mujeres y bisexualidad: ¿aceptación social o violencia de género?

(La semana pasada escribí un artículo para La Directa, que nuestrxs compañerxs de La Banda de Moebius tradujeron al castellano en su página de facebook, y que comparto aquí en este espacio.

El artículo original en catalán lo podéis encontrar aquí.)

La bisexualidad femenina parece ser socialmente aplaudida e inherente en las mujeres. Se suele decir que es más aceptada que la masculina, a pesar de que muchas mujeres bisexuales a menudo se quejan de sufrir agresiones debido a su orientación sexual. Esto parece una contradicción. Cómo es posible que, a pesar de parecer más aceptada, las mujeres bisexuales sientan sufrir esta violencia?

Breanne Fahs expone al ensayo Compulsory Bisexulity?: The Challenges of Moderno Sexual Fluidity ( 2009) que el concepto del heterosexualidad obligatoria se ha extendido al que denomina “bisexualidad obligatoria”. Lo que concluye en su estudio es que las mujeres son coaccionadas a fingir una bisexualidad para el placer sexual del hombre heterosexual: las mujeres tienen que ser (obligatoriamente) heterosexuales pero tienen que fingir (obligatoriamente) una bisexualidad para el goce masculino. Este hecho ya representa una violencia hacia las mujeres de cualquier identidad sexual.

Cómo es leída y representada la bisexualidad femenina

La bisexualidad femenina casi siempre aparece en un contexto en que las mujeres representadas son atractivas al ojo del heteropatriarcado. Si buscamos por Internet noticias sobre mujeres bisexuales famosas nos encontramos algunas como la de Cinemanía titulada Las bisexuales de Hollywood: actrices famosas que juegan a dos bandas (2012). En las fotografías que se exponen se muestra a una mujer atractiva y sexualizada. El texto, en vez de hablar de la bisexualidad como una opción sexual o emocional, plantea la bisexualidad como un “juego”, y llega a poner en entredicho la bisexulidad con frases como “nos hace sospechar que las chicas tampoco le ponen tanto”.

Cómo apunta también Shiri Eisner en su libro Bi: Notes for a Bisexual Revolution, otro ejemplo es el de la pornografía comercial, que es creada para la misma construcción masculina hegemónica. Este tipo de pornografía – diferenciada otros tipos como la feminista, la queer o la postpornografia – está mayoritariamente pensada para reproducir el que se supone que tiene que gustar al hombre heterosexual: el sexo entre mujeres es una representación atractiva para la mirada del hombre. Si entramos en una página de vídeos pornográficos en línea como PornoTube, los vídeos catalogados como “lésbicos” están dentro de la categoría principal “heterosexual”; la categoría principal representa la orientación sexual de la persona espectadora (hombre) y la subcategoría “lésbica” es sólo una práctica sexual, donde más allá de ser para lesbianas, se representa una bisexualidad actuada donde a menudo participan hombres.

La bisexualidad femenina es así estructuralmente objectivizada e hipersexualizada, erradicada como identidad sexual o emocional propia de la mujer y representada como una actuación para el placer sexual del hombre heterosexual. Esta imagen, en el contexto de la cultura de la violación, pone a las mujeres bisexuales en una posición muy vulnerable a sufrir agresiones sexuales: las expone a la suposición de pleno consentimiento a la hora de llevar a cabo fantasías sexuales por parte de hombres. Esta violencia también la sufren lesbianas y heterosexuales bajo el supuesto del heterosexualidad y la bisexualidad obligatorias.

Violencia sexual hacia mujeres bisexuales

En un estudio que hizo el Departamento de Salud de los Estados Unidos en enero de 2013, National Intimate Partner and Sexual Violence Survey, donde pulicava datos del 2010, se mostraba que el 46,1% de las mujeres bisexuales habían sufrido violaciones al menos una vez en su vida, ante un 13,1% de las lesbianas, y un 17,4% de las heterosexuales. El estudio también reflejaba que el 74,9% de las mujeres bisexuales habían sufrido otros tipos de violencia sexual, frente a un 46,4% de las lesbianas, y un 43,3% de las heterosexuales. El 98,3% de las agresiones a mujeres bisexuales eran perpetradas por hombres. El 61,1% de las mujeres bisexuales habían sufrido agresiones por parte de parejas sentimentales, ante el 43,8% de las lesbianas y el 35% de las heterosexuales. Otro estudio que se hizo al 2009 denominado Women’s Sexual Orientation and Health: Results from a Canadian Population-Based Survey mostró que las mujeres bisexuales sufrían una proporción más elevada de violencia doméstica.

