monosexual por defecto

El pasado 23 de Septiembre, que es el día internacional de la visibilidad bisexual (aunque a mí me gusta llamarlo el día de la lucha contra el monosexismo), escribí un artículo de opinión para La Directa, que mi compañera Marta tradujo al castellano (¡mil gracias!) y que comparto aquí en este espacio.

El artículo original en catalán lo podéis encontrar aquí)

Hace unos meses se publicó el artículo “Hetero hasta que se demuestre lo contrario” en el que la autora mostraba la suposición de que todas las personas somos heterosexuales y como esto genera un marco simbólico en el que las personas homosexuales (lesbianas y gays) sufren invisibilización y lo que podríamos llamar discriminación. Este tipo de discriminación, o violencia simbólica, no es nombrada directamente de este modo en el texto; aun así me gustaría recalcar y utilizar estos conceptos ahora para mostrar que el heterosexismo (estructura que privilegia a las personas heterosexuales y que las coloca en una posición jerárquica) no siempre se reproduce en forma de violencia o discriminación directa (homofobia), sino que se expresa de muchas formas estructuralmente violentas. El artículo, con el cual estoy de acuerdo en muchas de las partes, es, en cierto modo, una buena visibilización de una problemática importante y es positivo mostrarlo, pero me gustaría poder ampliarlo para mostrar también una parte que no refleja.

La heterosexualidad es la orientación que se nos designa por defecto. Como pasa con todas las características que gozan de privilegios (ser blanca, ser hombre, ser cis, no tener diversidad funcional, etc…) la heterosexualidad es “la norma”. Ciertamente, todas las personas somos heterosexuales hasta que se demuestra lo contrario, que es en situaciones concretas como cuando salimos del armario o cuando “nos pillan” con una persona del mismo género. Este es uno de los muchos privilegios de la heterosexualidad: el hecho de no tener que afrontar la violencia que supone salir del armario, la discriminación, ya que no se tiene que salir de ningún lado. Pero, qué pasa con las personas que no somos monosexuales?

Monosexual es un término que utilizamos para referirnos a las personas con una orientación o identidad sexual y/o afectiva donde sólo se siente atracción por un género. Las monosexualidades más conocidas son la heterosexualidad i la homosexualidad. Por defecto, cuando no somos identificadas como personas heterosexuales se nos identifica como homosexuales. Existen muchos motivos por los que esto sucede, y todo ellos están directamente ligados a una estructura que privilegia las monosexualidades y que oprime a todas aquellas personas que no somos monosexuales (como, por ejemplo, las bisexuales). Esta estructura es el monosexismo, una estructura que funciona de forma diferente al heterosexismo y que está también ligado al patriarcado al reforzar el sexismo. A las personas siempre se nos supone monosexuales hasta que nosotras, con esfuerzo, conseguimos demostrar que no lo somos. Esta es una de las principales características del monosexismo: nosotres tenemos que estar constantemente demostrando que no somos monosexuales porque socialmente no existimos. Incluso saliendo del armario se nos continua relacionando con un armario.

El monosexismo, como todas las estructuras de poder, viene acompañado de una simbología que lo caracteriza. Nuestro vocabulario, nuestra forma de expresarnos, es monosexista por defecto. La forma en que se nos ha enseñado desde pequeñes a leer las relaciones y las orientaciones del resto de personas, es monosexista. Pongamos por ejemplo el hecho de ver a una persona que parece tener una relación con otra persona. Automáticamente leemos la orientación sexual de estas dos personas en referencia a cómo son leídos sus géneros: si lo que vemos nos parecen dos mujeres, las leeremos como lesbianas; si nos parecen dos personas de dos géneros diferentes, como heterosexuales. Las expresiones “relación heterosexual” y “relación homosexual” son fórmulas monosexistas que imponen la monosexualidad y que esconden la posibilidad de que las personas que forman parte de esta relación tengan una orientación o identidad que sea la heterosexual o la homosexual, cerrando la opción de que tengan una identidad plurisexual como polisexual, pansexual, bisexual o skoliosexual (entre otras), y de que, además, sus géneros no sean binarios (hombre o mujer).

Las violencias específicas a las que nos enfrentamos las personas no monosexuales acostumbran a formar parte de un conjunto de violencias muy simbólicas: la no posibilidad, la no existencia, el que te asignen estereotipos por defecto (y que sintamos la necesidad de negarlos oprimiendo así a una parte de nuestra comunidad que los reproduce que tiene todo el derecho de hacerlo, como podrían ser las personas promiscuas, lo las que estén confundidas), el hecho de vernos envueltas en un vocabulario que no nos representa y ser leídes como una suma, división, resta o multiplicación, siempre de dos estados con los que no nos identificamos.

El hecho que llamemos “simbólica” a este tipo de violencia, no la hace menos “violenta”, pero si mas difícil de mostrar, ver y detectar. Al fin y al cabo, la violencia simbólica se traduce a la larga en problemas de salud física y mental, depresiones, ansiedad, intentos de suicidio, ser más vulnerable a violencias sexuales, tener menos cobertura e información específica en ITS o en salud que pueda afectar de forma diferente a las personas que tenemos relaciones con más de un género, problemas relacionales, pobreza, tener menos acceso a lugares de trabajo, pérdida de puestos de trabajo, pérdida del soporte familiar y/o las amistades, pérdida de relaciones de pareja o afectivosexuales, exclusión, etc… La violencia simbólica es también característica de todas la estructuras: como he comentado al principio del texto, el heterocentrismo lo es y acaba reproduciendo también consecuencias devastadoras y que sólo se pueden demostrar a través de estadísticas.

Si, es cierto que siempre se supone la heterosexualidad hasta que se demuestra lo contrario. Pero, ¿qué es lo contrario? Cuando piensas o dices que lo contrario de heterosexual es homosexual estás imponiendo la monosexualidad por defecto, una  reproducción monosexista (y que omite a otras monosexualidades menos conocidas). Lo “contrario” a la heterosexualidad es la no heterosexualidad, y esto es múltiple. Hablar de lo contrario como una cosa singular es patriarcal, opresor y discrimina a muchas posibilidades. Las estructuras que nos oprimen siempre nos asignan una única opción válida y, por tanto, la imposibilidad de la variedad, de la heterogeneidad. Es más, la expresión “hasta que se demuestre lo contrario” es en sí misma opresiva dado que las personas plurisexuales estamos siempre obligadas socialmente (incluso por parte de personas homosexuales) a tener que demostrar que existimos. Sinceramente, ante toda esta simbología monosexista que me rodea, me resulta “imposible” “demostrar” mi bisexualidad, porque incluso cuando decido ir de la mano con dos personas de géneros diferentes, se me dice que estoy confundida o que todavía no he sabido escoger y que algún día, cuando “crezca”, me decidiré. Así que, si en algún momento alguna persona cae en que no soy heterosexual, lo más probable es que piense que soy lesbiana. Y al contrario… ¿cuántas veces me habrán acusado de acceder al privilegio heterosexual aun cuando hace más de 15 años que me identifico como no heterosexual? De hecho, podríamos decir que en algunos entornos se me impone la heterosexualidad sobre mis decisiones, voluntades o posibilidades, aun cuando he “demostrado” que no lo soy. O sea, que mi vida consiste, básicamente, en una lectura binaria constante de demostraciones de lo que nunca soy.

