¿qué tenemos en común Trans, Feministas Queer y Autistas?

por Maria/Pau Masats (de Amors Plurals)

En la charla-debate Lucha trans, feminismos y políticas de disidencia sexual que tuvo lugar el 5 de octubre de 2011 en el CSO Casablanca de Madrid, muchas asistentes coincidimos en señalar que un punto común entre la lucha a favor de la despatologización de la transexualidad y los feminismos de tendencia queer o transfeminismos es la crítica al sistema binario de géneros. También quedó patente que ni todas las personas trans, ni todas las personas con valores o ideas feministas comparten esta opinión, pues hay quien defiende a muerte el binarismo: desde el o la transexual que “necesita” cambiar “al otro” sexo (como si solo hubiera dos y hubiera nacido con el cuerpo equivocado), hasta la mujer (nacida mujer) separatista que considera a las personas trans como enemigas a las que combatir. Algunas feministas tránsfobas no aceptarán jamás que las personas transexuales que se autodefinen como mujeres puedan entrar en determinados espacios exclusivos “para mujeres”, porque en sus ojos siguen siendo hombres; perciben su transexualidad como una caricaturización de la feminidad o, peor aún, como una estratagema para invadir esos espacios exclusivos. Y por supuesto, tampoco abrirán las puertas a los hombres trans, o según ellas, traidoras que reniegan de su propia clase para alinearse con el enemigo.

Afortunadamente en la España urbana (no quiero generalizar, pues desconozco la sociedad rural) predominan las corrientes que cuestionan los sistemas binarios mujer-hombre, femenino-masculino, rosa-azul. También, en comparación con otros países a los que tanto admiramos y tomamos como referentes culturales, aquí hay mucha más aceptación de la diversidad y mayor trasvase de ideas entre distintos grupos, tribus, colectivos, sujetos políticos… o yo diría entre personas, simplemente personas. Estamos más abiertas a conocer las diferencias, a comprenderlas, a apropiárnoslas; nos replanteamos las viejas teorías e integramos las nuevas propuestas en nuestros discursos. Somos menos dogmáticas, y por lo tanto, más flexibles… pero ni siquiera sabemos apreciarlo. Un claro ejemplo de ello es que ante la pregunta que se planteó en el debate ¿Qué aportan los feminismos a la lucha trans y viceversa?, mientras aquí se listó una serie de aportaciones en uno y otro sentido, sin que se escuchara ninguna objeción, en algunos foros de habla inglesa la respuesta mayoritaria que he leído es: NADA.

Y a pesar de esta mayor abertura de miras, en la charla eché en falta la representación de otro grupo afectado por la normatividad de género binaria: las personas con autismo. Con ello no quiero excluir otras realidades igualmente afectadas, solo trato de plantear las cuestiones que surgen desde mi propia experiencia. No me otorgo el derecho de abogar por realidades ajenas, ¡ojalá salgan más voces y testimonios de víctimas del binarismo! Yo, como persona que me autodefino como neuro-atípica y simpatizo con aspis, quiero denunciar las teorías neurocientíficas en las que se basan muchos tests que se utilizan para calcular el coeficiente de autismo, y que se podrían resumir así: existen cerebros femeninos y cerebros masculinos.

¿Quién no ha escuchado alguna vez aquello de los hombres vienen de Marte y las mujeres vienen de Venus? Esta cita dio título a una obra que refleja muchos tópicos sobre los géneros, como que los hombres son más racionales y las mujeres más empáticas. Y al parecer se sustentan en una base científica “incuestionable”: los niveles de testosterona en el útero materno influyen en el desarrollo cerebral del embrión, de manera que ya en esa fase tan temprana se van determinando muchas de nuestras características. Todo lo que ocurra a partir del nacimiento parece importar poco o nada a estas personas defensoras a ultranza del determinismo biológico. Para ellas, si una niña a la que no le gusta jugar a muñecas arranca la cabeza a la barbie que le regaló su tía abuela, la explicación se encuentra en los niveles de testosterona a las que estuvo expuesta durante la gestación; no tiene nada que ver con la presión social y cultural en la que haya crecido, nada que ver con una rebeldía a la insistencia para que juegue a “cosas de niñas”.

La idea de un cerebro masculino y un cerebro femenino resulta muy atractiva, y da unos pingües beneficios: se han vendido más de 50 millones de ejemplares de la guía de convivencia extraplanetaria entre marcianos y venusianas. Por si eso fuera poco, una gran eminencia en el campo de la neurociencia, el doctor Simon Baron-Cohen (el primo del actor) añade otra hipótesis: las diversas afecciones descritas dentro del espectro autista se darían en personas con un cerebro extremadamente masculino, es decir, con un nivel de sistematización muy alto y un nivel de empatía muy bajo. Lo curioso es que no describe en qué consistiría un cerebro extremadamente femenino.

En esta línea de investigación, realiza un experimento que “demuestra” que los hombres transexuales tienen un cociente de autismo superior al de hombres y mujeres “típicos” y también al de mujeres transexuales, pero algo inferior al de adultos con síndrome de Asperger. Sus conclusiones, publicadas en el Science Daily, no tienen desperdicio, por la transfobia que destilan.

Las chicas con un número de rasgos autistas superior a la media tienden a tener intereses típicos masculinos y muestran una preferencia por los sistemas por encima de las emociones. Prefieren no socializar con chicas típicas porque tienen intereses distintos, y porque las chicas típicas de media tienen unas habilidades sociales más avanzadas. Ambos factores conducen a las chicas con un número elevado de rasgos autistas a socializar con chicos, a creer que tienen una mente masculina en un cuerpo femenino, y a atribuir su infelicidad al hecho de ser mujer.

Las palabras de su colaboradora en el experimento, otra perla:

Si estas chicas creen que tienen una mente masculina en un cuerpo femenino, su número de rasgos autistas superior a la media puede significar también que tienen unas creencias muy arraigadas y que las llevan hasta la última consecuencia: en su adultez eligen una operación de reasignación de sexo.

En el 2004, el doctor Baron-Cohen y el equipo de investigación de la Universidad de Cambridge publicaron varios tests para calcular el cociente de espectro autista (AQ), el cociente de empatía (EQ) y el cociente de sistematización (SQ), entre otros. Sus investigaciones posteriores se sustentan en estos cocientes.