Estos datos reflejan la bifobia y el machismo con qué muchas mujeres son coaccionadas por parte de hombres a realizar ciertas prácticas sexuales o para apuntarse sin consentimiento, llevando a cabo así la fantasía de la mujer bisexual. Hay varias vivencias en blogs de activistas, al ensayo de Breanne Fahs o en el libro de Shiri Eisner. Aún así, podemos exponer las que se compartieron en un proyecto que llevábamos a cabo para la visibilitzación de la bifobia, que son vivencias más cercanas en casa nuestra. Judith comentaba: “Yo muchas veces me sentía presionada por mi novio a mantener relaciones sexuales con él y otras tías. A menudo me decía que tenía que estar interesada por el simple hecho de ser bisexual. No me lo decía directamente, era una insinuación constante. Algunas veces sí que lo había hecho y lo quería hacer, pero no me sentía con el derecho de poder escogerlo siempre (…) después cuando creía que a mí me podría gustar una chica se alteraba totalmente por la posibilidad que yo lo pudiera dejar por una tía. Varias veces utilizó la bisexualidad para insultarme y decirme que era una puta”.
Otra chica, S., explicaba: “Un día cuando estaba de fiesta con mis colegas al decir que era bisexual vino un tio, me puso la mano al culo y me dijo que buscáramos alguna chica por el local para hacer un trío. Ni me preguntó si estaba interesada en él!”. Isabel añade: “Le comenté a una amiga en la barra de un bar que era bisexual y un tio que había escuchado la conversación me entró directamente porque hiciera un trío con su novia (…) esto sin conocerlos de nada”.

Lo que muchas mujeres bisexuales explican a menudo es que no pueden expresar libremente su sexualidad sin el miedo al acoso u otras formas de violencia. Visibilizarse como mujer bisexual es, a ojos de un hombre machista y educado en la cultura de la violación, consentimiento para acceder sexualmente, sin preguntar o esperar a ser invitado. El que concluye Shiri Eisner en su libro es que más allá de ser aceptada, la bisexualidad femenina ha sido apropiada para el disfrute masculino hegemónico heterosexual.

La responsabilidad es del machismo, no de las mujeres

A menudo en entornos normativos (y en el propio ensayo de Breanne Fahs) se insinúa cierta responsabilidad de esta violencia a las mujeres bisexuales que tienen un comportamiento promiscuo o a aquellas que llevan a cabo prácticas bi-curiosas. Un apunte que hace Shiri Eisner en su libro es recalcar que la responsabilidad de esta violencia no es de ninguna mujer que decide ejercer su sexualidad como desea, sino que es estructural, es heteropatriarcal y de los hombres que no respetan el consentimiento. Cualquier mujer tiene que tener el derecho de explorar su sexualidad como quiera, y a que su consentimiento y su identidad se respeten siempre.

mi lucha conmigo misma

Esta entrada es un experimento que he hecho sobre mis experiencias con las estructuras de poder. En ningún momento explico de qué estructuras se tratan ni de como actúan. No es un análisis, es una visibilización de mis emociones en ciertos momentos de mi vida. También quiero dejar claro que aunque aquí haya muchas emociones que me han hecho daño, mi intención no es mostrar que he tenido una vida horrible, porque he pasado momentos muy buenos y felices en mi vida. Solamente he querido ir encadenando emociones de estructuras y situaciones en diferentes momentos de mi vida. El tiempo no es lineal, he ido saltando hacia delante y hacia detrás, inspirada un poco en Karen Barad (no estoy usando su método, solo me ha inspirado éste). También quiero dejar claro que aunque en algunos momentos parece que estoy culpando a mí y a mi género de lo que me ha pasado y que parezca que las personas que me hayan agredido, aunque solo sea emocionalmente, no tienen ninguna responsabilidad, no es así; lo que estoy exponiendo es como me sentí yo en ese momento, y es así como funcionan las estructuras de poder, desviando nuestra atención de lo que es responsable o no de la violencia que sufrimos. Tampoco quiero con esto victimizarme, todas las personas hemos sufrido en mayor o en menor medida de violencia, desde fuera o desde nosotrxs mismxs. Supongo que todxs tenemos nuestras historias, y ninguna es menospreciable frente a otras. Dentro de unos días colgaré una segunda parte, que es diferente, no es de visibilización si no más bien de declaración de principios. Un abrazo fuerte, aquí os dejo esto:

Hace unos días me llamaron ‘zorra insaciable’ por twitter por el hecho de visibilizarme como ‘mujer’ bisexual. Zorra insaciable, ‘las mujeres bisexuales solo servis para follar’.