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discriminación por orientación sexual y monosexismo

Las personas no monosexuales somos constantemente leídas como la suma de dos monosexualidades. Esto, a parte de esconder un montón de no monosexualidades no basadas en los géneros no binarios, es una visión monosexista simplista de como se nos ha enseñado a leer las orientaciones. Todo nuestro vocabulario, toda la simbologia que nos rodea, está llena de monosexismo.

Constantemente se nos dice que solo se nos ‘discrimina’ cuando tenemos una pareja del mismo género que nosotres. Esta percepción sitúa a las personas plurisexuales entre el privilegio (heterosexualidad) y lo único que es percibido como ‘opresión real’ (homosexualidad). De esta forma se borra totalmente la vivencia no monosexual y la opresión padecida por tener una orientación no monosexual.

Cada estructura de poder tiene sus formas distintas de funcionar y de expresarse. La característica principal del monosexismo es la de la erradicación. Se borra toda posibilidad de la existencia no monosexual a través de todo un sinfín de expresiones, formas de hablar, y de clasificaciones. No existe la posibilidad de expresarla, y solo se expresa cuando hay necesidad de otorgarle caracteres socialmente dañinos en forma de estereotipos que nos estigmatizan. Es debido a esto que al final gran parte del activismo bisexual se desgaste en la ‘bisibilización’, quedándose en la superficie. Además que para defendernos de ese sinfín de estereotipos caemos en una normativzación que agrede a muchas personas y refuerza otras estructuras de poder.

Al ser nuetra experiencia ‘no posible’, nuestra opresión tampoco parece existir. Es más, debido a que la violencia que padecemos es más simbólica que directa, aún hace más difícil cuantificarla y mostrarla. Por poner un ejemplo, normalmente se cuantifican las ‘discriminaciones’ a través de la muestra de agresiones físicas o de situaciones donde se nos ha discriminado. Pero solo se leen estas discriminaciones cuando son debidas a tener una pareja del mismo género. ¿Es posible cuantificar la violencia simbólica? ¿Realmente afecta tanto la violencia simbólica?

La única forma de ‘cuantificar’ nuestra opresión es a través de estadísticas de salud, slaud mental o pobreza. La mayoría de estudios (que no son muchos, ya que la propia erradicación de la bisexualidad hace que ésta no se tenga en cuenta generalmente en los estudios) donde se ha diferenciado la homosexualidad de la bisexualidad ha mostrado que las personas bisexuales padecen índices mayores de ansiedad, depresión y problemas de salud en general; también de pobreza, intentos de suicidio o violencia sexual. El constante desprecio, borrado y menosprecio hacia lo que sentimos, la constante necesidad (impuesta desde fuera) de que seamos algo que no somos, que nos definamos como no somos, nos afecta. La forma monosexista de expresarse nuestra sociedad acaba afectando cada una de nuestras vivencias. No podemos dejar de sentir, de ser no monosexuales, cada vez que nos relacionamos, cada vez que nos sentimos apartades, cada vez que sentimos que cuando queremos expresar nuestras vivencias tenemos que hacerlo con un lenguaje mestizo, mezcla de dos lenguajes definidos que no nos representan. La hostilidad que sentimos en ciertos entornos, el constante aislamiento a lo que nos somete toda esta estructura nos afecta; afecta cada instante de nuestra vida, y afecta cada parte de nuestro cuerpo. Hostilidad que muchas veces (la mayoría de ellas) también proviene de nuestras parejas, familiares o amigues. Es común padecer bifobia en nuestras relaciones emocionales, afectivas y sexuales. Y toda esta ‘discriminación’ no nos es posible contabilizarla con la forma impuesta que nos ha venido de contabilización de discriminación; solo a través de datos indirectos por vernos afectades por un sinfín de símbolos que nos hace el día a día una cuesta más arriba.

Esta entrada se la dedico a todas esas personas que me repiten demasiado a menudo que a las personas bisexuales solo se nos discrimina cuando tenemos lo que ellas llaman una ‘relación homosexual’. No se dan cuenta que diciendo esto ya están usando un lenguaje monosexista que me agrede, me oprime, y… me ‘discrimina’. Pero esto no se contabiliza en ninguna estadística de discriminación.

relaciones en el heteropatriarcado (I – introducción)

El tema de las relaciones no lo he tratado casi en este espacio. Siempre he pensado que hay personas que escriben muy bien sobre estas temáticas, a las que sigo, y trabajo de las cuales aprecio mucho. Aún así, me gustaría poder tratarlo aquí, ya que también es un tema afectado y que afecta a las estructuras de poder.

Antes que nada me gustaría decir que lo que me apetece hacer aquí es una deconstrucción de las relaciones en el heteropatriarcado; no voy a usar casi los conceptos que normalmente se usan de ‘monogamia’, ‘poliamor’, ‘anarquía relacional’, y un largo etcétera. He pensado que hay muchas maneras de definir y describir estos conceptos, seguramente algunas más deconstruídas que otras. Lo que realmente me apetece hacer es deconstruir los conceptos relacionales del heteropatriarcado. También porque aún no he encontrado palabras que me ayuden a señalar estructuras concretas relacionadas con lo que llamamos ‘monogamia’; que sí, que la monogamia tal y como nos la inculcan es un sistema, una estructura, centrada totalmente en el concepto de ‘pareja’, que nos aísla totalmente de las comunidades y nos cierra en pequeños núcleos a los que llamamos familias, que reproducen heteropatriarcado, y que es de mucha utilidad para el capitalismo. Pero no quiero usar solamente el concepto de monogamia como sinónimo de una estructura, ya que, por ejemplo, personas no monógamas que la reproducen hay muchas. Quiero, por tanto, tratar esta entrada a modo de introducción, y más adelante iré tratando cada tema por separado en diferentes textos.

Una de las primeras cosas de las que me gustaría tratar es del binomio pareja/amistad. Son dos paradigmas que dentro del heteropatriarcado adquieren posiciones tanto afectivas, emocionales, como físicas, muy distintas. Existe una jerarquía evidente entre la pareja y todo lo demás, incluso de todas esas personas más ‘especiales’ en el círculo amistoso. Parece, además, que el sexo tiende a ayudar a ‘subir’ a una persona en la escala del 0 al 1 que vendría a ser de los extremos amistad-pareja en las relaciones. Como pasa en todos los binarios en nuestras estructuras, solamente los ‘extremos’ son leídos, tratables y definidos. Es más, todo lo que no sean estos extremos son leídos como cosas ‘intermedias’ (y por tanto más falsas o menos verdaderas). Pasa con todos los binarios; con el género, por ejemplo, que los géneros no binarios los situamos mentalmente entre los dos ‘definidos’ y ‘reales’ que son ‘hombre’ y ‘mujer’. Pero esto es solamente una construcción que refuerza la idea de que lo que no pertenece al binario no es ‘tan real’, es una ‘mezcla’ y solo se puede expresar y definir usando una combinación de los términos de esos binarios, como sumas y restas. Además, los binarios siempre están jerarquizados, dándole más importancia a uno e infravalorando el otro. Con la pareja y la amistad pasa igual.

El concepto de pareja en el patriarcado es un concepto que aisla a las personas en núcleos reducidos y que las separa de todos esos otros vínculos afectivos a los que llamamos ‘amistades’. Descuidamos a toda una red de personas, y además, también estructuramos nuestros cuidados a la pareja según unas normas definidas que nos vienen impuestas (normalmente en relaciones de poder, por tanto los cuidados afectivos no acostumbran a ser equitativos) que limitan las vidas de las dos personas que forman ese supuesto vínculo (especialmente a la que menos privilegios tiene). Toda nuestra vida es marcada por la vida en pareja.

