mi bisexualidad es una herramienta política

Pasa a menudo que en activismos y políticas radicales contra el heterosexismo y el patriarcado nos vemos envueltas en la necesidad de empoderarnos a través de toda la simbología que nos ha venido impuesta; se usa muy a menudo en el feminismo el lesbianismo para combatir el heterosexismo y el sexismo. ¿Es posible que las identidades plurisexuales queden al margen de estas políticas? ¿Es la lucha contra el monosexismo también una lucha contra el heteropatriarcado? Es más, ¿tiene sentido la lucha contra el monosexismo? Tener que ‘plantear’ esta última pregunta puede ofender a muchas personas oprimidas por esta estructura de poder, ya que siendo oprimidas esto no tendría ni que entrar en cuestión; pero muchas otras personas siguen insistiendo que tal opresión no existe y por tanto que es una lucha sin sentido. Quiero en este texto, no solamente reivindicar la lucha contra el monosexismo como la lucha contra la opresión hacia personas con identidades no monosexuales, sino también como una lucha que ataca directamente al propio patriarcado, al heterosexismo y otras estructuras más. La erradicación constante de nuestras opresiones no dejan mostrar que en el monosexismo se esconden muchas más presiones sociales que las que podrían parecer en un principio. El monosexismo sirve incluso para perpetuar la cultura de la monogamia impuesta, para ejercer presión para la ‘estabilidad’ social definida y para el capitalismo. Y sobre todo, el monosexismo sirve para perpetuar y fortalecer el heterosexismo y el sexismo.

A las personas bisexuales y de otras identidades plurisexuales se nos lee como mitad heterosexuales y mitad homosexuales. Nuestras vivencias son siempre leídas desde una perspectiva puramente monosexual. Esto forma parte de una estructura monosexista en la que la bisexualidad como experiencia diferenciada de la monosexualidad es totalmente erradicada. ¿Por qué esta erradicación? ¿Tiene algún interés el heteropatriarcado en que las personas no monosexuales no existamos?

Uno de los principales intereses del patriarcado es marcar una línea muy clara entre la construcción ‘hombre’ (el privilegiado) y la de ‘mujer’ (y evidentemente erradicar la posibilidad de la existencia de otros géneros). Esta jerarquía binaria para mantenerse debe estar reforzada con más estructuras que ayuden a sustentarla, como el heterosexismo. La construcción y jerarquía patriarcal se alimenta de la heterosexualidad para mantener el privilegio de la masculinidad hegemónica. El heterosexismo nos dice lo que claramente es ‘correcto’, ‘aceptable’ y ‘sano’ (¡incluso natural!): la heterosexualidad. El heterosexismo es una herramienta patriarcal con un poder increíble: nos marca, por ejemplo, cuales son ‘los hombres de verdad’, aquellos que tendrán acceso a la propiedad de las mujeres y de su reproducción, aquellos que accederán a más privilegios en general, y los que quedan fuera y descartados. El heterosexismo no nos dice que la ‘homosexualidad’ no existe; éste acepta su existencia, pero la pone en una posición ‘dañina’, ‘discriminable’ y ‘fuera de la red de lo aceptable’. Y, especialmente, le gusta y le interesa poder detectar a estas personas ‘dañinas’ para limpiar al heteropatriarcado del posible daño que éstas puedan crear dentro de su red. O sea, que deben ser señaladas y excluidas.

Es en este punto donde la no monosexualidad entra en juego. ¿Qué interés puede tener el heteropatriarcado en borrar la posibilidad de que exista la no monosexualidad? En una estructura jerárquica como la heteropatriarcal, es de mucho valor marcar bien la diferencia de género y también la de orientación sexual. Esta diferencia no puede ser ensuciada por nada que pueda dejar estos límites y jerarquías poco claras. El monosexismo es una estructura que el heteropatriarcado genera para poder mantener las jerarquías de género y de orientación sexual. Cualquier factor que pueda ‘molestar’ en la división hetero/homo debe ser automáticamente y completamente borrado. Es esta misma idea la que creó la bisexualidad con todos sus estereotipos y fábulas a su alrededor. Solo hace falta irnos a Freud, ejemplo claro de que el propio monosexismo ‘inventó’ la bisexualidad como deseo sexual (no como orientación sexual u opción válida y dejándola en un pasado primitivo), añadiéndole la carga de lo no posible y lo inexistente. Todos los estereotipos de la bisexualidad están fuertemente ligados al miedo social de la existencia de algo que pueda ir ‘saltando’ entre dos mundos creados para que fueran ‘estables’ y no debieran tocarse, por la necesidad de que fueran jerárquicamente opuestos. El monosexismo estabiliza el heterosexismo.