Y precisamente una de las objeciones que se me ocurre para cuestionar los experimentos de Baron-Cohen y compañía es que los valores de los cocientes se obtienen a partir de valoraciones subjetivas, de la percepción que tiene de sí misma la persona que realiza los tests, en lugar de obtenerse de pruebas diseñadas con mayor rigor empírico. Mi caso particular: la primera vez que me enfrenté con el test del cociente de espectro autista, fui prudente en las respuestas: al no tener una idea preconcebida de cómo actuaría en muchas de las situaciones que se detallaban, elegía las opciones con atenuantes: “probablemente sí”, “probablemente no”… Dos semanas más tarde repetí el test, y como en este tiempo había hecho una introspección profunda para conocer mejor mi reacción en estos escenarios hipotéticos, pude responder de forma más categórica: “seguro que sí”, “seguro que no”. La segunda vez obtuve un cociente más alto. Y además, una recompensa: ya me sentía mucho más legitimada para formar parte del grupo de adultos (autodiagnosticados) con síndrome de Asperger.

¿Qué había sucedido? ¿De pronto había aumentado el nivel de testosterona prenatal? ¿Con mis reflexiones había adquirido un mayor conocimiento de mí misma y, por consiguiente, debía dar por válido el segundo resultado? ¿O la segunda vez había habido una mayor sugestión del subconsciente para responder según patrones propios de aspis que había aprendido y había asimilado como propios? De todas las opciones, la primera se perfila como muy improbable, pues no se me ocurre cómo podría haber aumentado el efecto de las hormonas durante la gestación, no tengo constancia de ninguna distorsión espacio-temporal ni salto cuántico a otro verso paralelo que pudiera haber alterado las condiciones del embarazo de mi madre. Y las otras dos se deben a causas circunstanciales externas, ajenas a la biología.

Otra objeción: en otra serie de tests me salió un cociente muy bajo en empatía, y un cociente también muy bajo en sistematización. Según una tabla que relaciona ambos parámetros, mi cerebro no es ni masculino ni femenino, sino equilibrado… Curiosamente, alguien con ambos cocientes muy elevados también tendría un cerebro equilibrado, aunque lo más probable es que nuestros procesos mentales no tuvieran nada en común.

Y tercera objeción: el propio Baron-Cohen reconoce haberse cuestionado los principios más básicos en los que sustenta todas sus teorías, pero no ha rectificado ni un ápice.  La máxima “rectificar es de sabios”, será que no todos los sabios lo aplican (o no todos los que se consideran sabios, lo son).

Quizá no exista el experimento social perfecto, las emociones y reacciones humanas no son ciencias exactas. Pero precisamente por ello habría que tener más cuidado antes de postular teorías que condenen a una parte de la población a quedar relegada en un plano inferior.

University of Cambridge. “Female-to-male transsexual people have more autistic traits, study suggests.” ScienceDaily. ScienceDaily, 5 May 2011.

las estructuras de poder no oprimen a lxs privilegiadxs

Existe un mantra que se repite constantemente por parte de bastantes hombres cis* (sobre todo heterosexuales) que forma parte del postureo/paripé ‘voy de feminista’. Este mantra es el siguiente: “el patriarcado también oprime a los hombres”. Es un paripé porque forma parte de esta performance masculina hegemónica de querer ser parte principal siempre, y estar en primera fila de todo, incluso del victimismo. Es un paripé porque además repitiendo este mantra muchos tienen como intención principal no solamente no aportar nada al feminismo, sino además no tener que hacer ningún esfuerzo para cambiar ninguna situación ya que se colocan en esa posición de víctima. Pero no voy a quedarme aquí en la explicación porque es cierto que el patriarcado afecta también a hombres (algo que es importante evidentemente tener en cuenta, en todas las estructuras de poder, para poder trabajar con ellas), y tampoco lo que no quiero es decir que un hombre no pueda trabajar desde el feminismo, pero en ese mantra se esconde una técnica de dominación de la que nos tenemos que defender (toda técnica de dominación necesita de ser analizada, deconstuida y contrarestarla de alguna manera).

Las estructuras de poder (entre las que se encuentra el patriarcado) generan privilegios y opresiones dependiendo de una serie de factores. El patriarcado privilegia a los hombres cis* (especialmente a los heterosexuales).  Podríamos decir además que del heteropatriarcado se derivan muchas estructuras más, que provienen de ésta, como serían el heterosexismo, el monosexismo, alosexismo, cisexismo, etc, y que por tanto no privilegia a todos los hombres de la misma manera. Un hombre trans*, homosexual, plurisexual y/o asexual es oprimido por el cisexismo, el heterosexismo, el monosexismo y/o el alosexismo. Pero ahora mismo para poder simplificar hablaremos del privilegio de género (y cis*) sin tener en cuenta identidades sexuales y las opresiones que éstas pueden tener también debido al patriarcado.

Todas las estructuras de poder afectan finalmente a todas las personas, tanto las oprimidas como las privilegiadas. Las afecta porque al fin y al cabo limita la vida de todas las personas. Las personas privilegiadas obtienen privilegios siempre y cuando se rijan por  unas normas, que limitan sus vidas. Esto pasa bastante claramente con el monosexismo, por ejemplo, que limita la vida de las personas monosexuales no dejándolas fluir en sus atracciones sexuales o emocionales, aceptar las fases, la multiplicidad, etc. Pero aunque limite la vida de las personas privilegiadas no podemos decir que las oprime, porque precisamente estos límites que estas personas tienen en sus vidas son las que les otorgan privilegios. Una persona que no se rige por eso normalmente pasa a perder privilegios. Sí, una persona monosexual limita su sexualidad y no se le permite fluir, pero es eso lo que le otorga el privilegio monosexual al definirse en una preferencia que la sociedad ve ‘estática’. Podríamos por tanto decir que todas las personas privilegiadas están limitadas (de eso se trata el privilegio precisamente, se te otorga por diferentes motivos y los conservas si te riges por las normas). El heterosexismo limita a las mujeres heterosexuales, pero no las oprime. Y un largo etcétera.