Es común ver que los conceptos definidos y marcados suelen no sentir la necesidad de tener que explicar o definir, porque ya nos vienen de ‘fábrica’. Lo que decía antes de que son los dos conceptos ‘extremos’ que vienen ya supuestamente descritos de antemano todo lo que significan. Tener pareja, por ejemplo, ya viene dado con un montón de suposiciones de todo lo que requiere, repercute, cuales son los límites, no límites, etc. También pasa con la amistad con todo lo contrario, no requiere de nuestro esfuerzo del cuidado o de la estima (que mal llamamos ‘drama’). Por eso creo que en los dos casos la comunicación suele ser escasa, ya que no se tiene nuestra atención de definir cuales son las cosas que se quieren compartir en cada relación ni como. No es necesario porque ya se supone. Eso es desde mi punto de vista muy violento. Está cargado de una simbología donde ni siquiera se requiere pasar por el consentimiento. Y no hablo solamente del consentimiento en el sexo, sino también consentimiento afectivo, de las cosas que se quieren hacer, compartir o mostrar. Y de la variabilidad temporal de lo que se quiere. Muchas veces incluso parece que se tenga permiso total a la intrusión (tanto física, mental o emocional) en todo en el caso de la pareja. Con el resto de relaciones pasa algo parecido, todo depende de la ‘etiqueta’ que le pongamos, una vez puesta ya viene acompañado de toda una simbología y un montón de supuestos, sin necesidad de consentimiento, comunicación o respeto por límites o necesidades de cada momento y de cada persona.

Romper con estos paradigmas requiere algo que es esencial: la comunicación. Tener que trabajar cada una de las cosas que se quieran compartir en cada relación. Pero hay miedo. El miedo que hay a menudo a tratar cada tema es un miedo que proviene del patriarcado. Es miedo porque muchas personas piensan que ‘hablar’ implica una total disposición a todo, el súper vínculo de la pareja, el drama, etc. Esto es totalmente falso, pues precisamente el concepto patriarcal de pareja es un vínculo que ya está tan definido que por tanto no hay necesidad de la verdadera comunicación. Tenemos miedo a la comunicación, porque nos han hecho creer que ‘hablar’ implica que nos requieran totalmente. Pensamos que ‘permitir’ hablar a la otra persona implica que nos pueda pedir, y por tanto de una implicación, o de un drama si no nos implicamos con lo que nos pide. También porque no sabemos respetar un ‘no’, y nos han enseñado a que un ‘no’ se convierte en un rechazo emocional personal grave. Una de las violencias comunes que ocurren es que supongan que como vas a requerir a la otra persona emocionalmente en su totalidad se cierren en banda y no te permitan expresarte; esta suposición hace que esa persona te coloque en una posición concreta (sobre cuales son tus emociones y necesidades) sin que tú la hayas requerido. Y eso también es violencia. Como el mismo hecho de que no se te permita comunicarte, expresarte o requerir, aunque este requerimiento sea distancia o un no consentimiento.

Otro binario que se ha creado es el de las ‘relaciones no serias’ para contrarestar a las ‘relaciones serias’ (clásicamente de pareja). Muchas personas que siguen leyendo las relaciones de forma patriarcal para huir del drama van a buscar lo que ellas llaman ‘relaciones fáciles y simples’ donde huyen totalmente de la comunicación, y por tanto de cualquier cuidado hacia la otra persona. Se busca en estos casos relaciones en las que no se requiera (supuestamente) nada, y por tanto donde parece que será innecesaria la comunicación para no generar un supuesto vínculo. Este tipo de relaciones pueden llegar a generar también mucha violencia. No poder hablar, comunicar, cuando puedas sentirte mal, incómode, o tengas cualquier problema, es muy violento. Este tipo suelen reproducir relaciones de poder donde siempre sale ganando la parte con más privilegios, ya que el pensamiento hegemónico es el que prevalece por defecto y el que le otorga el beneficio a quien posee el privilegio. Por eso es esencial ser sensibles a las estructuras de poder. De la violencia que generan este tipo de relaciones queríamos hablar en otra entrada más adelante.

Romper con el paradigma ‘clásico’ y patriarcal de la pareja y de la relación de poder ‘fácil’ requiere atención y comunicaición, incluso en aquellas donde el vínculo afectivo sea supuestamente menor. Cuando se comparte algo, aunque ‘sólo’ sea sexo, se necesita de cierta sensibilidad para poder estar abiertes a poder comunicar en cualquier momento nuestras necesidades, preocupaciones o malestares. O de nuestros cambios y fases, porque las cosas que queremos, sentimos o padecemos cambian también. Sentir que tienes la posibilidad de poder decir en algún momento que algo no te gusta o te hace sentir mal es importante. Incluso esencial para poder ejercer nuestro derecho al no consentimiento cuando lo creamos necesario. Y permitirnos cuidar mínimamente a las personas con las que compartimos algo. Si no, caemos una y otra vez en el paradigma del consumo de personas, que tan ligado está en nuestras estructuras y en el capitalismo. Y ese ‘usar’ la mayoría de las veces no se refiere ‘solamente’ a usar de forma sexual, sino más bien emocionalmente, o a caer en la ‘objetivización’, sobre todo cuando le cortamos a la otra persona cualquier posibilidad de que pueda expresarse o pueda en algún momento no querer consentir alguna situación.

Hay muchas personas (especialmente hombres cis heterosexuales) que acostumbran a acercarse a ambientes no monógamos con la idea de que se les exigirá menos, podrán ‘ligar’ más, y que siguen leyendo sus relaciones de la misma forma que en el heteropatriarcado. Estas personas suelen generar mucha violencia, pues son personas que no son sensibles a las estructuras de poder, que no suelen respetar el tema del consentimiento, y que no suelen tener ningún respeto hacia las personas con las que se relacionan. Sobre todo, y esto también va para les que siguen teniendo relaciones monógamas heteropatriarcales, siguen leyendo el mundo entre ‘relaciones serias’ y ‘relaciones no serias’; una forma de dividir las relaciones que cada día me produce más rechazo. Compartir menos vínculo o menos afectos con una persona no te da derecho a convertirla en ‘menos seria’ ni ‘menos humana’ que a las demás. Porque ‘lo que no es serio’ nunca merece nuestro respeto. Ahora ves a una persona de estas y dile ‘no’ a algo o que te sientes mal o incómode, con qué ‘seriedad’ lo va a tomar.

la ‘lógica’ de las estructuras de poder

Hace poco más de una semana una persona me dijo ‘el privilegio monosexual’ no existe, no se aguanta por ningún lado’. Es obvio, cuando sigues la ‘lógica’ del monosexismo el privilegio no existe y no ‘se aguanta’. Esto fue lo que me llevó otra vez a pensar sobre el tema de la ‘lògica’ y las estructuras de poder.

La lógica, el concepto de lo que es lógico y lo que no lo es está fuertemente relacionado con la estructura que crea esta propia lógica. Muchas personas ‘creen’ que las estructuras de poder, como por ejemplo el patriarcado, el heterosexismo, etc, solo se expresan en las agresiones directas. Por ejemplo, agredir físicamente a una persona por ser homosexual. Pero esto solo es la punta del iceberg; y de hecho solo percibimos esta violencia porque es la única que es definida como violencia por las estructuras que nos crean, rodean y moldean. Y es por esta razón por la que nos es más fácil hablar de homofobia que de heterosexismo, porque el heterosexismo tiene dentro de sí mucho más que la violencia visible, palpable y ‘directa’.