Las personas bisexuales somos inestables, no existimos, somos infecciosas, traidoras, excesivas, infieles… en definitiva: nuestra vivencia está marcada por una esencia llena de conceptos leídos como socialmente dañinos mientras a la vez se niega constantemente nuestra existencia y se nos sigue leyendo como mitad una cosa y mitad otra, como si de un binario hetero/homo se tratara. Nuestras vivencias no monosexuales no existen, solo existen cuando se nos quiere recordar que somos suma de dos cosas (de ahí el estereotipo de nuestra hipersexualidad o promiscuidad), que cambiamos entre dos estados (de ahí el estereotipo de nuestra infidelidad o traición), que todas en realidad podemos ser bisexuales (de ahí nuestra no existencia), de que vivimos entre dos mundos (de ahí nuestro estereotipo de la infección), de que no sabemos escoger entre las dos monosexualidades (de ahí el estereotipo de la confusión, inestabilidad y fase). Nuestra opresión no se muestra ya que no se acepta nuestra existencia fuera de una combinación de los dos únicos estados que el heteropatriarcado define como estables: el bueno y el malo.

A través del monosexismo el heteropatriarcado lo que pretende es estabilizar las jerarquías. La existencia de la no monosexualidad deja en jaque a cualquier forma de poder demostrar la existencia misma de la heterosexualidad (y por tanto de los privilegios que se otorga a ésta); nuestro supuesto ‘poder de elección’ deja en jaque a la construcción heterosexista del ‘nacido así’ (‘born this way’); nuestra supuesta ‘no preferencia’ en la elección de género pone en jaque a las propias jerarquías de género y la matriz heteropatriarcal; nuestra supuesta ‘promiscuidad’ hace temblar al tipo de cultura monógama heteropatriarcal posesiva e insensible. La existencia de la falta de estabilidad, de la posibilidad del cambio, de la fluidez, de la elección, es la enemiga de la insensibilidad relacional que nos ha venido impuesta por todas las estructuras y por el capitalismo. El monosexismo nos ‘estabiliza’, nos ‘encierra’, nos ‘estanca’, y no nos permite tener en cuenta los constantes cambios, voluntades y deseos de las demás. El monosexismo nos aísla en nuestras ‘cajas’, totalmente jerarquizadas. El monosexismo es el enemigo del cambio.

Mi bisexualidad no es una identidad sexual; tampoco me quiero normalizar. Yo la uso en mi lucha contra el monosexismo como herrramienta política. Es una herramienta contra el heteropatriarcado. Es una herramienta contra la jerarquía y la demanda constante de una estabilidad impuesta para mantener estructuras. Es una herrramienta de infección, contra el miedo a la mezcla, a lo que se define como ‘exceso’, a la fluidez. Es una herramienta a favor a las fases, y a favor a la sensibilidad constante hacia las personas que nos rodean y con las que nos vinculamos. Es una herramienta a favor de la elección, y del respeto constante hacia el consentimiento. Es una herramienta que pretende explotar cualquier intento de normativización que quiere hacerme parecer una buena bisexual, lesbiana y/o heterosexual. Es una herramienta a favor de lo que ha sido definido por las estructuras como ‘lo auténtico’. Es una herramienta pro-elección y que junto al feminismo me permite poner normas y límites que puedo escoger en base a parámetros políticos. Es una herramienta a favor del cambio, y una herramienta que rompe con la idea de que lo leído como primitivo es algo insano y lo ‘evolucionado’ (como las estructuras de poder jerárquicas) es necesario y bueno. Es una herramienta contra la construcción binaria natural/artificial. En definitiva, es una herramienta contra el orden establecido, a favor de la multiplicidad, de lo híbrido, del cambio y de la no suposición, que nos permite acceder de forma más sensible a nuestros deseos y a los de las demás.

(En este texto cuando hablo de la cultura de la monogamia hablo de ella, no como cantidad de relaciones sino como estructura de poder o sistema. Utilizo plurisexual como término para referirme a todas las orientaciones o identidades no monosexuales donde existe una atracción sexual y/o afectiva hacia más de un género, entre las que se encuentra la bisexualidad, polisexualidad, pansexualidad, etc etc)

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