Primavera de 1997. Tengo 17 años y salgo del armario como bisexual. Al cabo de poco me llaman ‘puta’ por primera vez. ‘Puta’; aún resuena en mi cabeza, no la palabra, si no el tono burlesco de la afirmación. Me siento incómoda y desempoderada.

Verano de 1997. Sufro una agresión. No entiendo qué está pasando, pero se burlan de mí. ‘Puta’, vuelvo a escuchar. Risas. Siento que hay algo en todo esto que no funciona. Será que no tendría que haberme mostrado, habré hecho algo mal. Me equivoqué.

Otoño de 1998. Estoy vomitando. Siento un vacío muy grande que no consigo llenar con nada. Me siento rechazada, y solo se me ocurre desesperadamente llenarlo de alguna forma. Siento una presión muy fuerte en el pecho, pero ya no puedo llorar. Tengo miedo a identificarme con cualquier cosa, por miedo a las risas y a las suposiciones que no entiendo de donde vienen. Aún las oigo, y aún las siento.

Invierno de 1996. Estoy en clase. La profesora de filosofía me pregunta sobre algo. Respondo. Respondo a mi manera. Mis compañerxs se ríen de mi respuesta. La compañera que se sienta delante de mí se gira y me pregunta si soy alcohólica. Me pregunto si tan extraña ha sido mi respuesta.

Verano de 2007. Llevo mucho tiempo recuperándome de muchas cosas. Y lo que más me ha ayudado en todo esto ha sido leer filosofía. Parece que está siendo mi propia cabeza la que me está salvando de todo ese infierno. Parece irónico todo. Siento como que durante mucho tiempo estaba dejando que el rechazo que me venía de fuera se reprodujera dentro de mí, para rechazarme a mí misma.

Invierno de 1997. Hay días que me cuesta salir a la calle y relacionarme con cualquiera. Estoy bebiendo demasiado, pero es la única forma que siento poder parar muchos de mis pensamientos. Tengo miedo a que sea mi forma de ser la que esté provocando todo esto en mi vida.

Primavera de 2005. Estoy en una asociación LGTB y lo primero que oigo es que yo no tendría que estar allí; tengo una relación con un hombre, para ellxs soy hetero. Me siento mal, incómoda y algo avergonzada por mis supuestos privilegios. Decido dar lo mejor de mí misma para compensarlo. Así que casi toda mi causa se va a visibilizar la homofobia. La palabra bifobia está casi prohibida, eso no existe, me dicen.

Invierno de 1998. Es la primera vez que tengo una relación con una tía. Pero me cuesta aceptar que soy bisexual. Tengo miedo a lo que esto puede volver a suponer. También me dan miedo los hombres y algunxs me dicen que solo lo hago porque soy incapaz de tener una relación con un hombre; me dicen que no soy lesbiana. No me siento cómoda con mi cuerpo, ni con mi sexualidad. De hecho me entra ansiedad con cualquier contacto físico cercano.

‘Las mujeres bisexuales solo servis para follar’. Pues si no puedo servir ni para eso, ya me dirás de qué sirvo ya ahora.

Verano de 2011. He podido comprender todo un proceso de aceptación de mí misma. Y he podido ir separando mentalmente identidades que me han otorgado e impuesto; estereotipos y lo que estos han provocado en mí. He podido ver mi cuerpo tal y como es. Marcado.

Verano de 1997. Estoy sangrando y no quiero que nadie me vea así. ¿Esto es lo que tendré que ver el resto de mi vida? Quiero olvidarlo, pero mirarme en el espejo no me lo permite.