Las estructuras lo forman todo. Forman el lenguaje, la forma de comunicarnos, la forma en la que nos relacionamos, las ideas, qué percibimos como humor, lo que percibimos como correcto o incorrecto, como leemos nuestros cuerpos, nuestras interacciones físicas, mentales y emocionales. La forma en la que pensamos, razonamos, y vemos lógica o no. La forma en la que definimos lo que es violencia, lo que no, lo que nos gusta, lo que no nos gusta, lo que nos parece justo, y lo que nos parece lógico. Las estructuras crean lo que consideramos razonamiento científico, filosófico, como también lo que consideramos correcto, incorrecto o fuera de juicio moral o ético.

La estructura heterosexista es la que nos hace parecer ‘gracioso’ cuando vemos dos hombres besándose en una serie de televisión, y que nos parezca sexy cuando vemos hacerlo a dos mujeres. Solo hace falta ver que nos pasa tan desapercibido cuando en el primer caso se oyen las típicas risas de fondo y en el segundo los silbidos. La estructura monosexista es la que nos hace parecer normal y lógico definir las relaciones entre dos personas del mismo género como relaciones homosexuales y las de distinto como relaciones heterosexuales; es la que nos hace creer que eso no invisibiliza a las personas plurisexuales, y más aún a las personas de género no binario. La lógica alosexista es la que nos hace pensar que quien no siente atracción sexual es que padece algún problema y que a la vez ese razonamiento no crea ningún tipo de violencia simbólica hacia las personas asexuales. El razonamiento neuronormativista es el que nos hace creer que decirle a una persona con ansiedad que se calme no es más que una voluntad de querer que la otra persona se sienta mejor. La lógica capacitista es la que no nos ayuda a ver que  que los condicionamientos legales sobre las futuras capacidades de los fetos sen razón legal o no para abortar tiene como causa y consecuencia el hecho de ver a las personas con diversidad funcional como menos ‘humanas’ o con menos derecho a vivir de la misma forma que las que no tienen diversidad funcional. La lógica patriarcal es la que nos hace pensar que la división del trabajo por género es algo natural y biológico y que siempre ha existido de la misma manera (una división que tampoco es por género, sino por como define el género el propio patriarcado, o sea, dependiendo de nuestros genitales, cuando en realidad esta división es pura estrategia en la reproducción y apropiación). ¿Sigo?

La violencia estructural es mucho más compleja de la que nos quieren vender, que es la de la ‘discriminación directa’. Hay muchas formas en las que se reproduce y se traduce a la larga en problemas de salud, de salud mental, de suicidios, de problemas relacionales, violencia sexual, etc. El propio lenguaje, que muches no quieren cambiar, está lleno de violencia simbólica que agrede a las personas a las que oprime cada estructura. Porque el lenguaje reproduce el pensamiento hegemónico, siempre de parte del opresor. Incluso el humor. Así que yo a esa persona que me dijo eso en twitter le diría ‘sí, es cierto que si sigues la lógica del monosexismo el privilegio monosexual no se aguanta por ningún lado’. Es que para poder verlo hay que deconstruir toda una estructura y toda una supuesta ‘lógica’ que hay detrás. Pero las lógicas no son más que construcciones. Es por eso que cada vez que leo cosas como la palabra ‘lógica’ me pongo a temblar, ya que todo lo que venga detrás normalmente es un sinfín de reproducción de pensamiento hegemónico que mediante la ‘lógica’ y su opresión nos quiere normativizar.

mujeres y bisexualidad: ¿aceptación social o violencia de género?

(La semana pasada escribí un artículo para La Directa, que nuestrxs compañerxs de La Banda de Moebius tradujeron al castellano en su página de facebook, y que comparto aquí en este espacio.

El artículo original en catalán lo podéis encontrar aquí.)

La bisexualidad femenina parece ser socialmente aplaudida e inherente en las mujeres. Se suele decir que es más aceptada que la masculina, a pesar de que muchas mujeres bisexuales a menudo se quejan de sufrir agresiones debido a su orientación sexual. Esto parece una contradicción. Cómo es posible que, a pesar de parecer más aceptada, las mujeres bisexuales sientan sufrir esta violencia?

Breanne Fahs expone al ensayo Compulsory Bisexulity?: The Challenges of Moderno Sexual Fluidity ( 2009) que el concepto del heterosexualidad obligatoria se ha extendido al que denomina “bisexualidad obligatoria”. Lo que concluye en su estudio es que las mujeres son coaccionadas a fingir una bisexualidad para el placer sexual del hombre heterosexual: las mujeres tienen que ser (obligatoriamente) heterosexuales pero tienen que fingir (obligatoriamente) una bisexualidad para el goce masculino. Este hecho ya representa una violencia hacia las mujeres de cualquier identidad sexual.

Cómo es leída y representada la bisexualidad femenina

La bisexualidad femenina casi siempre aparece en un contexto en que las mujeres representadas son atractivas al ojo del heteropatriarcado. Si buscamos por Internet noticias sobre mujeres bisexuales famosas nos encontramos algunas como la de Cinemanía titulada Las bisexuales de Hollywood: actrices famosas que juegan a dos bandas (2012). En las fotografías que se exponen se muestra a una mujer atractiva y sexualizada. El texto, en vez de hablar de la bisexualidad como una opción sexual o emocional, plantea la bisexualidad como un “juego”, y llega a poner en entredicho la bisexulidad con frases como “nos hace sospechar que las chicas tampoco le ponen tanto”.

Cómo apunta también Shiri Eisner en su libro Bi: Notes for a Bisexual Revolution, otro ejemplo es el de la pornografía comercial, que es creada para la misma construcción masculina hegemónica. Este tipo de pornografía – diferenciada otros tipos como la feminista, la queer o la postpornografia – está mayoritariamente pensada para reproducir el que se supone que tiene que gustar al hombre heterosexual: el sexo entre mujeres es una representación atractiva para la mirada del hombre. Si entramos en una página de vídeos pornográficos en línea como PornoTube, los vídeos catalogados como “lésbicos” están dentro de la categoría principal “heterosexual”; la categoría principal representa la orientación sexual de la persona espectadora (hombre) y la subcategoría “lésbica” es sólo una práctica sexual, donde más allá de ser para lesbianas, se representa una bisexualidad actuada donde a menudo participan hombres.

La bisexualidad femenina es así estructuralmente objectivizada e hipersexualizada, erradicada como identidad sexual o emocional propia de la mujer y representada como una actuación para el placer sexual del hombre heterosexual. Esta imagen, en el contexto de la cultura de la violación, pone a las mujeres bisexuales en una posición muy vulnerable a sufrir agresiones sexuales: las expone a la suposición de pleno consentimiento a la hora de llevar a cabo fantasías sexuales por parte de hombres. Esta violencia también la sufren lesbianas y heterosexuales bajo el supuesto del heterosexualidad y la bisexualidad obligatorias.

Violencia sexual hacia mujeres bisexuales

En un estudio que hizo el Departamento de Salud de los Estados Unidos en enero de 2013, National Intimate Partner and Sexual Violence Survey, donde pulicava datos del 2010, se mostraba que el 46,1% de las mujeres bisexuales habían sufrido violaciones al menos una vez en su vida, ante un 13,1% de las lesbianas, y un 17,4% de las heterosexuales. El estudio también reflejaba que el 74,9% de las mujeres bisexuales habían sufrido otros tipos de violencia sexual, frente a un 46,4% de las lesbianas, y un 43,3% de las heterosexuales. El 98,3% de las agresiones a mujeres bisexuales eran perpetradas por hombres. El 61,1% de las mujeres bisexuales habían sufrido agresiones por parte de parejas sentimentales, ante el 43,8% de las lesbianas y el 35% de las heterosexuales. Otro estudio que se hizo al 2009 denominado Women’s Sexual Orientation and Health: Results from a Canadian Population-Based Survey mostró que las mujeres bisexuales sufrían una proporción más elevada de violencia doméstica.

