de sus vivencias con el patriarcado invisibiliza la opresión que vivimos las personas que formamos parte de la estructura como no privilegiadas, como oprimidas. Invisibiliza, y esto es una técnica de dominación. Una técnica de dominación donde se reproduce precisamente patriarcado y machismo. Ridiculizar de esta forma las viviencias que tenemos las personas oprimidas por una estructura de poder es una técnica de dominación que proviene de la misma estructura de poder. En resumen: no querer aceptar desde el privilegio que el privilegio existe y borrando la existencia de éste y de la opresión que genera.

Algo que pasa a menudo es que muchos se quejan de esa supuesta opresión que sienten por parte del patriarcado pero no hacen nada para cambiarlo ya que se colocan en una posición de víctima, como si eso viniera de fuera de ellos y estuviera fuera de su alcance. Precisamente cambiar eso es perder privilegios. Otra vez, esta técnica de dominación es usada para seguir manteniendo privilegios. “Soy una víctima, por tanto no puedo ni tengo porqué hacer nada para cambiarlo porque la opresión no viene de mí”. Sí, cambiar todas aquellas cosas que joden tanto a los hombres implica perder privilegios; privilegios, no opresiones; privilegios que la mayoría no quieren perder. Llorar, acceder a tus emociones, generar vínculos, es perder privilegios para un hombre. Le pueden llamar nenaza, maricón (algo que aunque parece ‘aceptado’ es terrible para mantener cierto estatus), y muchas cosas más. Acceder a las emociones les puede hacer más vulnerables y romper ese caparazón de seguridad que les permite agredir, controlar, competir. Si uno se pinta las uñas, se pone una falda, perdería el privilegio de ser considerado un hombre. ¿Cuántos estarían dispuestos a perder estos privilegios? Pues de eso se trataría pertenecer a una lucha contra una opresión de la que formas parte como privilegiadx.

Tenemos que usar otras palabras para referirnos a como joden las estructuras de poder a las personas privilegiadas: les limita, les afecta, les molesta, les jode, les hiere… pero no les oprime. Está muy bien ser hombre cis* y definirse como feminista. Pero hay que saber y entender en qué parte se está. Y dejar el maldito mantra y aceptar que el patriarcado te concede privilegios, y que si realmente te molesta, si realmente te molesta que el patriarcado te limite tanto, empezar a hacer algo para cambiarlo de una vez ya.

mujeres y bisexualidad: ¿aceptación social o violencia de género?

(La semana pasada escribí un artículo para La Directa, que nuestrxs compañerxs de La Banda de Moebius tradujeron al castellano en su página de facebook, y que comparto aquí en este espacio.

El artículo original en catalán lo podéis encontrar aquí.)

La bisexualidad femenina parece ser socialmente aplaudida e inherente en las mujeres. Se suele decir que es más aceptada que la masculina, a pesar de que muchas mujeres bisexuales a menudo se quejan de sufrir agresiones debido a su orientación sexual. Esto parece una contradicción. Cómo es posible que, a pesar de parecer más aceptada, las mujeres bisexuales sientan sufrir esta violencia?

Breanne Fahs expone al ensayo Compulsory Bisexulity?: The Challenges of Moderno Sexual Fluidity ( 2009) que el concepto del heterosexualidad obligatoria se ha extendido al que denomina “bisexualidad obligatoria”. Lo que concluye en su estudio es que las mujeres son coaccionadas a fingir una bisexualidad para el placer sexual del hombre heterosexual: las mujeres tienen que ser (obligatoriamente) heterosexuales pero tienen que fingir (obligatoriamente) una bisexualidad para el goce masculino. Este hecho ya representa una violencia hacia las mujeres de cualquier identidad sexual.

Cómo es leída y representada la bisexualidad femenina

La bisexualidad femenina casi siempre aparece en un contexto en que las mujeres representadas son atractivas al ojo del heteropatriarcado. Si buscamos por Internet noticias sobre mujeres bisexuales famosas nos encontramos algunas como la de Cinemanía titulada Las bisexuales de Hollywood: actrices famosas que juegan a dos bandas (2012). En las fotografías que se exponen se muestra a una mujer atractiva y sexualizada. El texto, en vez de hablar de la bisexualidad como una opción sexual o emocional, plantea la bisexualidad como un “juego”, y llega a poner en entredicho la bisexulidad con frases como “nos hace sospechar que las chicas tampoco le ponen tanto”.

Cómo apunta también Shiri Eisner en su libro Bi: Notes for a Bisexual Revolution, otro ejemplo es el de la pornografía comercial, que es creada para la misma construcción masculina hegemónica. Este tipo de pornografía – diferenciada otros tipos como la feminista, la queer o la postpornografia – está mayoritariamente pensada para reproducir el que se supone que tiene que gustar al hombre heterosexual: el sexo entre mujeres es una representación atractiva para la mirada del hombre. Si entramos en una página de vídeos pornográficos en línea como PornoTube, los vídeos catalogados como “lésbicos” están dentro de la categoría principal “heterosexual”; la categoría principal representa la orientación sexual de la persona espectadora (hombre) y la subcategoría “lésbica” es sólo una práctica sexual, donde más allá de ser para lesbianas, se representa una bisexualidad actuada donde a menudo participan hombres.