Primavera de 2000. Creo que soy anorgásmica. O sea, no lo era antes, pero ahora parece que sí. Tengo miedo de no poder salir nunca de toda esta confusión. Soy una ‘puta’ anorgásmica que siente ansiedad y llora cuando la tocan. No sé como compartir lo que siento, porque tengo miedo a otra etiqueta más.

Primavera de 2014. Acabo de darme cuenta performando la masculinidad que tengo un rechazo muy fuerte hacia la feminidad. Es inconsciente. Es rabia. Siento rabia hacia lo que se suponía que tenía que ser, hacia las etiquetas que se me pusieron. Tengo miedo y me cierro.

Verano de 2000. Me hacen un comentario hacia mi supuesta ‘no feminidad’. Es doble la sensación que tengo; por una parte me molesta, no entiendo qué es lo que se supone que tengo que ser. Por otra parte, me agrada haber podido apartarme de esa persona que había atraído tantos problemas a mi vida. Ya no parecía una ‘mujer bisexual’, una ‘puta’. Ya me dejarían en paz.

Verano de 1993. Tengo 13 años. Me dicen por primera vez que tengo que hacer dieta para adelgazar. ¿Es esta la entrada a la edad ‘adulta’ de una persona con cuerpo de mujer?

Primavera de 1994. He adelgazado bastante desde que empecé esas dietas. Ahora parezco más popular, y la gente, sobretodo los tíos de clase, me hacen más caso. He sido siempre una de esas personas que pasan desapercibidas, sintiéndome bastante rechazada en clase. El cambio de comportamiento de la gente conmigo hace que empiece a darle más valor al tema de las dietas. De hecho empieza mi obsesión.

Primavera de 1999. Es la primera vez que alguien me dice que me quiere. Y me lo creo. Necesito creerlo.

Verano de 2012. Acabo de darme cuenta de que todas mis relaciones se han basado en la falsedad, el control y la manipulación. Tengo miedo a sentirme manipulada.

Verano de 1999. Estoy probando algunas cosas que por primera vez me hacen sentir bien. Es algo físico, y algo externo, pero hasta ahora es lo único que me está aportando algo.

Primavera de 1998. Estoy medicándome y en tratamiento psiquiátrico por bulimia. Aún así mi ansiedad no cesa. Es más, cuando consigo estar despierta (ya que la mayor parte del día estoy muy atontada y dormida por la medicación) tengo más ansiedad que antes. Tengo una necesidad compulsiva de beber en este estado de ‘no yo’ que siento.

Verano de 2000. Acaba de morir mi abuela y solo siento el dolor de comprender que no he podido corresponderle con todo lo que me dio cuando era pequeña. Tengo que hacer algo, no puedo seguir así. He decidido que todas estas cosas que me ofrecen solo sirven para seguir dando vueltas a lo mismo siempre. No quiero psiquiatras. No quiero médicxs, no quiero medicaciones. No quiero que me normalicen. Esa no es la solución.

Primavera de 2013. Entiendo cada vez más de donde sale esa sensación de vacío. Sigo deshaciendo un poco más el género con el que he sido construída desde pequeña.

Otoño de 1996. Me acaban de golpear. Muy fuerte. Una persona de género masculino muy cercana. De hecho es lo más cercano a una pareja que tengo en este momento. Siento que no conseguiré que nadie me quiera. Me dicen que tengo que esforzarme más. Y tengo miedo a estar sola.

Otoño de 2010. No sé lo que está pasando después de todos estos meses desde que empezó el año. No consigo sentirme reconocida en un entorno que para mí es diario. Me siento en un entorno hostil. Y solo hago que esforzarme para que se me reconozca. Esto me desgasta totalmente. Empiezo a sentirme incómoda con el adjetivo ‘friky’ que oigo a diario, porque lo relaciono con la falta de reconocimiento y con el rechazo que tanto me está doliendo y desgastando.

Verano de 2010. Una persona me dice que la bisexualidad no existe. Lo que llevo oyendo toda la vida. Que en realidad es una cuestión de elegir. Otra vez más me siento como si todo lo que forma parte de mí sea motivo de rareza, de risas o tomado como a irrealidad. Qué manía tiene la gente en decir lo que soy o no soy o si es verdad o no lo que digo o siento que soy.