Estos datos reflejan la bifobia y el machismo con qué muchas mujeres son coaccionadas por parte de hombres a realizar ciertas prácticas sexuales o para apuntarse sin consentimiento, llevando a cabo así la fantasía de la mujer bisexual. Hay varias vivencias en blogs de activistas, al ensayo de Breanne Fahs o en el libro de Shiri Eisner. Aún así, podemos exponer las que se compartieron en un proyecto que llevábamos a cabo para la visibilitzación de la bifobia, que son vivencias más cercanas en casa nuestra. Judith comentaba: “Yo muchas veces me sentía presionada por mi novio a mantener relaciones sexuales con él y otras tías. A menudo me decía que tenía que estar interesada por el simple hecho de ser bisexual. No me lo decía directamente, era una insinuación constante. Algunas veces sí que lo había hecho y lo quería hacer, pero no me sentía con el derecho de poder escogerlo siempre (…) después cuando creía que a mí me podría gustar una chica se alteraba totalmente por la posibilidad que yo lo pudiera dejar por una tía. Varias veces utilizó la bisexualidad para insultarme y decirme que era una puta”.
Otra chica, S., explicaba: “Un día cuando estaba de fiesta con mis colegas al decir que era bisexual vino un tio, me puso la mano al culo y me dijo que buscáramos alguna chica por el local para hacer un trío. Ni me preguntó si estaba interesada en él!”. Isabel añade: “Le comenté a una amiga en la barra de un bar que era bisexual y un tio que había escuchado la conversación me entró directamente porque hiciera un trío con su novia (…) esto sin conocerlos de nada”.

Lo que muchas mujeres bisexuales explican a menudo es que no pueden expresar libremente su sexualidad sin el miedo al acoso u otras formas de violencia. Visibilizarse como mujer bisexual es, a ojos de un hombre machista y educado en la cultura de la violación, consentimiento para acceder sexualmente, sin preguntar o esperar a ser invitado. El que concluye Shiri Eisner en su libro es que más allá de ser aceptada, la bisexualidad femenina ha sido apropiada para el disfrute masculino hegemónico heterosexual.

La responsabilidad es del machismo, no de las mujeres

A menudo en entornos normativos (y en el propio ensayo de Breanne Fahs) se insinúa cierta responsabilidad de esta violencia a las mujeres bisexuales que tienen un comportamiento promiscuo o a aquellas que llevan a cabo prácticas bi-curiosas. Un apunte que hace Shiri Eisner en su libro es recalcar que la responsabilidad de esta violencia no es de ninguna mujer que decide ejercer su sexualidad como desea, sino que es estructural, es heteropatriarcal y de los hombres que no respetan el consentimiento. Cualquier mujer tiene que tener el derecho de explorar su sexualidad como quiera, y a que su consentimiento y su identidad se respeten siempre.

mi lucha conmigo misma

Esta entrada es un experimento que he hecho sobre mis experiencias con las estructuras de poder. En ningún momento explico de qué estructuras se tratan ni de como actúan. No es un análisis, es una visibilización de mis emociones en ciertos momentos de mi vida. También quiero dejar claro que aunque aquí haya muchas emociones que me han hecho daño, mi intención no es mostrar que he tenido una vida horrible, porque he pasado momentos muy buenos y felices en mi vida. Solamente he querido ir encadenando emociones de estructuras y situaciones en diferentes momentos de mi vida. El tiempo no es lineal, he ido saltando hacia delante y hacia detrás, inspirada un poco en Karen Barad (no estoy usando su método, solo me ha inspirado éste). También quiero dejar claro que aunque en algunos momentos parece que estoy culpando a mí y a mi género de lo que me ha pasado y que parezca que las personas que me hayan agredido, aunque solo sea emocionalmente, no tienen ninguna responsabilidad, no es así; lo que estoy exponiendo es como me sentí yo en ese momento, y es así como funcionan las estructuras de poder, desviando nuestra atención de lo que es responsable o no de la violencia que sufrimos. Tampoco quiero con esto victimizarme, todas las personas hemos sufrido en mayor o en menor medida de violencia, desde fuera o desde nosotrxs mismxs. Supongo que todxs tenemos nuestras historias, y ninguna es menospreciable frente a otras. Dentro de unos días colgaré una segunda parte, que es diferente, no es de visibilización si no más bien de declaración de principios. Un abrazo fuerte, aquí os dejo esto:

Hace unos días me llamaron ‘zorra insaciable’ por twitter por el hecho de visibilizarme como ‘mujer’ bisexual. Zorra insaciable, ‘las mujeres bisexuales solo servis para follar’.

Primavera de 1997. Tengo 17 años y salgo del armario como bisexual. Al cabo de poco me llaman ‘puta’ por primera vez. ‘Puta’; aún resuena en mi cabeza, no la palabra, si no el tono burlesco de la afirmación. Me siento incómoda y desempoderada.

Verano de 1997. Sufro una agresión. No entiendo qué está pasando, pero se burlan de mí. ‘Puta’, vuelvo a escuchar. Risas. Siento que hay algo en todo esto que no funciona. Será que no tendría que haberme mostrado, habré hecho algo mal. Me equivoqué.

Otoño de 1998. Estoy vomitando. Siento un vacío muy grande que no consigo llenar con nada. Me siento rechazada, y solo se me ocurre desesperadamente llenarlo de alguna forma. Siento una presión muy fuerte en el pecho, pero ya no puedo llorar. Tengo miedo a identificarme con cualquier cosa, por miedo a las risas y a las suposiciones que no entiendo de donde vienen. Aún las oigo, y aún las siento.

Invierno de 1996. Estoy en clase. La profesora de filosofía me pregunta sobre algo. Respondo. Respondo a mi manera. Mis compañerxs se ríen de mi respuesta. La compañera que se sienta delante de mí se gira y me pregunta si soy alcohólica. Me pregunto si tan extraña ha sido mi respuesta.

Verano de 2007. Llevo mucho tiempo recuperándome de muchas cosas. Y lo que más me ha ayudado en todo esto ha sido leer filosofía. Parece que está siendo mi propia cabeza la que me está salvando de todo ese infierno. Parece irónico todo. Siento como que durante mucho tiempo estaba dejando que el rechazo que me venía de fuera se reprodujera dentro de mí, para rechazarme a mí misma.

Invierno de 1997. Hay días que me cuesta salir a la calle y relacionarme con cualquiera. Estoy bebiendo demasiado, pero es la única forma que siento poder parar muchos de mis pensamientos. Tengo miedo a que sea mi forma de ser la que esté provocando todo esto en mi vida.

Primavera de 2005. Estoy en una asociación LGTB y lo primero que oigo es que yo no tendría que estar allí; tengo una relación con un hombre, para ellxs soy hetero. Me siento mal, incómoda y algo avergonzada por mis supuestos privilegios. Decido dar lo mejor de mí misma para compensarlo. Así que casi toda mi causa se va a visibilizar la homofobia. La palabra bifobia está casi prohibida, eso no existe, me dicen.

