la sonrisa y el género

Antes de empezar voy a precisar lo que a menudo hago: los géneros masculino y femenino de los que voy a hablar son precisamente de las performatividades sociales heteronormativas y binarias.

La forma de sonreír es una característica que nos diferencia el género femenino del masculino en el marco de referencia de los géneros binarios heteropatriarcales. Es una cosa en la que te tienes que fijar cuando performas un drag-king o una drag-queen, para imitarlo, y que cuesta horrores (almenos a mí). Pero no solamente es la forma de reír, es también la frecuencia. La semana pasada volví a hacer un taller de drag-king y se habló un poco más de esta cuestión, algo que me hizo reflexionar mucho sobre mi pasado y sobre cómo me había sentido muchas veces. Voy a compartir con vosotres, no solamente las reflexiones sobre esta performación, sino también acerca de éstas experiencias personales que me han afectado.

Una característica en la performación del género femenino en la sonrisa es que se sonríe de forma más expresiva con toda la cara; se ve hasta en los ojos, y en las arrugas alrededor de éstos. A diferencia de esto, la performación del género masculino en la sonrisa es más bien solo de nariz para abajo, sonrisa más sutil y menos expresiva en comparación. He hablado algunas veces sobre este tema con hombres, y algunos de estos me han expresado su incapacidad de sonreír tan abiertamente. No por incapacidad física, supongo que forma parte de toda la educación con la que se les capa para expresar emociones; algo también ligado a la seguridad, sensibilidad y empatía que ya comenté del anterior taller (taller de drag-king: devenir king – IV, V, VI).

Otra cuestión interesante es la frecuencia a la hora de sonreír. Las mujeres tienden a sonreír mucho más a menudo, y aquí voy a diferir un poco a la argumentación anterior. Sí que es verdad que podría ser que los hombres sonrían menos por esta incapacidad debido a la educación de no mostrar ciertas emociones o sensibilidad. Ahora bien, también está el lado contrario, las mujeres solemos tener una cierta ‘presión’ para tener que estar sonriendo más a menudo. Tenemos que “estar bien”, “dar buena imagen”, “ser amables”, “ser agradables”, sea cual sea la situación. Cuando un hombre está “normal”, sin sonreír, pocas veces se le comenta tal hecho, ni se le dice “oye, ¿estás bien? ¿qué te pasa?”. En cambio, a las mujeres, cuando están en el mismo estado, es muy habitual (por no decir siempre) que se les comente o pregunte sobre su supuesta seriedad: “estás muy seria” “te pasa algo” “no estás bien” “estás preocupada”. Esto a la larga genera una presión muy fuerte para tener que estar siempre “bien”, “alegre” y “sonriente”, porque si no es así tendrás que aguantar los comentarios y las preguntas; bueno, yo creo que ni siquiera lo razonas, lo aprendes y tú misma es la que sientes que si no estás así es que algo va mal. Pero, ¿qué problema hay con no estar sonriendo? ¿Acaso tengo que estar constantemente en un estado de alegría? ¿No puedo simplemente estar ‘normal’? ¿O incluso “seria” porque me da la gana, sin que tengan que estar pendientes de mi estado? ¿Tengo que ser el paradigma de lo agradable, amable y bonito sea cual sea mi estado?

Yo tenía un ‘problema’ cuando era pequeña. Y lo pongo entre comillas porque es muy relativo suponer si era o no un problema. Ahora con perspectiva creo que sí que lo era, porque era una consecuencia de no ser capaz de expresar emociones. No sabía reírme. Cuando veía algo que me hacía gracia, yo lo disfrutaba por dentro, pero era incapaz de expresarlo corporalmente, no me reía. Tampoco sonreía mucho. La razón por la cual me pasaba esto no la he comprendido muy bien aún, pero era así. Creo que fue cuando tenía 12 años más o menos, que un día, de golpe, cuando estaba con mi abuela en el teatro viendo una obra cómica, empecé a reírme a carcajadas. Me sorprendí mucho a mí misma, recuerdo la sensación de estar riendo y flipando al mismo tiempo. Ahí empecé y ya no pude parar. Desde entonces me volví más expresiva con mis emociones, al menos hacia fuera, porque hacia dentro siempre había conectado.

