relaciones en el heteropatriarcado (I – introducción)

El tema de las relaciones no lo he tratado casi en este espacio. Siempre he pensado que hay personas que escriben muy bien sobre estas temáticas, a las que sigo, y trabajo de las cuales aprecio mucho. Aún así, me gustaría poder tratarlo aquí, ya que también es un tema afectado y que afecta a las estructuras de poder.

Antes que nada me gustaría decir que lo que me apetece hacer aquí es una deconstrucción de las relaciones en el heteropatriarcado; no voy a usar casi los conceptos que normalmente se usan de ‘monogamia’, ‘poliamor’, ‘anarquía relacional’, y un largo etcétera. He pensado que hay muchas maneras de definir y describir estos conceptos, seguramente algunas más deconstruídas que otras. Lo que realmente me apetece hacer es deconstruir los conceptos relacionales del heteropatriarcado. También porque aún no he encontrado palabras que me ayuden a señalar estructuras concretas relacionadas con lo que llamamos ‘monogamia’; que sí, que la monogamia tal y como nos la inculcan es un sistema, una estructura, centrada totalmente en el concepto de ‘pareja’, que nos aísla totalmente de las comunidades y nos cierra en pequeños núcleos a los que llamamos familias, que reproducen heteropatriarcado, y que es de mucha utilidad para el capitalismo. Pero no quiero usar solamente el concepto de monogamia como sinónimo de una estructura, ya que, por ejemplo, personas no monógamas que la reproducen hay muchas. Quiero, por tanto, tratar esta entrada a modo de introducción, y más adelante iré tratando cada tema por separado en diferentes textos.

Una de las primeras cosas de las que me gustaría tratar es del binomio pareja/amistad. Son dos paradigmas que dentro del heteropatriarcado adquieren posiciones tanto afectivas, emocionales, como físicas, muy distintas. Existe una jerarquía evidente entre la pareja y todo lo demás, incluso de todas esas personas más ‘especiales’ en el círculo amistoso. Parece, además, que el sexo tiende a ayudar a ‘subir’ a una persona en la escala del 0 al 1 que vendría a ser de los extremos amistad-pareja en las relaciones. Como pasa en todos los binarios en nuestras estructuras, solamente los ‘extremos’ son leídos, tratables y definidos. Es más, todo lo que no sean estos extremos son leídos como cosas ‘intermedias’ (y por tanto más falsas o menos verdaderas). Pasa con todos los binarios; con el género, por ejemplo, que los géneros no binarios los situamos mentalmente entre los dos ‘definidos’ y ‘reales’ que son ‘hombre’ y ‘mujer’. Pero esto es solamente una construcción que refuerza la idea de que lo que no pertenece al binario no es ‘tan real’, es una ‘mezcla’ y solo se puede expresar y definir usando una combinación de los términos de esos binarios, como sumas y restas. Además, los binarios siempre están jerarquizados, dándole más importancia a uno e infravalorando el otro. Con la pareja y la amistad pasa igual.

El concepto de pareja en el patriarcado es un concepto que aisla a las personas en núcleos reducidos y que las separa de todos esos otros vínculos afectivos a los que llamamos ‘amistades’. Descuidamos a toda una red de personas, y además, también estructuramos nuestros cuidados a la pareja según unas normas definidas que nos vienen impuestas (normalmente en relaciones de poder, por tanto los cuidados afectivos no acostumbran a ser equitativos) que limitan las vidas de las dos personas que forman ese supuesto vínculo (especialmente a la que menos privilegios tiene). Toda nuestra vida es marcada por la vida en pareja.

Es común ver que los conceptos definidos y marcados suelen no sentir la necesidad de tener que explicar o definir, porque ya nos vienen de ‘fábrica’. Lo que decía antes de que son los dos conceptos ‘extremos’ que vienen ya supuestamente descritos de antemano todo lo que significan. Tener pareja, por ejemplo, ya viene dado con un montón de suposiciones de todo lo que requiere, repercute, cuales son los límites, no límites, etc. También pasa con la amistad con todo lo contrario, no requiere de nuestro esfuerzo del cuidado o de la estima (que mal llamamos ‘drama’). Por eso creo que en los dos casos la comunicación suele ser escasa, ya que no se tiene nuestra atención de definir cuales son las cosas que se quieren compartir en cada relación ni como. No es necesario porque ya se supone. Eso es desde mi punto de vista muy violento. Está cargado de una simbología donde ni siquiera se requiere pasar por el consentimiento. Y no hablo solamente del consentimiento en el sexo, sino también consentimiento afectivo, de las cosas que se quieren hacer, compartir o mostrar. Y de la variabilidad temporal de lo que se quiere. Muchas veces incluso parece que se tenga permiso total a la intrusión (tanto física, mental o emocional) en todo en el caso de la pareja. Con el resto de relaciones pasa algo parecido, todo depende de la ‘etiqueta’ que le pongamos, una vez puesta ya viene acompañado de toda una simbología y un montón de supuestos, sin necesidad de consentimiento, comunicación o respeto por límites o necesidades de cada momento y de cada persona.