Invierno de 1998. Es la primera vez que tengo una relación con una tía. Pero me cuesta aceptar que soy bisexual. Tengo miedo a lo que esto puede volver a suponer. También me dan miedo los hombres y algunxs me dicen que solo lo hago porque soy incapaz de tener una relación con un hombre; me dicen que no soy lesbiana. No me siento cómoda con mi cuerpo, ni con mi sexualidad. De hecho me entra ansiedad con cualquier contacto físico cercano.

‘Las mujeres bisexuales solo servis para follar’. Pues si no puedo servir ni para eso, ya me dirás de qué sirvo ya ahora.

Verano de 2011. He podido comprender todo un proceso de aceptación de mí misma. Y he podido ir separando mentalmente identidades que me han otorgado e impuesto; estereotipos y lo que estos han provocado en mí. He podido ver mi cuerpo tal y como es. Marcado.

Verano de 1997. Estoy sangrando y no quiero que nadie me vea así. ¿Esto es lo que tendré que ver el resto de mi vida? Quiero olvidarlo, pero mirarme en el espejo no me lo permite.

Primavera de 2000. Creo que soy anorgásmica. O sea, no lo era antes, pero ahora parece que sí. Tengo miedo de no poder salir nunca de toda esta confusión. Soy una ‘puta’ anorgásmica que siente ansiedad y llora cuando la tocan. No sé como compartir lo que siento, porque tengo miedo a otra etiqueta más.

Primavera de 2014. Acabo de darme cuenta performando la masculinidad que tengo un rechazo muy fuerte hacia la feminidad. Es inconsciente. Es rabia. Siento rabia hacia lo que se suponía que tenía que ser, hacia las etiquetas que se me pusieron. Tengo miedo y me cierro.

Verano de 2000. Me hacen un comentario hacia mi supuesta ‘no feminidad’. Es doble la sensación que tengo; por una parte me molesta, no entiendo qué es lo que se supone que tengo que ser. Por otra parte, me agrada haber podido apartarme de esa persona que había atraído tantos problemas a mi vida. Ya no parecía una ‘mujer bisexual’, una ‘puta’. Ya me dejarían en paz.

Verano de 1993. Tengo 13 años. Me dicen por primera vez que tengo que hacer dieta para adelgazar. ¿Es esta la entrada a la edad ‘adulta’ de una persona con cuerpo de mujer?

Primavera de 1994. He adelgazado bastante desde que empecé esas dietas. Ahora parezco más popular, y la gente, sobretodo los tíos de clase, me hacen más caso. He sido siempre una de esas personas que pasan desapercibidas, sintiéndome bastante rechazada en clase. El cambio de comportamiento de la gente conmigo hace que empiece a darle más valor al tema de las dietas. De hecho empieza mi obsesión.

Primavera de 1999. Es la primera vez que alguien me dice que me quiere. Y me lo creo. Necesito creerlo.

Verano de 2012. Acabo de darme cuenta de que todas mis relaciones se han basado en la falsedad, el control y la manipulación. Tengo miedo a sentirme manipulada.

Verano de 1999. Estoy probando algunas cosas que por primera vez me hacen sentir bien. Es algo físico, y algo externo, pero hasta ahora es lo único que me está aportando algo.

Primavera de 1998. Estoy medicándome y en tratamiento psiquiátrico por bulimia. Aún así mi ansiedad no cesa. Es más, cuando consigo estar despierta (ya que la mayor parte del día estoy muy atontada y dormida por la medicación) tengo más ansiedad que antes. Tengo una necesidad compulsiva de beber en este estado de ‘no yo’ que siento.

Verano de 2000. Acaba de morir mi abuela y solo siento el dolor de comprender que no he podido corresponderle con todo lo que me dio cuando era pequeña. Tengo que hacer algo, no puedo seguir así. He decidido que todas estas cosas que me ofrecen solo sirven para seguir dando vueltas a lo mismo siempre. No quiero psiquiatras. No quiero médicxs, no quiero medicaciones. No quiero que me normalicen. Esa no es la solución.

Primavera de 2013. Entiendo cada vez más de donde sale esa sensación de vacío. Sigo deshaciendo un poco más el género con el que he sido construída desde pequeña.

Otoño de 1996. Me acaban de golpear. Muy fuerte. Una persona de género masculino muy cercana. De hecho es lo más cercano a una pareja que tengo en este momento. Siento que no conseguiré que nadie me quiera. Me dicen que tengo que esforzarme más. Y tengo miedo a estar sola.

Otoño de 2010. No sé lo que está pasando después de todos estos meses desde que empezó el año. No consigo sentirme reconocida en un entorno que para mí es diario. Me siento en un entorno hostil. Y solo hago que esforzarme para que se me reconozca. Esto me desgasta totalmente. Empiezo a sentirme incómoda con el adjetivo ‘friky’ que oigo a diario, porque lo relaciono con la falta de reconocimiento y con el rechazo que tanto me está doliendo y desgastando.

Verano de 2010. Una persona me dice que la bisexualidad no existe. Lo que llevo oyendo toda la vida. Que en realidad es una cuestión de elegir. Otra vez más me siento como si todo lo que forma parte de mí sea motivo de rareza, de risas o tomado como a irrealidad. Qué manía tiene la gente en decir lo que soy o no soy o si es verdad o no lo que digo o siento que soy.

Verano de 1999. Mi pareja (hombre) me dice que siendo como soy nadie más me podría querer. Además, se ve que según él tengo problemas de comunicación con el resto de personas. No hago nunca nada bien, y mi torpeza es motivo de cachondeo, burla o bronca. Empiezo a hacer las cosas con miedo y a repetirme constantemente que soy un desastre. Empiezo a tener miedo a hacer cualquier cosa que requiera de cierta habilidad por miedo al rechazo de la gente y por creer que no soy capaz.

Invierno de 2008. Me acaba de decir un amigo mío que si voy a visitarle a su pueblo no hable mucho porque la gente del pueblo no va a comprender. O sea, que intente no hablar, por ejemplo, de mi orientación sexual. Soy tan tonta que no cojo el tren para volverme a barna. No tendría que aceptar que se me tratara así.

Primavera de 2012. Me siento invisible. Permito que me invisibilizen. No me siento nada cómoda, y no entiendo porqué la invisibilización me duele tanto. Estoy delante de más personas y no puedo decir nada de lo que siento o pienso, mientras por otro lado se puede decir y hacer lo que se desea. Como pisarme a través de la negación que siento como persona.

Primavera de 2010. Acabo de terminar con una relación de 11 años. He conseguido superar muchísimas cosas relacionadas con bulimia, ansiedad, problemas sexuales, alcohol, incluso fumar. Miro hacia atrás y alucino con todo el proceso. Me siento bien por todo lo que he hecho y aprendido por mí misma.

Verano de 2008. Después de tantos problemas que he superado estoy empezando a ser consciente de lo que está relación me está haciendo: mentiras, manipulaciones, control y técnicas para hacerme sentir inferior. No he podido ser consciente hasta ahora, ya que todo lo que me pasaba me creó dependencia hacia una persona que ‘supuestamente me estaba ayudando’. Me hace sentir incómoda y no sé si lo que veo es real o no. Me siento muy atrapada y sin entender qué está pasando.

Invierno de 2000. Un día me contaste que a las tías que les gustaba demasiado el sexo o que se mostraban demasiado sexuales era normal que fueran más sensibles a sufrir cualquier agresión. Lo estaban llamando. Sentí un desgarro dentro de mí. También me contaste que yo no era bisexual, que solo me había confundido durante un tiempo. Otro desgarro.