Verano de 1999. Mi pareja (hombre) me dice que siendo como soy nadie más me podría querer. Además, se ve que según él tengo problemas de comunicación con el resto de personas. No hago nunca nada bien, y mi torpeza es motivo de cachondeo, burla o bronca. Empiezo a hacer las cosas con miedo y a repetirme constantemente que soy un desastre. Empiezo a tener miedo a hacer cualquier cosa que requiera de cierta habilidad por miedo al rechazo de la gente y por creer que no soy capaz.

Invierno de 2008. Me acaba de decir un amigo mío que si voy a visitarle a su pueblo no hable mucho porque la gente del pueblo no va a comprender. O sea, que intente no hablar, por ejemplo, de mi orientación sexual. Soy tan tonta que no cojo el tren para volverme a barna. No tendría que aceptar que se me tratara así.

Primavera de 2012. Me siento invisible. Permito que me invisibilizen. No me siento nada cómoda, y no entiendo porqué la invisibilización me duele tanto. Estoy delante de más personas y no puedo decir nada de lo que siento o pienso, mientras por otro lado se puede decir y hacer lo que se desea. Como pisarme a través de la negación que siento como persona.

Primavera de 2010. Acabo de terminar con una relación de 11 años. He conseguido superar muchísimas cosas relacionadas con bulimia, ansiedad, problemas sexuales, alcohol, incluso fumar. Miro hacia atrás y alucino con todo el proceso. Me siento bien por todo lo que he hecho y aprendido por mí misma.

Verano de 2008. Después de tantos problemas que he superado estoy empezando a ser consciente de lo que está relación me está haciendo: mentiras, manipulaciones, control y técnicas para hacerme sentir inferior. No he podido ser consciente hasta ahora, ya que todo lo que me pasaba me creó dependencia hacia una persona que ‘supuestamente me estaba ayudando’. Me hace sentir incómoda y no sé si lo que veo es real o no. Me siento muy atrapada y sin entender qué está pasando.

Invierno de 2000. Un día me contaste que a las tías que les gustaba demasiado el sexo o que se mostraban demasiado sexuales era normal que fueran más sensibles a sufrir cualquier agresión. Lo estaban llamando. Sentí un desgarro dentro de mí. También me contaste que yo no era bisexual, que solo me había confundido durante un tiempo. Otro desgarro.

Primavera de 1999. Siento un dolor muy fuerte en el vientre, como una contracción. Me paso 2 horas de dolor insufrible y con el intestino queriendo morir. Le digo a mi madre que sé que esa no va a ser la última vez que me pase esto. Miro hacia atrás y siento que me lo he buscado: bulimia, alcohol, y la maldita medicación psiquiátrica que solo me servía de tapón y algún día por algún otro lado tenía que estallar todo.

Primavera de 1999. Hoy me siento una mierda muy grande. Siento que no podré seguir mucho tiempo sintiendo esto, es insufrible. Pero al final me despierto, tumbada en una camilla del clínico, en la planta de psiquiatría. Mi madre, mi padre y mi hermana me están mirando. Mi madre me explica que a quien han llamado primero es a mi abuela, que ha sido la primera que vino. Se me remueve todo al oir eso; me odio a mí misma por haberle dado eso a mi abuela. Tampoco es que sienta mejor de hacérselo a mis padres, al contrario.

Primavera de 2011. Pienso en ella, en lo mucho que me gustaría que aún estuviera aquí para poder compartir con ella todo el proceso y explicarle todo lo que he superado y todo lo que he conseguido. Siento que parte de todo este gran proceso ha sido por lo que ella me enseñó. Siempre formará parte de mí.

Verano de 2011. Siento que cada vez que alguien me llama ‘xarnega’ está atacando directamente mis raíces, mi familia, su procedencia y su clase social. Empiezo a detestar este tipo de nacionalismo racista de algunas personas con las que tengo que convivir.

Verano de 2013. La misma persona que me recuerda y hace sus ‘bromas’ sobre mi supuesto ‘xarneguismo’ es la que no para de repetirme que soy una puta desviada. Es su forma cariñosa en broma de llamarme ‘mujer bisexual’. Después de mucho tiempo me he cansado y le he pedido por favor que ya no me hace gracia, que me incomoda y que pare. No le da la gana de parar. Soy una puta desviada.

Verano de 2014. Me llaman ‘zorra insaciable’ y de repente todo se remueve otra vez dentro de mí. Por suerte, es solo un recuerdo, algo que puedo desechar en paz.