La bisexualidad femenina es así estructuralmente objectivizada e hipersexualizada, erradicada como identidad sexual o emocional propia de la mujer y representada como una actuación para el placer sexual del hombre heterosexual. Esta imagen, en el contexto de la cultura de la violación, pone a las mujeres bisexuales en una posición muy vulnerable a sufrir agresiones sexuales: las expone a la suposición de pleno consentimiento a la hora de llevar a cabo fantasías sexuales por parte de hombres. Esta violencia también la sufren lesbianas y heterosexuales bajo el supuesto del heterosexualidad y la bisexualidad obligatorias.

Violencia sexual hacia mujeres bisexuales

En un estudio que hizo el Departamento de Salud de los Estados Unidos en enero de 2013, National Intimate Partner and Sexual Violence Survey, donde pulicava datos del 2010, se mostraba que el 46,1% de las mujeres bisexuales habían sufrido violaciones al menos una vez en su vida, ante un 13,1% de las lesbianas, y un 17,4% de las heterosexuales. El estudio también reflejaba que el 74,9% de las mujeres bisexuales habían sufrido otros tipos de violencia sexual, frente a un 46,4% de las lesbianas, y un 43,3% de las heterosexuales. El 98,3% de las agresiones a mujeres bisexuales eran perpetradas por hombres. El 61,1% de las mujeres bisexuales habían sufrido agresiones por parte de parejas sentimentales, ante el 43,8% de las lesbianas y el 35% de las heterosexuales. Otro estudio que se hizo al 2009 denominado Women’s Sexual Orientation and Health: Results from a Canadian Population-Based Survey mostró que las mujeres bisexuales sufrían una proporción más elevada de violencia doméstica.

Estos datos reflejan la bifobia y el machismo con qué muchas mujeres son coaccionadas por parte de hombres a realizar ciertas prácticas sexuales o para apuntarse sin consentimiento, llevando a cabo así la fantasía de la mujer bisexual. Hay varias vivencias en blogs de activistas, al ensayo de Breanne Fahs o en el libro de Shiri Eisner. Aún así, podemos exponer las que se compartieron en un proyecto que llevábamos a cabo para la visibilitzación de la bifobia, que son vivencias más cercanas en casa nuestra. Judith comentaba: “Yo muchas veces me sentía presionada por mi novio a mantener relaciones sexuales con él y otras tías. A menudo me decía que tenía que estar interesada por el simple hecho de ser bisexual. No me lo decía directamente, era una insinuación constante. Algunas veces sí que lo había hecho y lo quería hacer, pero no me sentía con el derecho de poder escogerlo siempre (…) después cuando creía que a mí me podría gustar una chica se alteraba totalmente por la posibilidad que yo lo pudiera dejar por una tía. Varias veces utilizó la bisexualidad para insultarme y decirme que era una puta”.
Otra chica, S., explicaba: “Un día cuando estaba de fiesta con mis colegas al decir que era bisexual vino un tio, me puso la mano al culo y me dijo que buscáramos alguna chica por el local para hacer un trío. Ni me preguntó si estaba interesada en él!”. Isabel añade: “Le comenté a una amiga en la barra de un bar que era bisexual y un tio que había escuchado la conversación me entró directamente porque hiciera un trío con su novia (…) esto sin conocerlos de nada”.

Lo que muchas mujeres bisexuales explican a menudo es que no pueden expresar libremente su sexualidad sin el miedo al acoso u otras formas de violencia. Visibilizarse como mujer bisexual es, a ojos de un hombre machista y educado en la cultura de la violación, consentimiento para acceder sexualmente, sin preguntar o esperar a ser invitado. El que concluye Shiri Eisner en su libro es que más allá de ser aceptada, la bisexualidad femenina ha sido apropiada para el disfrute masculino hegemónico heterosexual.

La responsabilidad es del machismo, no de las mujeres

A menudo en entornos normativos (y en el propio ensayo de Breanne Fahs) se insinúa cierta responsabilidad de esta violencia a las mujeres bisexuales que tienen un comportamiento promiscuo o a aquellas que llevan a cabo prácticas bi-curiosas. Un apunte que hace Shiri Eisner en su libro es recalcar que la responsabilidad de esta violencia no es de ninguna mujer que decide ejercer su sexualidad como desea, sino que es estructural, es heteropatriarcal y de los hombres que no respetan el consentimiento. Cualquier mujer tiene que tener el derecho de explorar su sexualidad como quiera, y a que su consentimiento y su identidad se respeten siempre.