Primavera de 1999. Siento un dolor muy fuerte en el vientre, como una contracción. Me paso 2 horas de dolor insufrible y con el intestino queriendo morir. Le digo a mi madre que sé que esa no va a ser la última vez que me pase esto. Miro hacia atrás y siento que me lo he buscado: bulimia, alcohol, y la maldita medicación psiquiátrica que solo me servía de tapón y algún día por algún otro lado tenía que estallar todo.

Primavera de 1999. Hoy me siento una mierda muy grande. Siento que no podré seguir mucho tiempo sintiendo esto, es insufrible. Pero al final me despierto, tumbada en una camilla del clínico, en la planta de psiquiatría. Mi madre, mi padre y mi hermana me están mirando. Mi madre me explica que a quien han llamado primero es a mi abuela, que ha sido la primera que vino. Se me remueve todo al oir eso; me odio a mí misma por haberle dado eso a mi abuela. Tampoco es que sienta mejor de hacérselo a mis padres, al contrario.

Primavera de 2011. Pienso en ella, en lo mucho que me gustaría que aún estuviera aquí para poder compartir con ella todo el proceso y explicarle todo lo que he superado y todo lo que he conseguido. Siento que parte de todo este gran proceso ha sido por lo que ella me enseñó. Siempre formará parte de mí.

Verano de 2011. Siento que cada vez que alguien me llama ‘xarnega’ está atacando directamente mis raíces, mi familia, su procedencia y su clase social. Empiezo a detestar este tipo de nacionalismo racista de algunas personas con las que tengo que convivir.

Verano de 2013. La misma persona que me recuerda y hace sus ‘bromas’ sobre mi supuesto ‘xarneguismo’ es la que no para de repetirme que soy una puta desviada. Es su forma cariñosa en broma de llamarme ‘mujer bisexual’. Después de mucho tiempo me he cansado y le he pedido por favor que ya no me hace gracia, que me incomoda y que pare. No le da la gana de parar. Soy una puta desviada.

Verano de 2014. Me llaman ‘zorra insaciable’ y de repente todo se remueve otra vez dentro de mí. Por suerte, es solo un recuerdo, algo que puedo desechar en paz.

Invasión violenta “patriarcal-católica-española” en el continente hoy llamado América

por Iván Machiweye Vargas

En este artículo, utilizaré terminologías que nacen desde la visión patriarcal-católica-española de hace más de 500 años y algunas incorporaciones de la visión actual patriarcal-occidental (Europa, EEUU y los hoy llamados paises civilizados) y clínica. Términos como vergüenza, culpa, pecado, puta, sodomita, maricón, homosexual, heterosexual, lesbiana, gay, hombre-masculino, mujer-femenina, dualidad de género, etc, son términos que de alguna u otra manera buscan definir y que nos definamos a partir de ellos. Los utilizo para visibilizar y plasmar el modo de ver y vivir el mundo que hemos heredado, que en gran parte corresponden a pensamientos y haceres impuestos violentamente a lo largo de nuestra historia.

Escribo desde un idioma que no me pertenece, un idioma lleno de clasificaciones heredados de esa visión patriarcal-católica-española, que hace más de 500 años agredió y rotuló a más de 80 millones por “putos, putas, brujos, brujas, sodomitas, afeminados, indecentes, desviados, cultores del diablo”. Escribo desde un cuerpo y una expresión construída desde esa moral invasora católica-española y que hoy continúa transformándome desde una ciencia clínica dogmática. Finalmente escribo desde una consciencia hecha a base de saberes, religiosos, científicos y filosóficos. Saberes que aveces ni siquiera puedo reconocer porque son tan imperceptibles, pero que en ocasiones me acusan. Una consciencia que me duele, inquieta y agrede cada día.  

Mucha bibliografia ha descrito cómo muchos pueblos precolombinos del hoy llamado continente americano, aceptaban sin prejuicios la variedad sexual y cómo la hacían parte de su forma de ver y vivir el mundo. Enfocaré el análisis de este artículo a cómo la visión invasora patriarcal católica-española, transformó los modos y haceres de estos pueblos con respecto a la variedad sexual y cómo podemos de-construir el pensamiento y la manera de ver el mundo, lxs hoy llamadxs “latinoamericanxs”.

Para ello es importante comprender que mueve a los mal llamados “conquistadores y/o colonizadores” a transformar y exterminar el modo de ver y vivir el mundo de entonces. Debemos a la vez enterarnos de la visión que tenían los pueblos precolombinos antes de la llegada de los invasores.

Conocer la visión precolombina no es tarea fácil, más aún si consideramos que gran parte de la información que nos llega, viene desde los relatos redactados por encargo de la católica España, cuyo modo de ver y vivir el mundo estaba cimentada en una moral patriarcal-católica-española (hombre-español masculino católico penetrador). Sin embargo, estudios feministas, antropológicos y sociológicos, han sido capaz de construir con gran precisión la cosmovisión de muchos pueblos precolombinos.

1.-Antecedentes de la visión de los ancestros precolombinos

Muchos son los ejemplos de como los pueblos expresaban y vivían la sexualidad en los tiempos anteriores a la llegada de los invasores. Desde la óptica occidental, queda establecida la presencia en muchas culturas de una llamada “dualidad de género”, en donde cada persona tenía la capacidad de fluctuar entre lo masculino y lo femenino, ello dicho desde las bocas patriarcales-católicas sería mas o menos así: “un hombre masculino, podía transformarse en un hombre femenino (berdaches, machiweyes, muxes) imitando expresiones y ropas asociadas a la mujer femenina, del mismo modo una mujer femenina podía transformarse en una mujer masculina (amazonas, marmi, machi asesinas de espiritus maléficos).

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Fotos que documentan a parejas Berdache, hecha por el Fotógrafo John H. Fouch, 1877.

Las conductas sexuales de los pueblos desde la visión patriarcal-católica quedaba establecida principalmente como sodomítica (sexo anal entre hombres), lésbica (sexo entre mujeres) y reproductivas (sexo entre hombre y mujer), siendo las mas castigadas las conductas sodomíticas, ya que para la “ley natural de Dios” el semen del hombre debía ser derramado en el receptáculo natural de la vagina, mientras que en el sexo entre mujeres los invasores creían que no había producción de algún tipo de semen .

Sin embargo desde la cosmovisión de los pueblos sus formas de expresión eran todas válidas y ninguna despreciada, porque cada una cumplia un rol en la sociedad. “Las transformaciones de hombre en hombres femeninos”, implicaba una relación de cercanía con lo divino, ya que ésta estaba asociada a la femineidad, del mismo modo “la transformación de mujeres a mujeres masculinas”, les acercaba a la fuerza y las convertía en guerreras.

Para muchos pueblos las conductas sexuales perdían importancia, ya que se valoraban más las transformaciones o haceres (performatividad), las cuales estaban asociadas a papeles de índole político, bélico y/o espirituales.

2.-Antecedentes de la visión patriarcal-católica-española

La visión moralista-católica de los invasores, venía construída por las ideas impuestas por la Santa Inquisición, que venía actuando desde el siglo XVI en Europa, con la llamada “caza de brujas”. Para la Santa Inquisición los actos sodomíticos eran considerados “pecado nefando”, y la resistencia a las prácticas del catolicismo, como brujería y actos del demonio. En las tierras hoy llamadas América, los invasores castigaron todas estas prácticas.  La sodomía era cruelmente castigada con muerte a garrote vil, ahorcamientos, hogueras, condenados a remar en galeras de por vida y a ser devorados por perros hambrientos.