Sí, los hombres cis* (especialmente si además son heterosexuales) están limitados, jodidos, heridos, etc, por el patriarcado, pero no oprimidos. Utilizar la palabra opresión para hablar de sus vivencias con el patriarcado invisibiliza la opresión que vivimos las personas que formamos parte de la estructura como no privilegiadas, como oprimidas. Invisibiliza, y esto es una técnica de dominación. Una técnica de dominación donde se reproduce precisamente patriarcado y machismo. Ridiculizar de esta forma las viviencias que tenemos las personas oprimidas por una estructura de poder es una técnica de dominación que proviene de la misma estructura de poder. En resumen: no querer aceptar desde el privilegio que el privilegio existe y borrando la existencia de éste y de la opresión que genera.

Algo que pasa a menudo es que muchos se quejan de esa supuesta opresión que sienten por parte del patriarcado pero no hacen nada para cambiarlo ya que se colocan en una posición de víctima, como si eso viniera de fuera de ellos y estuviera fuera de su alcance. Precisamente cambiar eso es perder privilegios. Otra vez, esta técnica de dominación es usada para seguir manteniendo privilegios. “Soy una víctima, por tanto no puedo ni tengo porqué hacer nada para cambiarlo porque la opresión no viene de mí”. Sí, cambiar todas aquellas cosas que joden tanto a los hombres implica perder privilegios; privilegios, no opresiones; privilegios que la mayoría no quieren perder. Llorar, acceder a tus emociones, generar vínculos, es perder privilegios para un hombre. Le pueden llamar nenaza, maricón (algo que aunque parece ‘aceptado’ es terrible para mantener cierto estatus), y muchas cosas más. Acceder a las emociones les puede hacer más vulnerables y romper ese caparazón de seguridad que les permite agredir, controlar, competir. Si uno se pinta las uñas, se pone una falda, perdería el privilegio de ser considerado un hombre. ¿Cuántos estarían dispuestos a perder estos privilegios? Pues de eso se trataría pertenecer a una lucha contra una opresión de la que formas parte como privilegiadx.

Tenemos que usar otras palabras para referirnos a como joden las estructuras de poder a las personas privilegiadas: les limita, les afecta, les molesta, les jode, les hiere… pero no les oprime. Está muy bien ser hombre cis* y definirse como feminista. Pero hay que saber y entender en qué parte se está. Y dejar el maldito mantra y aceptar que el patriarcado te concede privilegios, y que si realmente te molesta, si realmente te molesta que el patriarcado te limite tanto, empezar a hacer algo para cambiarlo de una vez ya.

mujeres y bisexualidad: ¿aceptación social o violencia de género?

(La semana pasada escribí un artículo para La Directa, que nuestrxs compañerxs de La Banda de Moebius tradujeron al castellano en su página de facebook, y que comparto aquí en este espacio.

El artículo original en catalán lo podéis encontrar aquí.)

La bisexualidad femenina parece ser socialmente aplaudida e inherente en las mujeres. Se suele decir que es más aceptada que la masculina, a pesar de que muchas mujeres bisexuales a menudo se quejan de sufrir agresiones debido a su orientación sexual. Esto parece una contradicción. Cómo es posible que, a pesar de parecer más aceptada, las mujeres bisexuales sientan sufrir esta violencia?

Breanne Fahs expone al ensayo Compulsory Bisexulity?: The Challenges of Moderno Sexual Fluidity ( 2009) que el concepto del heterosexualidad obligatoria se ha extendido al que denomina “bisexualidad obligatoria”. Lo que concluye en su estudio es que las mujeres son coaccionadas a fingir una bisexualidad para el placer sexual del hombre heterosexual: las mujeres tienen que ser (obligatoriamente) heterosexuales pero tienen que fingir (obligatoriamente) una bisexualidad para el goce masculino. Este hecho ya representa una violencia hacia las mujeres de cualquier identidad sexual.

Cómo es leída y representada la bisexualidad femenina

La bisexualidad femenina casi siempre aparece en un contexto en que las mujeres representadas son atractivas al ojo del heteropatriarcado. Si buscamos por Internet noticias sobre mujeres bisexuales famosas nos encontramos algunas como la de Cinemanía titulada Las bisexuales de Hollywood: actrices famosas que juegan a dos bandas (2012). En las fotografías que se exponen se muestra a una mujer atractiva y sexualizada. El texto, en vez de hablar de la bisexualidad como una opción sexual o emocional, plantea la bisexualidad como un “juego”, y llega a poner en entredicho la bisexulidad con frases como “nos hace sospechar que las chicas tampoco le ponen tanto”.

Cómo apunta también Shiri Eisner en su libro Bi: Notes for a Bisexual Revolution, otro ejemplo es el de la pornografía comercial, que es creada para la misma construcción masculina hegemónica. Este tipo de pornografía – diferenciada otros tipos como la feminista, la queer o la postpornografia – está mayoritariamente pensada para reproducir el que se supone que tiene que gustar al hombre heterosexual: el sexo entre mujeres es una representación atractiva para la mirada del hombre. Si entramos en una página de vídeos pornográficos en línea como PornoTube, los vídeos catalogados como “lésbicos” están dentro de la categoría principal “heterosexual”; la categoría principal representa la orientación sexual de la persona espectadora (hombre) y la subcategoría “lésbica” es sólo una práctica sexual, donde más allá de ser para lesbianas, se representa una bisexualidad actuada donde a menudo participan hombres.

La bisexualidad femenina es así estructuralmente objectivizada e hipersexualizada, erradicada como identidad sexual o emocional propia de la mujer y representada como una actuación para el placer sexual del hombre heterosexual. Esta imagen, en el contexto de la cultura de la violación, pone a las mujeres bisexuales en una posición muy vulnerable a sufrir agresiones sexuales: las expone a la suposición de pleno consentimiento a la hora de llevar a cabo fantasías sexuales por parte de hombres. Esta violencia también la sufren lesbianas y heterosexuales bajo el supuesto del heterosexualidad y la bisexualidad obligatorias.