Romper con estos paradigmas requiere algo que es esencial: la comunicación. Tener que trabajar cada una de las cosas que se quieran compartir en cada relación. Pero hay miedo. El miedo que hay a menudo a tratar cada tema es un miedo que proviene del patriarcado. Es miedo porque muchas personas piensan que ‘hablar’ implica una total disposición a todo, el súper vínculo de la pareja, el drama, etc. Esto es totalmente falso, pues precisamente el concepto patriarcal de pareja es un vínculo que ya está tan definido que por tanto no hay necesidad de la verdadera comunicación. Tenemos miedo a la comunicación, porque nos han hecho creer que ‘hablar’ implica que nos requieran totalmente. Pensamos que ‘permitir’ hablar a la otra persona implica que nos pueda pedir, y por tanto de una implicación, o de un drama si no nos implicamos con lo que nos pide. También porque no sabemos respetar un ‘no’, y nos han enseñado a que un ‘no’ se convierte en un rechazo emocional personal grave. Una de las violencias comunes que ocurren es que supongan que como vas a requerir a la otra persona emocionalmente en su totalidad se cierren en banda y no te permitan expresarte; esta suposición hace que esa persona te coloque en una posición concreta (sobre cuales son tus emociones y necesidades) sin que tú la hayas requerido. Y eso también es violencia. Como el mismo hecho de que no se te permita comunicarte, expresarte o requerir, aunque este requerimiento sea distancia o un no consentimiento.

Otro binario que se ha creado es el de las ‘relaciones no serias’ para contrarestar a las ‘relaciones serias’ (clásicamente de pareja). Muchas personas que siguen leyendo las relaciones de forma patriarcal para huir del drama van a buscar lo que ellas llaman ‘relaciones fáciles y simples’ donde huyen totalmente de la comunicación, y por tanto de cualquier cuidado hacia la otra persona. Se busca en estos casos relaciones en las que no se requiera (supuestamente) nada, y por tanto donde parece que será innecesaria la comunicación para no generar un supuesto vínculo. Este tipo de relaciones pueden llegar a generar también mucha violencia. No poder hablar, comunicar, cuando puedas sentirte mal, incómode, o tengas cualquier problema, es muy violento. Este tipo suelen reproducir relaciones de poder donde siempre sale ganando la parte con más privilegios, ya que el pensamiento hegemónico es el que prevalece por defecto y el que le otorga el beneficio a quien posee el privilegio. Por eso es esencial ser sensibles a las estructuras de poder. De la violencia que generan este tipo de relaciones queríamos hablar en otra entrada más adelante.

Romper con el paradigma ‘clásico’ y patriarcal de la pareja y de la relación de poder ‘fácil’ requiere atención y comunicaición, incluso en aquellas donde el vínculo afectivo sea supuestamente menor. Cuando se comparte algo, aunque ‘sólo’ sea sexo, se necesita de cierta sensibilidad para poder estar abiertes a poder comunicar en cualquier momento nuestras necesidades, preocupaciones o malestares. O de nuestros cambios y fases, porque las cosas que queremos, sentimos o padecemos cambian también. Sentir que tienes la posibilidad de poder decir en algún momento que algo no te gusta o te hace sentir mal es importante. Incluso esencial para poder ejercer nuestro derecho al no consentimiento cuando lo creamos necesario. Y permitirnos cuidar mínimamente a las personas con las que compartimos algo. Si no, caemos una y otra vez en el paradigma del consumo de personas, que tan ligado está en nuestras estructuras y en el capitalismo. Y ese ‘usar’ la mayoría de las veces no se refiere ‘solamente’ a usar de forma sexual, sino más bien emocionalmente, o a caer en la ‘objetivización’, sobre todo cuando le cortamos a la otra persona cualquier posibilidad de que pueda expresarse o pueda en algún momento no querer consentir alguna situación.

Hay muchas personas (especialmente hombres cis heterosexuales) que acostumbran a acercarse a ambientes no monógamos con la idea de que se les exigirá menos, podrán ‘ligar’ más, y que siguen leyendo sus relaciones de la misma forma que en el heteropatriarcado. Estas personas suelen generar mucha violencia, pues son personas que no son sensibles a las estructuras de poder, que no suelen respetar el tema del consentimiento, y que no suelen tener ningún respeto hacia las personas con las que se relacionan. Sobre todo, y esto también va para les que siguen teniendo relaciones monógamas heteropatriarcales, siguen leyendo el mundo entre ‘relaciones serias’ y ‘relaciones no serias’; una forma de dividir las relaciones que cada día me produce más rechazo. Compartir menos vínculo o menos afectos con una persona no te da derecho a convertirla en ‘menos seria’ ni ‘menos humana’ que a las demás. Porque ‘lo que no es serio’ nunca merece nuestro respeto. Ahora ves a una persona de estas y dile ‘no’ a algo o que te sientes mal o incómode, con qué ‘seriedad’ lo va a tomar.

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