El objetivo de la religión y el estado era controlar la sexualidad y borrar todo nexo que uniese a los indígenas con sus prácticas y costumbres ancestrales. De esta forma, atráves de la conversión al catolicismo y las prácticas sexuales aceptadas, se fueron borrando los modos y haceres de los pueblos, creando en la consciencia de las nuevas generaciones todo tipo de intolerancia a aquellas formas de ver y vivir el mundo que tenían nuestros ancestros. La variedad sexual eran para los invasores perversiones contranatura. Así muchos pueblos precolombinos perdieron el contacto real y espiritual que tenían con su sexualidad y la naturaleza.

3.-Reconociendo el pensamiento y haceres (cultura) de la invasión patriarcal-católica-española

Para deconstruir el pensamiento y los haceres heredados desde la llegada de los invasores hace 500 años es importante visualizar pensamientos y haceres ancestrales v/s pensamientos y haceres invasores.

Pensamientos y haceres respecto de la(s)/lo(s): Visión precolombina Visión invasora patriarcal-católica-española
Primera Menstruación Se celebraba como un gran día por considerarse sagrado Se esconde por considerarse impuro y sucio
Desnudez Parte de la naturaleza hay que mostrarla Tabue y pudor, hay que esconderla
Femenino Cercanía a lo divino y poderoso,  lo femenino se actuaba y se hacía indistintamente del sexo biológico Asociada a la sumisión, acción pasiva-penetrada, lo femenino designado exclusivamente para el sexo biologico mujer
Masculino Cercania a la fuerza y a la guerra, lo masculino se actuaba y se hacía indistintamente del sexo biológico Asociada a la dominación, acción activa-penetradora, lo masculino designado exclusivamente para el sexo biológico hombre
Penetración anal Practica natural, en algunos pueblos de carácter espiritual, sin connotaciones morales Práctica contranatura, sucia y vergonzosa
Aborto Práctica muy utilizada en muchos casos para fines terapeúticos y de control de la natalidad. Práctica prohibida y condenada, “sólo Dios puede quitar una vida y no el hombre
Masturbación Práctica natural y asociadas a rituales de fertilidad Prácticas impuras y vergonzosas
Virginidad femenina No se practicaba, ya que se consideraban importantes las prácticas sexuales como prueba de fertilidad. Práctica asociada a la pureza y decencia, modo de dominación sexual del hombre hacia la mujer
Genitales El pene erecto y la vagina como símbolos de adoración El pene erecto y la vagina como símbolos de tabue y pudor, se esconden.

4.- Deconstruyendo el pensamiento y haceres (cultura) impuesto por los invasores

Cada vez que nos avergonzamos y culpamos de nuestro expresar y hacer, estamos manifestando el pensamiento invasor. Nuestros ancestros reconocían la diversidad como expresiones a respetar y valorar, porque contribuían al quehacer diario. Avergonzarnos de nuestras prácticas y conductas sexuales (sexo anal, masturbación), de nuestro cuerpo (desnudez), genitales,  fluídos (menstruación, semen) y de nuestras relaciones sexo-afectivas (gay, lésbicas), para luego sentir culpa al extremo de repudiarlas y esconderlas, son ejemplos de esa mentalidad invasora patriarcal-católica-española.

Deconstruir la vergüenza y la culpa, implica ver lo absurdo y lo cultural que significa sentirlas. Estos sentimientos nacen desde el momento en que el pensamiento de supremacía del hombre español-católico-masculino-penetrador nos invade y comienza ha instalarse en nuestro modo de ver y vivir el mundo. Es absurdo e irrespetuoso pensar que un “hombre masculino” que penetra y que posee pene tenga más valor que un “hombre femenino” con pene, que es penetrado, más absurdo e irrespetuoso es aún rotular  a éste cómo un “hombre femenino”. Es absurdo e irrespetuoso pensar que una mujer que tenga vagina, tenga menos valor que un hombre por el solo hecho, de no ser “hombre-masculino poseedor de un pene”.

Es absurdo e irrespetuoso nuestro modo de ver y vivir, por el simple hecho, de que no nos pertenece y se nos ha impuesto con violencia. Una violencia que hace 500 años se traducía en muerte y tortura, una violencia que hoy si bien sigue matando, se traduce principalmente en vergüenza, ocultamiento y exclusión.

Cuando reconocemos e incorporamos aquellos modos y formas de ver y vivir el mundo de nuestros ancestros precolombinos, porque consideramos que son respetuosos con el entorno y la diversidad, estamos deconstruyendo los haceres (cultura) de aquella invasión.

Cuando cambiamos el vocablo colonización o conquista por el de invasión patriarcal-católica-española, descolonizamos y reconocemos la imposición violenta del hombre español católico, que nos ha construído. Una cita anónima encontrada en internet, podría ayudarnos a ver con simpleza y con una mirada poética, esta invasión:

“cuando llegaron los españoles los indígenas adoraban al sol y a la naturaleza con sus ojos y sus corazones abiertos, los españoles los obligaron a creer que eso era malo, les dieron un libro llamado biblia y los obligaron a cerrar sus ojos, cuando lo indios abrieron sus ojos recibieron como pago una biblia, los obligaron a aborrecer y sentir vergüenza de sus dioses y de su forma de ver y vivir el mundo. Hoy somos unos descendientes llenos de complejos,  prejuicios e intolerancias”

Cuando cambiamos en nuestro lenguaje hombre de la tierra, por gente de la tierra (mapu=tierra che=gente), incorporamos el pensamiento precolombino de muchos pueblos, que veían en la diversidad expresiones del hacer y vivir en sociedad, sin menospreciar a nadie. A su vez deconstruimos parte de ese legado impuesto basado en la supremacia sexual del hombre.

Principales estudios referenciales de este artículo:

-Riquelme Godoy Jeny (2012) “Desafío de la visibilización de la mujer en el imaginario de la nación chilena del bicentenario”

         http://flacsoandes.org/dspace/bitstream/10469/4205/1/TFLACSO-2012JRG.pdf

-Martin-Mateos G. “La Mujer en las sociedades precolombinas”

         http://antorcha-op.org/images/ANTORCHA%20%20%5BII.-2%5D.pdf

-Preciado Beatriz . (2013) Conferencia “La muerte de la clínica”

         (http://www.youtube.com/watch?v=69TjNBmgCgg)

-Bacigalupo, Ana Mariella. (2012) “El hombre mapuche que se convirtió en mujer chamán: individualidad,transgresión de género y normas culturales en pugna”

       https://www.academia.edu/4145588/2012_El_Hombre_Mapuche_que_Se_Convirtio_en_Mujer_Chaman_Individualidad_Transgresion_de_Genero_y_Normas_Culturales_en_Pugna

-Bacigalupo, Ana Mariella. (2003). “La lucha por la masculinidad de machi”.

         http://mapuche.info/wps_pdf/baciga030300.pdf

-Katarzyna Różańska. (2011)“Los arquetipos de la mujer en la cultura latinoamericana: desde la cosmovisión precolombina hasta la literatura contemporánea”

         http://romdoc.amu.edu.pl/Rozanska.pdf

-Miguel Veronique. (2009) “Sexualidad en la cultura precolombina: La sexualidad vinculada a las deidades y la fertilidad”

         http://suite101.net/article/sexualidad-en-la-cultura-precolombina-a2579

Arnott Alvárez Javier (2010) “América precolombina, los Incas”

         http://bajoelsignodelibra.blogspot.com.es/2010/04/america-precolombina-los-incas.html