Violencia sexual hacia mujeres bisexuales

En un estudio que hizo el Departamento de Salud de los Estados Unidos en enero de 2013, National Intimate Partner and Sexual Violence Survey, donde pulicava datos del 2010, se mostraba que el 46,1% de las mujeres bisexuales habían sufrido violaciones al menos una vez en su vida, ante un 13,1% de las lesbianas, y un 17,4% de las heterosexuales. El estudio también reflejaba que el 74,9% de las mujeres bisexuales habían sufrido otros tipos de violencia sexual, frente a un 46,4% de las lesbianas, y un 43,3% de las heterosexuales. El 98,3% de las agresiones a mujeres bisexuales eran perpetradas por hombres. El 61,1% de las mujeres bisexuales habían sufrido agresiones por parte de parejas sentimentales, ante el 43,8% de las lesbianas y el 35% de las heterosexuales. Otro estudio que se hizo al 2009 denominado Women’s Sexual Orientation and Health: Results from a Canadian Population-Based Survey mostró que las mujeres bisexuales sufrían una proporción más elevada de violencia doméstica.

Estos datos reflejan la bifobia y el machismo con qué muchas mujeres son coaccionadas por parte de hombres a realizar ciertas prácticas sexuales o para apuntarse sin consentimiento, llevando a cabo así la fantasía de la mujer bisexual. Hay varias vivencias en blogs de activistas, al ensayo de Breanne Fahs o en el libro de Shiri Eisner. Aún así, podemos exponer las que se compartieron en un proyecto que llevábamos a cabo para la visibilitzación de la bifobia, que son vivencias más cercanas en casa nuestra. Judith comentaba: “Yo muchas veces me sentía presionada por mi novio a mantener relaciones sexuales con él y otras tías. A menudo me decía que tenía que estar interesada por el simple hecho de ser bisexual. No me lo decía directamente, era una insinuación constante. Algunas veces sí que lo había hecho y lo quería hacer, pero no me sentía con el derecho de poder escogerlo siempre (…) después cuando creía que a mí me podría gustar una chica se alteraba totalmente por la posibilidad que yo lo pudiera dejar por una tía. Varias veces utilizó la bisexualidad para insultarme y decirme que era una puta”.
Otra chica, S., explicaba: “Un día cuando estaba de fiesta con mis colegas al decir que era bisexual vino un tio, me puso la mano al culo y me dijo que buscáramos alguna chica por el local para hacer un trío. Ni me preguntó si estaba interesada en él!”. Isabel añade: “Le comenté a una amiga en la barra de un bar que era bisexual y un tio que había escuchado la conversación me entró directamente porque hiciera un trío con su novia (…) esto sin conocerlos de nada”.

Lo que muchas mujeres bisexuales explican a menudo es que no pueden expresar libremente su sexualidad sin el miedo al acoso u otras formas de violencia. Visibilizarse como mujer bisexual es, a ojos de un hombre machista y educado en la cultura de la violación, consentimiento para acceder sexualmente, sin preguntar o esperar a ser invitado. El que concluye Shiri Eisner en su libro es que más allá de ser aceptada, la bisexualidad femenina ha sido apropiada para el disfrute masculino hegemónico heterosexual.

La responsabilidad es del machismo, no de las mujeres

A menudo en entornos normativos (y en el propio ensayo de Breanne Fahs) se insinúa cierta responsabilidad de esta violencia a las mujeres bisexuales que tienen un comportamiento promiscuo o a aquellas que llevan a cabo prácticas bi-curiosas. Un apunte que hace Shiri Eisner en su libro es recalcar que la responsabilidad de esta violencia no es de ninguna mujer que decide ejercer su sexualidad como desea, sino que es estructural, es heteropatriarcal y de los hombres que no respetan el consentimiento. Cualquier mujer tiene que tener el derecho de explorar su sexualidad como quiera, y a que su consentimiento y su identidad se respeten siempre.

bisexualidad, género y fases

La bisexualidad no intersecciona igual dependiendo del género de las personas. Se tiende a pensar, por ejemplo, que la bisexualidad en mujeres es más aceptada que en hombres. Eso, visto de entrada, parece cierto, y es que la bisexualidad en hombres está totalmente borrada. Pero también lo está en las mujeres, aunque de otra forma.

Las mujeres bisexuales son en realidad vistas desde una perspectiva heteropatriarcal como mujeres heterosexuales que performan la bisexualidad para los hombres heterosexuales. Tanto es así que existe un índice alto de agresiones sexuales a mujeres bisexuales. También las lesbianas padecen cierto tipo de agresiones sexuales debido al mismo paradigma. Ahora bien, en las mujeres bisexuales éstas agresiones se disparan más. La bisexualidad en las mujeres no está más aceptada, está más cosificada e hipersexualizada, pero no aceptada, ya que no somos realmente consideradas como bisexuales. Esta confusión bífoba nos hace incluso no darnos cuenta de muchas de las agresiones que padecemos. Me ha pasado más de una vez de hablar con una mujer bisexual que de entrada me había dicho que nunca había padecido bifobia y que después de compartir yo con ella mis experiencias y las experiencias e información de otras personas se habían dado cuenta de que sí que la habían padecido.

Los hombres bisexuales de entrada no existen. Ni performada, ni nada. La sociedad machista y heteropatriarcal en la que vivimos marca claramente donde están los límites que un hombre tiene que tener: o eres un ‘hombre de verdad’ o bien pasas al otro bando. A la que has tocado una polla eres gay y las mujeres ya no te pueden atraer. La mayoría de los hombres bisexuales padecen constantemente los comentarios de que en realidad son gays, que están en una fase o que no aceptan su homosexualidad. Esto se mezcla con el hecho de que hay muchos hombres que antes de salir del armario como gays pasan por una fase en la que se identifican como bisexuales. Este hecho se usa muchas veces como ‘excusa’ para seguir reproduciendo la idea de que los hombres bisexuales no existen y en realidad son gays.

O sea, en conclusión, para el heteropatriarcado las personas bisexuales en realidad queremos polla; así es. Las mujeres somos heteros, y además somos tan guais que para agradar a estas pollas jugamos también con mujeres. Los hombres son gays. ¿Falocentrismo?