Una vez, cuando tenía unos 13 años, estaba en la escuela haciendo cola en el lavabo para lavarme las manos antes de ir a comer. En ese momento vino la monitora del comedor y, literalmente, me dijo “Natàlia, estás castigada. Hoy no comerás con los demás”. Le pregunté por qué, no entendí a qué venía tal tontería, no estaba haciendo nada. No comprendí. No me quiso responder. Estuve comiendo sola, y más de una vez le pregunté a esa monitora por qué estaba yo en tal situación. No me respondía. Cuando terminé de comer, evidentemente seguía castigada, y me quedé sentada en la silla, al lado de la mesa, esperando a que me levantara tal castigo y me diera explicaciones de lo que había pasado. Todxs salieron del comedor, a jugar al patio, incluso lxs que se quedaban a limpiar después. Me quedé allí sentada, sola, hasta que finalmente vino esa monitora. Le volví a preguntar por qué estaba castigada, ya con cierta sensación de impotencia y rabia. Me levantó el castigo, pero no me quise ir hasta que me diera una explicación. Se sentó a mi lado, y tuvo el valor de decirme esto: “Natàlia, estabas muy seria. No puede ser que estuvieras así”. A lo que le dije “¿Y por esta razón me has castigado?”. Me respondió “Sí”. Me enfadé y me fui de allí sin decirle nada y sin dirigirle la palabra durante una semana. Esta era la lógica: 1. Estás seria; 2. Esto no puede ser; 3. Te castigo; 4. No se me ocurre otra cosa que apartarte de tus amigxs durante la comida. Control. Y, pienso yo, que aparte de que el hecho de que alguien esté serio no es ni motivo para controlarle, ni para castigarle, ni siquiera para tener que hacer algo, aparte de eso, no creo que la mejor solución para “eso” sea hacerle comer sola, apartada, mientras ve a todo el resto de amigxs y personas comiendo juntxs, charlando y riendo.

Al pasar los años algo que se ha repetido mucho en mi vida ha sido el “estás muy seria, ¿qué te pasa?” “Estás demasiado seria”; sobretodo esas personas cercanas que todo parece que te quieren controlar. En casi todas mis relaciones emocionales ha sido así. No lo había reflexionado hasta hace poco; y ahora veo todo el constante control que sentía acerca de mi estado en cada momento, por mis gestos, por mi seriedad/no seriedad, por mi alegría/no alegría, y por cualquiera que fuera un gesto que indicara que algo podría ir mal para la persona que me quería bajo ese control. Control sobre mí y sobre la reproducción de mi género, que no debía desviarse de lo que se esperaba de mí. Yo misma me lo ejercía con pensamientos sobre mi estado de seriedad o no, y en épocas sentía que tenía que esforzarme para mostrarme más amable, más sonriente, más agradable. Es curioso, porque cuando lo comento con hombres, la mayoría me dicen que a ellos no les ha pasado tan a menudo, pero a mí me lo han hecho ellos mismos.

Creo que tanto la falta de capacidad para sonreír abiertamente, o expresar emociones de esta forma, como la obligación de tener que sonreír constantemente (y, por tanto, no tener permiso ‘social’ para emociones como el enfado, la rabia, o la seriedad) , son dos puntos característicos de los dos géneros, dentro del contexto heteropatriarcal. Las dos cosas son realmente presiones, uno por no poder expresar, otro por también no poder expresar la ‘normalidad’, o ciertas emociones que supuestamente están solo reservadas para los ‘hombres’, o estar obligada a expresar algo que a lo mejor en un momento dado no tienes ganas de expresar porque no lo sientes. Podríamos intentar relajarnos todes un poco y aprender a reírnos, cuando nos apetezca, y dejemos a los demás reírse o sonreír también cuando les apetezca. Que, por cierto, ahora que sonrío cuando me apetece, me resulta más placentero.

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