Las personas trans, es un tema más complejo. Si hablamos de personas que se identifican como hombres o mujeres, el concepto social es que en realidad son heterosexuales. Esto viene de la idea de que género y orientación sexual son lo mismo: si eres homosexual es que tienes una psicología del ‘otro sexo’. Por tanto se ve a las personas transexuales como personas que deciden ‘cambiar de género’ para estar también aliniadxs con la heterosexualidad. Desconozco como funciona la intersección de la bisexualidad con personas con identidades no binarias, intentaré indagar; aunque ya de por sí estas identidades son tan invisibilizadas que no sé si su orientación sexual se comprenda sea cual sea (seguimos con la idea de finales de s XIX de que la orientación sexual y el género son prácticamente lo mismo).

Existe este ‘concepto’ de que la bisexualidad es una fase, sobre todo cuando se habla de hombres. Y debemos aceptar que en muchos casos lo es. Muchos hombres que finalmente se definen como homosexuales pasan por una etapa en la que se definen como bisexuales. Esto lo usa la estructura monosexista para alimentarse a sí misma. No quiero para nada culpar a estas personas; estas personas que pasan por estas ‘fases’ no son las responsables de la bifobia que padecemos las personas bisexuales. Yo lo he meditado muchas veces y comprendo perfectamente la dificultad, sobre todo para un hombre, de abrir socialmente o aceptar su homosexualidad. O también de conocerse y entender como somos y funcionamos, muchas veces necesitamos tiempo, o toda una vida. Vivimos en una sociedad, recordemos, heterosexista y patriarcal. No puedo hablar mucho por estas personas, ya que no soy ni hombre ni homosexual, pero lo veo, no solamente tan comprensible, sino también algo que todas las personas tenemos derecho a sentir y a hacer. Repito: éstas personas no son las responsables de que la bisexualidad no esté aceptada, lo es la estructura monosexista y sus ansias por coger a estas personas como ejemplos representativos de lo que somos las personas bisexuales y hacer creer a la gente de que esto es, además, algo malo y negativo.

Y aquí hemos topado con el tema de las ‘fases’. Algunas de las cosas que oprime el monosexismo, no es solamente la bisexualidad, es la fluidez, es el aceptar la orientación sexual también como una fase, sea la bisexualidad, la asexualidad, la pansexualidad, la demisexualidad, la homosexualidad y la heterosexualidad. Esto es lo que nos hace el monosexismo: obligarnos a definirnos y a no movernos de allí. Tienes que decidirte, sino eres indecisx y cobarde. ¿Y qué? ¿Qué tienen de malo las personas indecisas? O… ¿qué tienen de malo las fases? Incluso esas fases en las que todo está clarísimo y definido.

La bisexualidad existe. La bisexualidad es una orientación sexual. La bisexualidad también es una fase. La bisexualidad es algo permanente durante toda la vida. La bisexualidad no es la responsable de la cosificación y la hipersexualización de las mujeres. La bisexualidad de las personas trans y de los hombres es también una orientación sexual. Son la bifobia y el monosexismo los que borran nuestra orientación sexual, los que no aceptan las fases. Es el machismo el que nos cosifica e hipersexualiza, y el que no acepta que los hombres y las personas trans bisexuales existen. Es el monosexismo el que nos borra. Son las personas que deciden poner de ejemplo las fases de unas personas para borrarnos. Son las personas que agreden el propio concepto de fase, y que agreden el propio concepto de lo que tendría que ser una orientación sexual.

grupos ‘no mixtos’, ‘mixtos’ o identitarios: ¿cómo se nombran?

Voy a hablar de un tema que parece complicado de debatir normalmente. En esta entrada no quiero cuestionar para nada la existencia de espacios feministas ‘no mixtos’, de mujeres, de personas de la identidad que sea. Defiendo su existencia, para los fines que esas personas crean necesarios. Lo que me gustaría es reflexionar acerca de los términos que normalmente se usan para designarlos, simplemente porque me gusta el debate, la autocrítica, y en no dejarme llevar por la inercia. También pienso que está bien de vez en cuando cuestionarse las palabras y el lenguaje que usamos para hablar de nuestros espacios, para reflexionar acerca de las estructuras o de su significado.

En primer lugar están los términos grupos ‘mixtos’ y ‘no mixtos’. Estos términos en su forma más original tratan de diferenciar los espacios ‘solo para mujeres’ (no mixtos) y los espacios también para hombres (mixtos). Más adelante, para poder ser más inclusivas en nuestros grupos, se empezó a usar también el término ‘no mixto’ para designar grupos de mujeres, personas trans, y también otras identidades, como ‘lesbiana’. Evidentemente, si lo reflexionamos, si hablamos de identidades de género, o de géneros, éstos espacios son ‘mixtos’, porque dentro de lo que serían personas trans existen mucha diversidad, entre hombres, mujeres, queergénero, etc. Pues bien, para mí, como acabo de decir, estos espacios no son ‘no mixtos’. Evidentemente se entiende perfectamente a qué nos referimos, y no cuestiono eso. Lo que me quiero cuestionar es el concepto que hay detrás de esas palabras ‘mixto’ y ‘no mixto’ en sí mismos, que creo que es cisexista, o que reproducen una estructura cisexista. No estoy diciendo que las personas que usen estos términos lo sean, ya que muchas personas usamos este vocabulario por inercia, o porque ya se usa, o sin reflexionarlo, o lo que sea. Pero desde mi punto de vista no deja de reproducir un lenguaje cisexista, y estaría bien debatir (¿por qué no?) sobre el tema de usar o no éstos términos.

Por otra parte están los términos identitarios, como por ejemplo “grupos de mujeres” o “grupos de mujeres, lesbianas y trans”. Cuando se refieren a grupos de mujeres, pocas veces se especifica a qué hace referencia, si, por ejemplo, solo es para mujeres cis (como una vez me apuntó una amiga que es transexual, que comprendía que pudieran haber grupos solo para mujeres cis, ya que a lo mejor se tratarían temas que a una mujer trans no afectaba, temas como el aborto o reproductivos). Igualmente, voy a decir, que habrá entre estos temas personas trans masculinas o queer que también les afecten estas cosas; o también habrá personas intersex. Más adelante, para ser más inclusivos estos grupos, se empezó a usar términos identitarios como “mujeres, lesbianas y trans”. El término de lesbiana como identidad de género viene por Witting. El término trans es el que veo más complicado; y es esta también una de las últimas discusiones/debate que tuve. Hay personas que no se identifican con ninguna de estas tres identidades pero que no son hombres cis; cuando en uno de los debates mencionó un amigo el término queer, otra persona le respondió que esto ya estaba incluido en ‘trans’; pues bien, depende. Sé de muchas personas que se identifican con el término queergénero pero que sé que en estos espacios no serían bien recibidos por ser leídos como hombres cis. El término queer es mucho más complicado de aceptar en nuestro estado, ya que comprende relativamente. En ese debate cuando mi amigo respondió que queer y trans podían no ser sinónimos la reacción fue que ésta no era la realidad aquí (que era una realidad más anglosajona), y que por tanto no hacía falta mencionarlo. Y aquí, en ese momento fue cuando entré en un debate interno interesante (al menos para mí). En los grupos identitarios se aceptan términos que son comunes, pero no se aceptarían esos que no cuadran con lo que elles dicen que es la realidad. ¿Pero no es esto estructurador? ¿Quién decide cual es la realidad de las identidades que existen? ¿Lo tiene que decidir un grupo de personas por todas las demás? ¿Una vez las han nombrado, tenemos que buscar encajar en éstas? Desde mi punto de vista, en el que me propongo romper con toda jerarquía alrededor de las identidades, solo que exista una persona que se identifique con algo diferente, es motivo de aceptación, o al menos no de negación. Decir que “esta es la realidad aquí”, aunque sea dicho desde un espacio muy “progre” o “alternativo”, es repetir la misma estructura que existe socialmente fuera con “hombre” y “mujer”, pero a otra escala y con algunas más identidades para elegir; es imponer lo que es aceptado y lo que no, y definir y constreñir la realidad.

Finalmente está el término ‘lesbiana’. Debo admitir que el concepto de Wittig me encanta. Ahora bien, existe una realidad, y es la monosexista. No quiero decir que las personas que usen este término lo sean, ni mucho menos, tengo amigas que se identifican con éste término, y me gusta y no creo que ellas sean monosexistas. Pero cuando se repite una y otra vez “mujeres, lesbianas y trans”, aunque cuando se hable de lesbianas en términos de identidad de género y no de orientación sexual, se repite una estructura binarista hetero/homosexual y que invisibiliza a la larga a las mujeres bi/pan/polisexuales. Si eres hetero estás dentro del patriarcado, si eres lesbiana te desmarcas de éste. Y quedamos las ‘mujeres’ no monosexuales como quien no quiere la cosa o teniéndonos que definir también como lesbiana (que podríamos) o no. Durante mucho, y aún pasa, se nos ha considerado traidoras por supuestamente ‘querer’ divagar entre los dos mundos, acusándonos de querer apropiarnos de los privilegios de uno y de la bondad del otro. Y yo sigo sin identificarme con ninguna de las tres etiquetas “mujeres, lesbianas y trans” precisamente por estas dudas que me entran. Además, de ¿qué hablamos? ¿de sexo, de género? ¿dónde quedan en todo esto las personas intersex? ¿y las personas no identitarias?

No es fácil crear espacios y querer que sean no identitarios o al menos inclusivos, pudiendo incluir en su nombre a todas las identidades posibles. Debo admitir que estos grupos en realidad, para resumirlo, son grupos sin hombres cis. Esa es la realidad. Esa es la identidad/género que se excluye. Eso no quiere decir que sea algo negativo, y parece que a muchas feministas les cueste aceptarlo y se sienten atacadas cuando digo esto. No es ninguna crítica, faltaría menos. Es solo una descripción de la realidad. Y algún día lo tendremos que aceptar, ¿no? Y seguir para delante con nuestros grupos sin hombres cis.. ¿llamándolos por lo que son? ¿O no? Sigo con mi debate. A algunas personas ésto puede que no les parezca importante, algunas me dirán que es una forma de ‘desviar’ la atención hacia lo que importa de verdad, que sería la lucha que hay detrás. Para mí sí que es importante, porque la manera de nombrar también forma parte de mi lucha, ya que es también parte de las mismas estructuras, reproducirlas de una manera u otra; las mismas con las que queremos acabar.

la sonrisa y el género

Antes de empezar voy a precisar lo que a menudo hago: los géneros masculino y femenino de los que voy a hablar son precisamente de las performatividades sociales heteronormativas y binarias.

La forma de sonreír es una característica que nos diferencia el género femenino del masculino en el marco de referencia de los géneros binarios heteropatriarcales. Es una cosa en la que te tienes que fijar cuando performas un drag-king o una drag-queen, para imitarlo, y que cuesta horrores (almenos a mí). Pero no solamente es la forma de reír, es también la frecuencia. La semana pasada volví a hacer un taller de drag-king y se habló un poco más de esta cuestión, algo que me hizo reflexionar mucho sobre mi pasado y sobre cómo me había sentido muchas veces. Voy a compartir con vosotres, no solamente las reflexiones sobre esta performación, sino también acerca de éstas experiencias personales que me han afectado.

Una característica en la performación del género femenino en la sonrisa es que se sonríe de forma más expresiva con toda la cara; se ve hasta en los ojos, y en las arrugas alrededor de éstos. A diferencia de esto, la performación del género masculino en la sonrisa es más bien solo de nariz para abajo, sonrisa más sutil y menos expresiva en comparación. He hablado algunas veces sobre este tema con hombres, y algunos de estos me han expresado su incapacidad de sonreír tan abiertamente. No por incapacidad física, supongo que forma parte de toda la educación con la que se les capa para expresar emociones; algo también ligado a la seguridad, sensibilidad y empatía que ya comenté del anterior taller (taller de drag-king: devenir king – IV, V, VI).

Otra cuestión interesante es la frecuencia a la hora de sonreír. Las mujeres tienden a sonreír mucho más a menudo, y aquí voy a diferir un poco a la argumentación anterior. Sí que es verdad que podría ser que los hombres sonrían menos por esta incapacidad debido a la educación de no mostrar ciertas emociones o sensibilidad. Ahora bien, también está el lado contrario, las mujeres solemos tener una cierta ‘presión’ para tener que estar sonriendo más a menudo. Tenemos que “estar bien”, “dar buena imagen”, “ser amables”, “ser agradables”, sea cual sea la situación. Cuando un hombre está “normal”, sin sonreír, pocas veces se le comenta tal hecho, ni se le dice “oye, ¿estás bien? ¿qué te pasa?”. En cambio, a las mujeres, cuando están en el mismo estado, es muy habitual (por no decir siempre) que se les comente o pregunte sobre su supuesta seriedad: “estás muy seria” “te pasa algo” “no estás bien” “estás preocupada”. Esto a la larga genera una presión muy fuerte para tener que estar siempre “bien”, “alegre” y “sonriente”, porque si no es así tendrás que aguantar los comentarios y las preguntas; bueno, yo creo que ni siquiera lo razonas, lo aprendes y tú misma es la que sientes que si no estás así es que algo va mal. Pero, ¿qué problema hay con no estar sonriendo? ¿Acaso tengo que estar constantemente en un estado de alegría? ¿No puedo simplemente estar ‘normal’? ¿O incluso “seria” porque me da la gana, sin que tengan que estar pendientes de mi estado? ¿Tengo que ser el paradigma de lo agradable, amable y bonito sea cual sea mi estado?

Yo tenía un ‘problema’ cuando era pequeña. Y lo pongo entre comillas porque es muy relativo suponer si era o no un problema. Ahora con perspectiva creo que sí que lo era, porque era una consecuencia de no ser capaz de expresar emociones. No sabía reírme. Cuando veía algo que me hacía gracia, yo lo disfrutaba por dentro, pero era incapaz de expresarlo corporalmente, no me reía. Tampoco sonreía mucho. La razón por la cual me pasaba esto no la he comprendido muy bien aún, pero era así. Creo que fue cuando tenía 12 años más o menos, que un día, de golpe, cuando estaba con mi abuela en el teatro viendo una obra cómica, empecé a reírme a carcajadas. Me sorprendí mucho a mí misma, recuerdo la sensación de estar riendo y flipando al mismo tiempo. Ahí empecé y ya no pude parar. Desde entonces me volví más expresiva con mis emociones, al menos hacia fuera, porque hacia dentro siempre había conectado.

Una vez, cuando tenía unos 13 años, estaba en la escuela haciendo cola en el lavabo para lavarme las manos antes de ir a comer. En ese momento vino la monitora del comedor y, literalmente, me dijo “Natàlia, estás castigada. Hoy no comerás con los demás”. Le pregunté por qué, no entendí a qué venía tal tontería, no estaba haciendo nada. No comprendí. No me quiso responder. Estuve comiendo sola, y más de una vez le pregunté a esa monitora por qué estaba yo en tal situación. No me respondía. Cuando terminé de comer, evidentemente seguía castigada, y me quedé sentada en la silla, al lado de la mesa, esperando a que me levantara tal castigo y me diera explicaciones de lo que había pasado. Todxs salieron del comedor, a jugar al patio, incluso lxs que se quedaban a limpiar después. Me quedé allí sentada, sola, hasta que finalmente vino esa monitora. Le volví a preguntar por qué estaba castigada, ya con cierta sensación de impotencia y rabia. Me levantó el castigo, pero no me quise ir hasta que me diera una explicación. Se sentó a mi lado, y tuvo el valor de decirme esto: “Natàlia, estabas muy seria. No puede ser que estuvieras así”. A lo que le dije “¿Y por esta razón me has castigado?”. Me respondió “Sí”. Me enfadé y me fui de allí sin decirle nada y sin dirigirle la palabra durante una semana. Esta era la lógica: 1. Estás seria; 2. Esto no puede ser; 3. Te castigo; 4. No se me ocurre otra cosa que apartarte de tus amigxs durante la comida. Control. Y, pienso yo, que aparte de que el hecho de que alguien esté serio no es ni motivo para controlarle, ni para castigarle, ni siquiera para tener que hacer algo, aparte de eso, no creo que la mejor solución para “eso” sea hacerle comer sola, apartada, mientras ve a todo el resto de amigxs y personas comiendo juntxs, charlando y riendo.

Al pasar los años algo que se ha repetido mucho en mi vida ha sido el “estás muy seria, ¿qué te pasa?” “Estás demasiado seria”; sobretodo esas personas cercanas que todo parece que te quieren controlar. En casi todas mis relaciones emocionales ha sido así. No lo había reflexionado hasta hace poco; y ahora veo todo el constante control que sentía acerca de mi estado en cada momento, por mis gestos, por mi seriedad/no seriedad, por mi alegría/no alegría, y por cualquiera que fuera un gesto que indicara que algo podría ir mal para la persona que me quería bajo ese control. Control sobre mí y sobre la reproducción de mi género, que no debía desviarse de lo que se esperaba de mí. Yo misma me lo ejercía con pensamientos sobre mi estado de seriedad o no, y en épocas sentía que tenía que esforzarme para mostrarme más amable, más sonriente, más agradable. Es curioso, porque cuando lo comento con hombres, la mayoría me dicen que a ellos no les ha pasado tan a menudo, pero a mí me lo han hecho ellos mismos.

Creo que tanto la falta de capacidad para sonreír abiertamente, o expresar emociones de esta forma, como la obligación de tener que sonreír constantemente (y, por tanto, no tener permiso ‘social’ para emociones como el enfado, la rabia, o la seriedad) , son dos puntos característicos de los dos géneros, dentro del contexto heteropatriarcal. Las dos cosas son realmente presiones, uno por no poder expresar, otro por también no poder expresar la ‘normalidad’, o ciertas emociones que supuestamente están solo reservadas para los ‘hombres’, o estar obligada a expresar algo que a lo mejor en un momento dado no tienes ganas de expresar porque no lo sientes. Podríamos intentar relajarnos todes un poco y aprender a reírnos, cuando nos apetezca, y dejemos a los demás reírse o sonreír también cuando les apetezca. Que, por cierto, ahora que sonrío cuando me apetece, me resulta más placentero.

uso del género en la lengua castellana

Antes de empezar quisiera aclarar a qué me refiero cuando hablo de género en este texto. No me estoy refiriendo al género gramatical en sí, como por ejemplo al hecho de que los sustantivos tengan un género (la mesa, por ejemplo, es femenino, y el coche, por ejemplo, es masculino). El género del que hablo a continuación es el género de las personas y al trato que se les da a través del lenguaje utilizando los pronombres él/ella/elle, artículos le/el/la o una/une/uno y la terminación de los sustantivos y adjetivos con los que se les relaciona: alto/alta/alte, simpátique/simpática/simpático, verdulera/verdulere/verdulero. Ejemplos: “el verdulero es alto”, “la vecina es simpática” o bien “unes amigues muy molestes”. El tema del género gramatical en general también sería un tema de reflexión interesante y en el que el patriarcado también juega un papel importante, pero esta no es la intención de este texto.

La norma estándar de la lengua castellana tiene solo dos géneros para referirse a las personas: el masculino (terminado en –o) y el femenino (terminado en –a). Actualmente, existe además otra forma de expresar el género (no aceptado en la norma estándar, pero usado en ambientes transfeministas o queer) terminado en –e. Algunas veces he oído el género neutro terminado en –i, pero han sido mínimas, así que no es muy usado. El género neutro se utiliza con aquellas personas que no quieren ser tratadas con el género femenino ni el masculino (personas transgénero, queergénero, o simplemente que quieren apartarse de estas definiciones); no es un género que supuestamente englobe a todos los géneros. Ejemplos de cómo se usan estos géneros: “ella es alta”, “él es alto”, “elle es alte”; “mi amigo”, “mi amiga”, “mi amigue”; “los vecinos”, “las vecinas”, “les vecines”.

La norma estándar en la lengua castellana utiliza el género masculino para referirse a hombres y el femenino para referirse a mujeres (y digo hombres y mujeres aquí refiriéndome al género, si es que este es leído o respetado como la persona quiere que sea tratada). Cuando se habla de más de una persona, si estas personas son de género masculino o hay personas de género femenino y masculino, se generaliza usando el género masculino por defecto. Sólo se usa el plural en género femenino cuando todas las personas a las que se refiere son de género femenino. Esto es una herencia de la estructura patriarcal, y una forma que tiene esta estructura de generar privilegios hacia las personas de género masculino.

A parte de generar privilegios hacia el género masculino, también es un lenguaje binario y cisexista, que no contempla ninguna más opción a parte del masculino o el femenino (sin tener en cuenta además toda la problemática social que tienen muchas personas que quieren ser tratadas con un género y no son muchas veces tratadas como ellas quieren o sienten). Por tanto, es un lenguaje cisheteropatriarcal.

Hay diferentes métodos desde los feminismos para intentar romper con esta estructura. Uno de los métodos es invertirlo y usar el género femenino por defecto y para generalizar. Aunque es una mejor opción que la norma, desde mi punto de vista no consigue romper la estructura del todo, ni tampoco con la estructura cisexista. Hay muchas palabras que están cargadas de estereotipos de género, y que significan cosas muy distintas según se digan en femenino o en masculino. Ejemplos podrían ser: zorro/zorra, guarro/guarra, golfo/golfa, perro/perra, fresco/fresca y un largo etcétera. Estas palabras tienen una carga muy distinta cuando se dicen en masculino o en femenino, y cuando intento hacer el ejercicio de usar el género femenino por defecto, siento que no puedo quitar esa carga que tienen cuando hablo. También está el problema de que dirigirse por defecto a una persona en femenino que pueda sentirse incómoda por ser tratada en femenino (sea porque es transgénero o porque no quiera considerarse ser tratada como mujer aunque sea leída como tal) puede ser una falta de respeto, como cuando somos tratades en género masculino por defecto.

Otra opción es la de mencionar todos los géneros cuando se habla. O sea, decir “todas, todes, todos” al hablar, o poner una “x”, “*”, “_” al escribir: “todxs”, “tod*s”, “tod_s”… A mí esta opción me gusta, porque no discrimina, es inclusiva, y deja que en cada situación se defina como se necesite. Una cosa que se tendría que proponer es que cuando se hable no siempre se ponga el masculino primero. Una buena opción es poner el más discriminado o invisibilizado primero, por ejemplo el neutro, después el femenino, y después el masculino, o primero el femenino, después el neutro y después el masculino. O bien ir combinándolo, y cambiando el orden cada vez que se use.

Por otro lado, también se puede ir combinando y usar un género por defecto distinto cada vez. Una vez generalizar en neutro, otra en femenino, otra en masculino. En este caso, se tiene que ir con cuidado en no usar más veces el masculino que el resto, y hacer un ejercicio de consciencia de cómo usamos uno u otro; por ejemplo, en qué momentos usamos uno y en cual otro. Si volvemos al ejemplo que he puesto sobre la carga de género de algunas palabras o conceptos, si generalizamos al azar, cambiando y de golpe usamos el femenino en una palabra con alta carga de género podría reproducir la estructura otra vez.

Una última opción, que también me gusta mucho, es intentar evitar el género de la persona a la que estás refiriéndote. Por ejemplo hablar de ‘personas’: “las personas que vinieron ayer eran todas interesantes”. De esta forma evitas completamente el género de las personas de las que hablas y por tanto dejas de categorizar. Éste es mi favorito, aunque no siempre se puede utilizar.

A mí personalmente me gusta usar diferentes opciones que voy cambiando y experimentando para entender un poco como funciona la estructura. La que intento usar más es la de no tener que mencionar el género de la persona de la que hablo, y decir “persona”. Cuando no puedo evitar tener que referirme al género, uso mucho la de mencionar todos los géneros, incluso cuando hablo. Pero esto puede llegar a ser muy cansado y pesado, así que también voy combinando hablando por defecto con un género o con otro. Últimamente el que más uso por defecto es el género neutro que desde mi punto de vista consigue romper toda esa carga de género que tienen muchas palabras, a parte de ser una forma de expresar el género muy invisibilizada.  Por último, sí que es verdad que cuando se quiere mencionar a todos los géneros escribiendo en una sola palabra con la “x” o el “*”, tendemos a leerlo sin darnos cuenta en masculino, porque la estructura con la que leemos e interpretamos aún está allí; así que propongo que cuando leámos una palabra escrita así nos paremos e intentemos leerla en diversos géneros o jugar a cambiarlo.